Adriana Ochoa, enóloga: “Mi padre me dio las llaves, y me dijo: ‘haz lo que quieras, pero que el vino esté bueno’; somos las primeras mujeres en coger las riendas”
Vinos
Junto a su hermana Beatriz, la enóloga se ha puesto al frente de Bodegas Ochoa, siendo la primera generación de mujeres en liderar el negocio. “Las anteriores contribuyeron al éxito, pero no estaban representadas; hemos trabajado mucho para que se nos valore en un mundillo de hombres”, afirma

Adriana Ochoa.
Adriana Ochoa es la encarnación femenina de un cambio real dentro de una familia que durante generaciones ha tenido nombre, relato y mando en masculino. Bodegas Ochoa, una humilde firma con casi dos siglos de recorrido, entra ahora en una etapa inédita: por primera vez dos mujeres —ella al frente de la dirección técnica y su hermana Beatriz en la parte ejecutiva— toman el relevo y deciden qué se hace en la viña y cómo se cuenta al mundo. Dos hermanas que han tomado un legado centenario de historia.
No obstante, lo más llamativo es la dirección que han impreso en su relevo. En vez de intentar “parecer” lo que no son o huir hacia denominaciones más mediáticas, Adriana apuesta por Navarra. Sin complejos. Es un perfil que vuelve a la esencia desde Olite, su pueblo natal, con la idea clara de que el prestigio no siempre viene dado por el renombre; a veces, se construye. Y si se construye con acento femenino, todavía hoy en día, puede costar más de lo que parece.
Adriana se formó fuera y volvió a casa con una obsesión poco habitual en un sector donde manda la inercia: honrar el apellido sin convertirlo en una losa. De ahí que el mayor símbolo de esta nueva etapa no sea un vino concreto, sino el giro de identidad bajo un lema que funciona casi como declaración de intenciones: “Ahora. Aquí. Siempre.” No es un lavado de cara; es una manera de decir que el legado sigue, pero con otra voz. Y por primera vez, esa voz es la de una Ochoa al mando.
Casi 200 años de historia en el vino tiene una importancia increíble. ¿Cuánto pesa el legado familiar en una decisión enológica?
Pues no te voy a mentir, el legado familiar tiene un peso presente. Es cierto que acabamos de hacer un cambio muy importante en la imagen, pero el legado te puede pesar o te puede impulsar. Pero creo que a día de hoy Ochoa no es un peso, sino al revés: es nuestro legado el que nos empuja a avanzar. Llevamos ya seis generaciones trabajando en esta empresa. Cada generación ha impreso su personalidad en los vinos, en las viñas, en cómo se llevaba la bodega… pero siempre con un hilo conductor: los valores de los Ochoa. Ahora mismo estamos Beatriz y yo, somos la primera generación de mujeres. Ojo, mujeres representadas, porque las anteriores tuvieron muchísimo que ver en el éxito de nuestra bodega. Sin ir más lejos, veo el caso de mi madre en particular: gracias a ella Ochoa sigue donde está. Siempre ha habido mujeres, pero es la primera vez que tomamos las riendas.
También debe ser una presión saber que debéis mantener la calidad, el nivel y todo lo que se ha ido construyendo poco a poco.
El día que mi padre me dio las llaves, me dijo: “venga, empieza a hacer los vinos; haz lo que quieras, pero que esté bueno”. Esa fue su frase. A partir de ahí, está la confianza y la valentía. La confianza de la generación anterior en dejarte hacer, en que sabes que te vas a equivocar, pero empujarte para que sigas tu camino; y la valentía de decir: “venga, lo voy a intentar, sé que confían en mí, voy a hacer las cosas de la manera que yo considero”.
Somos la primera generación de mujeres representadas, porque las anteriores tuvieron muchísimo que ver en el éxito de nuestra bodega
¿Siempre con la vista puesta en el futuro?
Muchas veces no. Hay que volver para atrás para poder mirar hacia delante. Eso es una de las cosas más importantes al hablar de lo que es un apellido y la responsabilidad que conlleva.
