Longevity

Ken Stern, experto en el ámbito de la longevidad: “Hemos ganado 30 años de vida, pero seguimos viviendo como si fuéramos a morir a los 70”

Longevity

Stern, un referente destacado en la discusión global sobre la longevidad, advierte sobre una desconexión histórica: si bien la existencia del ser humano se ha prolongado, continuamos estructurando el empleo, el retiro, los vínculos y el sentido de la vida bajo modelos pertenecientes a la centuria anterior.

Ken Stern. 

Ken Stern. 

Cedida

“El verdadero riesgo no es envejecer, sino hacerlo desconectados, invisibles y sin propósito”, señala Ken Stern. Jurista de profesión, ejerció como director ejecutivo de NPR (Radio Pública Americana), donde logró doblar el público hasta rebasar los 26 millones de auditores cada semana y encabezó el crecimiento digital y de los pódcast durante una etapa crucial para el sector mediático. En la actualidad preside y fundó The Longevity Project,, un proyecto enfocado en fomentar la discusión pública y el estudio acerca de las consecuencias de la longevidad en la ciudadanía, y dirige Century Lives, el pódcast del Stanford Center on Longevity. Asimismo, es el creador de Healthy to 100 (PublicAffairs, 2025), obra en la que evidencia que los vínculos sociales auguran una mayor longevidad que diversas prácticas sanitarias tradicionales.

Afincado en Washington D. C. Junto a su esposa Beth Cooper y su hijo Nate, analiza lo que define como un reto estructural mayúsculo del siglo XXI: millones de individuos sumando años a su existencia careciendo de un esquema social, profesional o institucional que garantice una vejez digna y plena. Sus interrogantes resultan provocadores: ¿de qué forma se emplean 30 años adicionales tras el retiro a los 65? ¿De qué manera se halla motivación, recursos o red social cuando el esquema tradicional —formarse, laborar, jubilarse— queda obsoleto? Bajo su perspectiva, la longevidad se soluciona reformulando nuestra manera de habitar, producir y vincularnos. Pues prolongar la existencia, recalca, únicamente cobra valor si se evita el aislamiento.

¿Cuándo se dio cuenta de que la longevidad era un gran tema social?

Resultó ser una transición pausada, aunque el momento clave ocurrió hace cerca de ocho años, al encontrarme con Laura Carstensen. Previamente, mi visión del envejecimiento se limitaba a conceptos de ancianidad y deterioro. Ella me mostró que el asunto fundamental no radica en la extensión de la existencia, sino en la reestructuración vital para dotar a ese tiempo adicional de bienestar, propósito y justicia. En ese instante comprendí que la longevidad representa un desafío para la sociedad, más allá del ámbito puramente clínico.

¿Por qué ya no basta con mirar la vejez desde la medicina?

Debido a que el bienestar auténtico se origina lejos de los consultorios. El cuidado médico es relevante, pero influyen con mayor intensidad el medio en el que habitamos, los vínculos humanos y la gestión de nuestro tiempo. La duración de la vida no se define únicamente en los centros de salud, sino en la rutina diaria, transformándose por ello en un tema de carácter social y político.

Vivir muchos años no se determina únicamente en centros de salud, sino en la rutina diaria.

Ken Stern

De esta idea nace The Longevity Project. ¿En qué consiste exactamente?

Funciona como un espacio que impulsa un debate ciudadano sobre la manera de ajustarnos a existencias cada vez más extensas, priorizando no solo el bienestar físico, sino los lazos afectivos, la motivación personal y la estructura social de lo cotidiano.

¿Qué estamos entendiendo mal sobre la segunda mitad de la vida?

Considerar que representa un periodo de repliegue y merma de importancia. Mantenemos la creencia de que al alcanzar los 65 se debe dar un paso atrás, cuando la realidad es que muchos individuos disfrutan de decenios de existencia dinámica y con significado. Tal perspectiva perjudica la motivación, el amor propio y el bienestar, siendo un inconveniente no solo personal, sino colectivo.

¿En qué estamos fallando y en qué acertando ante esta situación?

Erramos en tres aspectos fundamentales: continuamos pensando que la etapa posterior de la existencia tiene menor valor, conservamos normas anticuadas respecto a la formación, el empleo y el retiro, y subestimamos la importancia de tener un sentido vital y vínculos sociales para el bienestar. Tenemos éxito al tratar temas de alimentación o actividad física, no obstante, omitimos lo primordial: nuestra forma de vida, el modo en que interactuamos y si poseemos motivos para despertar cada mañana.

¿Nos encontramos listos, en términos sociales y políticos, para alcanzar los 90 o 100 años de edad?

