“Olvidar información de forma persistente o desorientarse no es normal a ninguna edad”: ¿cuándo se puede hablar de deterioro cognitivo?
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Calibrar cuándo un fallo de memoria es un simple despiste y cuándo merece atención médica es clave para tener una vida larga y con la mejor calidad cognitiva posible

¿Cuáles son las claves para identificar un fallo de memoria de una demencia?

Una cosa es no recordar dónde hemos aparcado el coche o para qué hemos entrado en la habitación, y otra muy distinta repetir la misma pregunta varias veces, no recordar conversaciones importantes o perderse en lugares conocidos. El primer grupo lo integran despistes sin importancia, se podría decir que benignos y no revisten gravedad. Sin embargo, si los olvidos pertenecen al segundo, lo más conveniente sería solicitar una cita con el neurólogo. Este valorará si esas lagunas de memoria carecen de importancia o son susceptibles de ser el inicio de un problema de salud.
Una de las claves para distinguir entre unos olvidos y otros, y otorgarles la importancia que se merecen, reside en identificar sus causas. En este sentido, cuando no recordamos dónde están las gafas o las llaves del coche suele deberse a “falta de atención, estrés o sobrecarga cerebral, y lo característico es que la información acaba apareciendo más tarde”, aclara la doctora Vanesa Pytel, neuróloga experta en cognición y directora de la Unidad de Neuromodulación cerebral no invasiva de Olympia Quirónsalud, además de responsable del proyecto Cerebro Sano.
“El cerebro funciona como el router del wifi: si estamos descargando una película y, al mismo tiempo, intentamos jugar a un videojuego, todo irá un poco más lento. Con el cerebro ocurre algo similar: cuando hacemos muchas cosas a la vez o estamos preocupados, fatigados o estresados, la capacidad de atención disminuye y la memoria de trabajo, que es aquella que necesitamos para ejecutar una tarea rápida, se vuelve menos eficiente, sin que exista una enfermedad detrás”, apunta la experta.
En cambio, “resultan más sospechosos los olvidos que afectan a información, recordar conversaciones importantes o citas recientes, perderse en lugares conocidos o tener dificultades para seguir tareas que antes se realizaban con normalidad”, advierte la doctora, quien considera “especialmente importante cuando la persona no es consciente del olvido o cuando este empieza a interferir en su vida diaria”.
La edad no lo explica todo
Además de poner la atención en qué es lo que hemos olvidado, también es importante la frecuencia con que se producen estos fallos de memoria. De hecho, la frecuencia, y también la evolución, son dos factores relevantes en la valoración del paciente. Así, “un olvido puntual, incluso de algo importante, puede no tener relevancia. Sin embargo, cuando los olvidos son frecuentes, progresivos y repetitivos, y además la persona no mejora con ayudas o recordatorios, es cuando debemos prestar atención. También es clave valorar el impacto funcional: si esos olvidos dificultan el trabajo, la autonomía o las relaciones sociales, dejan de ser simples despistes”.
Estos olvidos recurrentes solemos asociarlos al deterioro cognitivo propio del paso del tiempo. Sin embargo, aunque la edad puede influir, no lo explica todo. Según la doctora, “con el envejecimiento normal puede aparecer una ligera lentitud para recuperar información, lo que los neurólogos llamamos envejecimiento cognitivo normal. Sin embargo, olvidar de forma persistente información reciente, desorientarse o no reconocer errores no es normal a ninguna edad. Aquí está la clave”.
Cuando los olvidos son frecuentes, progresivos y repetitivos, y además la persona no mejora con ayudas o recordatorios, es cuando debemos prestar atención
Prueba de que la edad no es determinante es que hay un dato que preocupa especialmente a la doctora, y es que, cada vez se atiende a pacientes más jóvenes por quejas cognitivas. Por eso, “los síntomas deben valorarse siempre de forma individual y en su contexto, más allá de la edad; analizar de manera personalizada el motivo de esos olvidos y, sobre todo, qué podemos hacer para mejorarlos o cómo entrenar el cerebro para hacerlo más fuerte y eficiente es fundamental a lo largo de toda la vida”.
Análisis y abordaje multifactorial
Si, tal y como dice la doctora, la edad no lo explica todo, ¿qué otras causas hay detrás de los fallos de memoria? “Las razones no suelen ser neurológicas de gravedad: entre las más habituales se encuentran el estrés crónico, la ansiedad, la depresión, la falta o mala calidad del sueño, la fatiga cognitiva y algunos medicamentos”, enumera Pytel. Y añade: “También influyen factores médicos generales como las alteraciones tiroideas, los déficits vitamínicos, el dolor crónico o el consumo de alcohol”.
Ahora bien, de todas las posibles causas, “la más habitual, sin duda, es el estrés mantenido y la falta de descanso, productos de la hiperactividad laboral y la sobreestimulación constante, que dificulta la atención y la correcta consolidación de la memoria”, asegura la doctora.