Precisamente, tras trabajar en Francia y en Australia, volviste a Olite, a tu lugar. En ese regreso, ¿hubo algún instante en el que pensaste que volver podía ser un paso atrás?
Sé a lo que te refieres. Puede parecer que después de estar como enóloga en lugares como Francia o Australia, volver sea retroceder, pero no lo es. Yo siempre he tenido muy claro que quería venir aquí. Fuera, me formé para poder volver con conocimiento. Ese siempre fue mi objetivo. Desde luego que llegó un momento en el que aquello me enganchó. ¡Viajar y comprender las uvas y vendimias en otros sitios era maravilloso!
Y aun así volviste.
Llegó un momento en el que me dijeron: “bueno, igual ya toca dejar de viajar y quedarte en casa, ¿no?”. Y me fui a Australia (ríe). Pero allí dije: “Venga, esta es la última y nos vamos”. La verdad es que mi objetivo siempre había sido venir aquí, me parecía precioso poder reinterpretar lo que habían interpretado las generaciones anteriores. Sé que a nivel reputacional la DO Navarra no es muy grande, pero lo vi como un reto.
¡Sin duda! Te fuiste con 18 años ya lista para aprender todo lo que pudieras y regresar al reto familiar. ¿Dista mucho la forma de entender el vino en Francia o Australia respecto a Navarra?
¡Totalmente! A los enólogos enseguida nos ponen la bata y nos dicen que somos químicos. ¡Y a mí la química no me gusta! (Ríe) Me decían: “Pero, ¿cómo vas a estudiar enología si no te gusta la química?” Y dije: “Pues porque la enología no habla únicamente de química. Yo no quiero estar en un laboratorio. Yo quiero estar en la viña, interpretar mis uvas, hacerlas para que reflejen un paisaje”. Cuando llegué a Francia, lo primero que hicieron fue ponernos unas botas y llevarnos al campo a vendimiar bajo la lluvia. Encima, uvas que no tenían un estado sanitario maravilloso. Y ahí vi, te lo aseguro, la magia. La magia que he querido implementar ahora en bodegas Ochoa.
En Francia te enseñan a abrazar tu terruño y transformarlo en vino, eso me enamoró; sin saber hablar francés, ya sabía que aquello iba a ser lo mío
¿La magia?
La magia de cómo podías hacer algo con otro algo que igual no era maravilloso. En Francia te enseñan a amar eso, a abrazar tu terruño y luego a transformarlo en vino. Yo me acuerdo de aquel señor, de la bodega a la que fuimos, que decía lo orgulloso que estaba y los premios que tenía y cómo conseguía luchar contra las dificultades que le ponía su propio viñedo… Y a mí eso me enamoró. A la semana de estar allí sin saber francés, ya sabía que aquello iba a ser lo mío.
Te defines como una enóloga pausada, reflexiva, que no se quiere precipitar. Eso a veces es ir a contracorriente en tu sector, ¿no? En un mundillo tan sujeto a modas, ¿qué significa defender la lentitud?
Juega en mi contra. Pero creo que hay que hacer las cosas bien. Suelo tardar mucho en tomar una decisión porque no quiero equivocarme. De hecho, los vinos que estoy elaborando pasan muchísimo tiempo aquí en bodega. Lo de las modas está bien porque hay que saber qué es lo que busca el consumidor, pero yo creo que hay que tener un ojo en qué se busca y qué es lo que puedes ofrecer. Hombre, una opción facilísima aquí en Navarra sería plantar un Sauvignon Blanc y dices “oye, pues produzco muchos kilos y vendo mucho”. Pero yo no quiero eso. Vamos con esa mentalidad para todo. Es justamente esa idea de “seguir estando” lo que nos da la necesidad de paciencia. No podemos hacer las cosas porque sí, ni corriendo.

Que una bodega se mantenga inalterable suele ser signo de que funciona. Pero decidisteis cambiar. ¿Qué te dio más miedo?