No exactamente. Socialmente, se festeja a los centenarios, como percibí en Galicia al viajar en 2024, pero no logramos gestionar una sociedad con tantos ciudadanos mayores: escasean los domicilios preparados y los servicios sociales. En el terreno político pasa algo similar: la gestión pública va a remolque de la cultura. Hasta que no transformemos nuestra visión sobre la etapa madura de la vida, las soluciones institucionales no se producirán.

Las necesidades de los séniors no son las mismas de antes. 
Las necesidades de los séniors no son las mismas de antes. Alvarog1970

¿Qué papel deben jugar ciudades, instituciones y comunidades?

Una función fundamental. Dentro de comunidades con una edad media creciente, resulta inviable estar sujetos al automóvil o a los trayectos extensos. Aquellas urbes que aproximan las prestaciones y simplifican el día a día, tal como Barcelona, avanzan por el camino correcto. En naciones como Estados Unidos el desafío es superior, debido a que numerosos asentamientos se proyectaron para desplazamientos veloces y remotos. Dicha situación exige replantear la planificación urbana, la movilidad y el tejido social con el fin de ajustarlos a una ciudadanía de edad avanzada.

¿Existió en su pódcast Century Lives algún relato que le facilitara comprender con mayor profundidad qué promueve una existencia extensa y sana?

Efectivamente, hay una en particular. Durante una entrega llamada Place Matters examinamos de qué manera nuestro entorno residencial afecta nuestra esperanza y calidad de vida. Investigamos poblaciones de escasos recursos con una longevidad sorprendente y nos desplazamos hasta Presidio County, una de las zonas con menos ingresos de Texas. Carecían de centros médicos próximos o soluciones mágicas, aunque contaban con hogares de varias generaciones, redes de apoyo mutuo y un tejido social sólido. En ese sitio comprendí que los vínculos interpersonales no son un extra: constituyen una base fundamental para vivir más años.

¿Qué le sorprende más de las personas que viven más años?

Las personas que logran envejecer con éxito no se quedan atrapadas en lo que ya pasó, sino que se enfocan en el ahora y en lo que está por venir. Generalmente poseen una meta actual y sienten interés por el mañana. Mi caso predilecto es Mel Brooks: a sus 99 años ha acordado la producción de Spaceballs 2, cuyo lanzamiento será cuando cumpla 101. No cualquiera llegará a ser Mel Brooks, sin embargo, esa disposición genera un cambio significativo.

En la obra Healthy to 100 usted afirma que todavía subestimamos la fuerza de las conexiones sociales. ¿A qué se debe esto?

Debido a que continuamos percibiendo el bienestar casi únicamente desde la óptica médica y nos resulta complejo ver que el aislamiento también provoca enfermedades. No obstante, los datos son irrefutables: un académico de la Universidad de Brigham Young comparó su efecto, de manera visual, con el hábito de fumar quince cigarrillos diarios. La ausencia de conexiones sociales se relaciona con una salud precaria y una menor longevidad. Healthy to 100 se creó para demostrar que la “salud social” no constituye un extra, sino un elemento tan fundamental como la dieta o el deporte.

La carencia de lazos se relaciona con un bienestar más pobre y una longevidad reducida.

Ken Stern

¿Cómo pueden construirse hoy comunidades más cuidadoras?

Colocando el vínculo entre personas como eje principal. Los entornos sociales operan de forma óptima si brindan posibilidades auténticas de formación, integración y utilidad en todas las etapas vitales, evitando el aislamiento generacional al fomentar la convivencia en hogares, centros educativos o áreas compartidas. Dicho enlace constituye “salud social”. El desafío actual consiste en transformar las palabras en hechos, generando mayores entornos, momentos y opciones efectivas para la interacción humana.

¿Cómo influyen los medios en nuestra visión del envejecimiento?

En gran medida. Existe una adoración prácticamente global hacia lo joven: la gente de edad avanzada rara vez tiene presencia y, al figurar, generalmente se vincula con el deterioro. Esto no ocurre de forma casual. El discurso colectivo repercute en nuestra autopercepción y en el proceso de envejecer. Realmente, investigaciones como las de Becca Levy indican que aquellos con una perspectiva optimista sobre la vejez superan, en promedio, por más de ocho años la longevidad de quienes la relacionan con carencias. La historia que contamos es fundamental.

¿Qué historias sobre el envejecimiento faltan hoy en la conversación pública?