Por otro lado, “el factor que se puede considerar más peligroso es aquel que pasa desapercibido porque se normaliza, como una depresión encubierta o un inicio de deterioro cognitivo, ya que retrasa el diagnóstico. Y, por el contrario, —distingue la experta— el más inofensivo suele ser el despiste puntual asociado a multitarea o cansancio, siempre que no sea persistente ni progresivo”.
Aunque la única persona que puede determinar con exactitud la gravedad de los fallos de memoria es el neurólogo, hay una pregunta clave que podemos hacernos antes de acudir a su consulta: ¿lo olvidado, lo recuerdo más tarde o alguien me lo puede recordar? “En los despistes benignos, la información suele reaparecer. En los problemas más serios, el recuerdo no vuelve ni con ayudas”, aclara la neuróloga.
En los despistes benignos, la información suele reaparecer; en los problemas más serios, el recuerdo no vuelve ni con ayudas
Otro elemento a tener en cuenta es el entorno, ya que “observar si otras personas cercanas empiezan a notar los olvidos, si estos van en aumento o si la persona cambia su comportamiento para ocultarlos, puede ser de gran ayuda. También es importante la detección de otros síntomas asociados, como desorientación, cambios de personalidad, dificultades en el lenguaje o problemas en la toma de decisiones”, agrega.
Además, “cuanto antes se consulte, mejor”, remarca la experta, ya que un diagnóstico precoz permite identificar causas tratables, frenar o retrasar la progresión de algunas enfermedades, planificar el futuro y mejorar la calidad de vida. Además, hoy disponemos de herramientas diagnósticas cada vez más precisas y de tratamientos que son más eficaces en fases iniciales”.
Proteger la memoria con “la mano”
Para intentar detectar el problema antes de que avance demasiado, la clave está en cuidar el cerebro, al menos tanto como lo hacemos con el cuerpo. “El cuidado cerebral debería formar parte de nuestra rutina diaria, apoyándonos en profesionales especializados que nos orienten sobre cómo hacerlo de forma adecuada y personalizada”, defiende la experta. De hecho, es tal la importancia que Pytel le da al cuidado cerebral, que tiene la costumbre de enseñar a sus pacientes en consulta una herramienta para recordar cómo cuidar su cerebro, en la que cada dedo de la mano representa uno de los pilares básicos de la salud cerebral y la memoria:
- Pulgar: control de los factores de riesgo vascular, como la presión arterial, colesterol, glucemia, peso adecuado, evitar tabaco y alcohol.
- Índice: ejercicio físico regular, no solo aeróbico, sino también de fuerza, fundamental para mantener la masa muscular y la salud cerebral.
- Corazón: alimentación sana y equilibrada. Los suplementos solo cuando están indicados por un profesional.
- Anular: estimulación cognitiva e interacción social. Entrenar el cerebro y mantener actividades compartidas con otras personas.
- Meñique: pautas de higiene del sueño, clave para consolidar la memoria.
Por otro lado, en los casos de deterioro cognitivo o demencia, además del tratamiento médico cuando está indicado, “son fundamentales la estimulación cognitiva personalizada, el apoyo emocional, la adaptación del entorno y el acompañamiento a la familia; la intervención no debe centrarse solo en el síntoma, sino en la persona en su conjunto”, recalca Pytel.
Inteligencia Artificial, un apoyo inesperado
Una de las herramientas más novedosas de esta estrategia terapéutica son las nuevas tecnologías. Un arma que “bien utilizada puede convertirse en una gran aliada”, asegura la experta. “Recuerdo el caso de un paciente, ingeniero aeroespacial, diagnosticado de enfermedad de Alzheimer, que me decía que se aburría porque nadie a su alrededor quería hablar de aviones. Le propuse utilizar la inteligencia artificial para conversar sobre su gran pasión. En la siguiente consulta me contó, ilusionado, que había hecho una nueva “amiga” con la que hablaba de aviones todos los días… y me dio el nombre de esa inteligencia artificial. Ese es un ejemplo sencillo de cómo la tecnología puede ayudar a estimular el cerebro, mantener intereses y mejorar el bienestar emocional”.
Junto al apoyo que ofrecen las nuevas tecnologías, “también disponemos de herramientas innovadoras como la estimulación magnética transcraneal, que permite entrenar y modular el funcionamiento cerebral mediante campos magnéticos, siempre bajo supervisión médica especializada”, asegura la experta quien insiste en la idea de que “el objetivo no es solo vivir más años, sino vivirlos con la mejor calidad cognitiva posible”.