Fue uno de los grandes temas. Porque ahí mis padres decían: “si esto está funcionando, hay que dejarlo”. Somos la primera generación de mujeres, ¡había que darle una vuelta! Fue una decisión muy difícil, pero yo creo que mantenemos los valores que nos parecen férreos en cuanto a la familia Ochoa: la vocación de servicio para quien hacemos el vino, la honestidad, hacer vinos ricos y la alegría en hacer botellas para celebrar. Si tú sigues esto y no te olvidas de dónde vienes y hacia dónde vas, no hay que tener miedo a cambiar un lema. ¡Hay que ser valientes! Creo que esto es importante. No hay que perder el rumbo, pero en cada generación hemos tenido cambios. Ahora vamos a afianzarlos y hacer que el apellido Ochoa sea más grande. Si nos quedamos quietos, no avanzamos.
El nuevo lema es “Ahora. Aquí. Siempre”. Dame alguna recomendación para cada una de las tres series.
Voy a hacer un esfuerzo, porque es como decir a qué hijo quieres más (ríe). De la serie “Ahora”, me iría al Moscato. El Moscato de Ochoa, que es un vino con baja graduación (5.5º) hecho con nuestra Moscatel de grano menudo, que es un Moscatel increíble. Tiene la burbuja natural de la propia fermentación y es un vino que está gustando muchísimo porque podríamos decir que el momento de consumo es como los frizzantes. Aunque no tiene nada que ver porque nuestra Moscatel lleva en Navarra desde el siglo XII. Es una uva muy aromática y muy concentrada, y es un vino precioso.
Vamos al “Aquí”.
En la serie “Aquí” tengo una garnacha tinta con la que estoy haciendo una recuperación de las garnachas ancestrales de Navarra. ¡Tengo una finca con más de 200 tipos de garnacha que son brutales! La unión de todas ellas hace que sea un vino precioso. Si te fijas, las fotografías de las botellas —cada una tiene una fotografía— están hechas por mi padre y son muy bonitas. En el Labrit, cada uno tiene una historia que se resume de una manera muy fácil y aquí en este es “mejor juntos”. De hecho, la fotografía del Labrit es una pareja que está paseando. A mí me gusta muchísimo porque son mis garnachas todas juntas, que siempre es mejor que un tipo único de garnacha.
La verdad es que la historia es preciosa.
Y de la serie “Siempre” me voy al Gran Reserva, que es uno de los grandes vinos que tenemos, a mí siempre me ha gustado hacerlo y me sigue gustando. Ya sé que en consumo, a día de hoy, los Grandes Reservas no se estilan demasiado, pero son vinos donde sí que hace falta paciencia. A estos vinos los guardamos hasta el momento en el que están listos. Son vinos que me parecen que hablan muchísimo de la paciencia hecha vino, como mi filosofía ahora en la Bodega Ochoa, y que cuando te encuentras con uno de estos vinazos, te vuela la cabeza.
Me gustaría que permaneciera esa vocación de servicio, ese vino para los amigos, para la familia y aquellos a los que quieres
Cuando piensas en Bodegas Ochoa dentro de 20 años, ¿cómo la ves?
Me gustaría que los valores que ahora vamos a implementar mi hermana y yo como primera generación femenina siguiesen intactos. Pero sin alterar los valores tradicionales de Ochoa: la honestidad, el hacer vinos buenos o el seguir cuidando al medioambiente. Me gustaría que permaneciera esa vocación de servicio, ese vino para los amigos, para la familia y aquellos a los que quieres. ¡Sin duda, eso quiero que siga! Y si sigo yo en ella, espero haber evolucionado. En cuanto a la bodega, que se sigan haciendo cosas nuevas, pero manteniendo el mismo carácter que tenemos ahora, hemos trabajado mucho para que se nos valore en un mundillo de hombres. Porque creo que, más allá de tener miedo, lo que hay que tener es confianza en el que viene y en el decir “vamos siempre con una buena estructura y un buen esqueleto”.