Se echan de menos los relatos comunes. Poseemos amplia información acerca de las dificultades de la senectud y, en ocasiones, respecto a situaciones extraordinarias, sin embargo, apenas observamos a individuos ordinarios que continúan contribuyendo, innovando e integrándose tras cumplir los 60 o 70 años. Tales existencias diarias reflejan la auténtica valía y resultan ser las que menos se perciben.

¿A qué responde la necesidad de transformar la visión sobre el envejecimiento y reconsiderar el modo en que desempeñamos nuestras labores y habitamos el segundo periodo vital?

Durante más de un siglo nos hemos regido por un esquema estricto de tres etapas: educación, empleo y jubilación, establecido hace 150 años y percibido como una norma inevitable. Carece de lógica abandonar el aprendizaje a los 20 o concebir la actividad laboral como un periodo ininterrumpido hasta alcanzar los 65. Ante una mayor longevidad, requerimos de capacitación constante, descansos, transformación personal y recorridos profesionales más adaptables. El paradigma tradicional se está desmoronando; es momento de proyectar uno distinto, ya que, si bien hemos obtenido 30 años adicionales de vida, seguimos actuando como si el desenlace ocurriera a los 70.

Ya no es lógico abandonar el aprendizaje a los 20 ni concebir la vida laboral como una etapa ininterrumpida hasta los 65, requerimos capacitación constante y renovación profesional.

Ken Stern

En vidas más largas necesitamos formación continua, pausas y reinvención. 
En vidas más largas necesitamos formación continua, pausas y reinvención. Getty Images

¿Puede la longevidad reforzar la democracia?

Efectivamente. El sistema democrático pierde fuerza al encontrarnos aislados. Al ignorar a quienes nos rodean, aumentan los recelos y la división social. Los vínculos auténticos, mediante el trato diario o la integración vecinal, nos mantienen conectados con lo real. Dentro de comunidades con mayor esperanza de vida, replantear nuestras formas de interacción y compromiso no solo beneficia el bienestar personal, sino que además consolida la estructura democrática.

¿Su trabajo ha cambiado su forma de pensar sobre el envejecimiento?

Totalmente. Inicialmente creía que llegar a la vejez de forma óptima estaba vinculado principalmente al bienestar corporal. Actualmente comprendo que aquello representa únicamente una fracción. Resultan fundamentales asimismo el sentido vital, los vínculos comunitarios, nuestra posición social y la estructuración de los ciclos vitales. Durante mis desplazamientos para la obra por naciones como España, Italia o Japón comprendí un aspecto esencial: que las comunidades con un envejecimiento más exitoso son aquellas que fomentan la unión generacional. Aquel factor social supuso un hallazgo relevante para mí.

¿Qué tipo de longevidad le gustaría vivir a usted?

Mencionaría un par de puntos. El primero es habitar cerca de amistades y parientes, ya que el entorno y la compañía son más relevantes de lo que pensamos. Mi deseo no es terminar en un sitio rodeado de extraños, sino próximo a mis seres queridos. El segundo aspecto se relaciona con la actividad laboral y el propósito. No tengo intención de retirarme y busco transformarme constantemente. Observo a bastantes conocidos jubilarse sin tener un plan posterior. Confío en que mi vejez se base en iniciar ciclos distintos en lugar de clausurarlos. El peligro real no radica en sumar años, sino en vivirlos aislados, sin metas y pasando desapercibidos. Tal situación resulta más letal que cualquier dolencia física.

¿Qué le aconsejaría a una persona de 50 o 60 años que comienza a reflexionar sobre los años venideros?

Evite percibirlos como un simple conteo regresivo. Las dos décadas venideras tienen el potencial de ser tan trascendentales como las pasadas. Durante una celebración, me ubicaron en un sitio donde el único tema era la jubilación y el aislamiento. En el resto de los lugares se conversaba sobre el porvenir, emprendimientos recientes, transformaciones personales y travesías. Deseaba formar parte de aquello y decidí moverme de sitio. La idea central es esta: este periodo no trata de alejarse de la existencia, sino de decidir la manera de continuar en ella, con propósito y vitalidad.

A quienes tienen 60 años les sugeriría no percibir el tiempo futuro como un conteo regresivo, ya que puede ser tan trascendental como las etapas pasadas.

Ken Stern

¿De qué manera Europa, y concretamente España, pueden contribuir a la conversación internacional acerca de la longevidad?

Una perspectiva sumamente humanitaria. Dentro de Europa he observado sociedades que valoran a los ancianos y validan su función dentro del colectivo. Comprender la vejez no como un inconveniente, sino como un periodo con significado intrínseco, resulta una contribución fundamental para descubrir cómo habitar existencias más extensas… y más satisfactorias.

Etiquetas