Vivir a nivel del mar incrementa la posibilidad de sobrepeso
Hipoxia y apetito
La ciencia investiga si la altitud y el menor nivel de oxígeno pueden influir en las ganas de comer, el metabolismo y el riesgo de obesidad
Así se controla el ruido en un restaurante

Grupo de amigos disfrutan de una comida junto al mar
En el libro Superestimulados (Destino), el biólogo danés Nicklas Brendborg explica que Colorado es el estado de los Estados Unidos más elevado del país, a unos 2.100 metros sobre el nivel del mar, y también el que tiene la población más delgada, “por lo que es posible que ambas cosas estén relacionadas”, afirma. Y es que, tal y como especula, la altitud podría proteger de algún modo de la obesidad, aunque su importancia no sea comparable a seguir una alimentación saludable o practicar actividad física con regularidad, por poner solamente dos ejemplos.
“Los resultados procedentes de la epidemiología observacional sugieren que, efectivamente, vivir a mayor altitud se asocia con un menor riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad”, confirma Maira Bes-Rastrollo, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra tras ser consultada al respecto.
“Estos resultados están apoyados por la existencia de plausibilidad biológica debido a una hipoxia crónica leve y a una mayor tasa metabólica basal”, añade esta experta.
Varios estudios se refieren a esta vinculación, como Association of elevation, urbanization and ambient temperature with obesity prevalence in the United States, una investigación publicada en el International Journal of Obesity que concluye que la prevalencia de la obesidad en Estados Unidos está inversamente asociada con la elevación sobre el nivel del mar. Otra investigación titulada Living at Higher Altitude and Incidence of Overweight/Obesity: Prospective Analysis of the SUN Cohor t, en la que participó la propia Maira-Bes Rastrollo, constata que “residir en zonas de gran altitud se asocia con menores tasas de obesidad, probablemente debido a la hipoxia”, es decir, al déficit de oxígeno en el organismo.
Nicklas Brendborg cita, por su parte, otro estudio donde se observó que el personal militar estadounidense destinado en zonas más elevadas tendía a ganar menos peso. Se trata de Lower Obesity Rate during Residence at High Altitude among a Military Population with Frequent Migration: A Quasi Experimental Model for Investigating Spatial Causation.
Habitar en altitudes entre los 456 y 2.297 metros podría disminuir hasta un 13% la posibilidad de padecer sobrepeso
A mayor altitud, menos peso
La investigación en la que participó Bes Rastrollo concluyó que habitar en altitudes entre los 456 metros y los 2.297 metros podría disminuir hasta un 13% la posibilidad de padecer sobrepeso u obesidad, frente a quienes residían a nivel del mar (entre 0 y 124 metros). “En los resultados se observó una reducción del riesgo de sobrepeso/obesidad y del síndrome metabólico a partir de 456 metros, si bien es cierto que otros resultados sugieren que esta asociación inversa se empieza a observar a partir de 1000 o 1500 metros”, precisa esta investigadora.
Ahora bien, que los árboles no tapen el bosque: aunque varias investigaciones confirman que el riesgo de sobrepeso puede ser algo mayor en enclaves geográficos situados a nivel del mar, “el seguir una dieta saludable, disminuir el sedentarismo y realizar ejercicio físico de forma regular tiene unos efectos protectores mucho mayores”, pondera Bes-Rastrollo.
La cuestión es: ¿por qué los habitantes de Quito o Bogotá, ciudades situadas a 2.850 y 2.640 metros sobre el nivel del mar, respectivamente, podrían tener una menor tendencia al sobrepeso que los cubanos y los argentinos que viven en La Habana o Buenos Aires, ciudades situadas casi al nivel del mar? ¿Puede darse por bueno, entonces, que una persona que resida en Ávila (1.131 metros de altitud), León (837) o Madrid (657) tiene una menor posibilidad de padecer sobrepeso u obesidad que otra que viva en Barcelona o Valencia? Bes-Rastrollo señala que sí, hasta cierto punto, según parece desprenderse “de un estudio longitudinal que tuvo en cuenta la actividad física, el sedentarismo y otras posibles variables confusoras”, explica esta catedrática. “No obstante, a pesar de haber ajustado los análisis estadísticos por múltiples factores de confusión, no podemos descartar la existencia de confusión residual”, admite.
Hay tres posibles causas que podrían explicar porqué el riesgo de padecer sobrepeso disminuye entre un 13 y un 24% en función del nivel de la elevación del pueblo o ciudad en cuestión. La primera sería un menor apetito debido a la hipoxia, es decir, a causa del déficit de oxígeno en el organismo. Algunas investigaciones apuntan, en efecto, que la exposición a la altura parece aumentar los niveles de leptina, una hormona que regula el apetito y la saciedad, lo que lleva a un menor consumo de calorías.
Una segunda posibilidad sería el estilo de vida, en tanto alguna investigación también sugiere que las zonas de mayor altitud parecen promover un estilo de vida de mayor actividad física.
Finalmente, vivir o entrenar a una altitud por encima de los 600 metros (o bajo un ambiente hipóxico simulado) podría ayudar a la función cardiaca y pulmonar y mejorar la sensibilidad a la insulina. “Esta explicación también se ha observado en estudios previos”, confirma Bes-Rastrollo.
“En mi opinión sería una combinación de estas tres causas”, añade la experta.
Más preguntas: este menor apetito que parecen detectar diversas investigaciones en lugares elevados... ¿es “coyuntural”? (Es decir, afectaría a alguien que viviera en Barcelona y se desplazara ocasionalmente a Ávila, por poner un ejemplo de ciudad elevada) ¿o sería “estructural”? (Esto es, los habitantes de Ávila tendrían menos apetito de per se que los barceloneses, por estar situada Ávila a una mayor altitud? Dicho con otras palabras: ¿la pérdida de peso inducida por la altitud acostumbra a ser más pronunciada durante las primeras semanas, para disminuir gradualmente a medida que el cuerpo se aclimata? “Eso es, hay estudios que sugieren que los efectos protectores son mayores durante las primeras semanas y que van disminuyendo a medida que el cuerpo se aclimata”, vuelve a intervenir Bes-Rastrollo.

¿En los vuelos largos, también se pierde peso?
Otra posible explicación, que puede extrapolarse a lo que sucede en los aviones, es que la ausencia de oxígeno, habitual en las zonas altas, provoca una disminución del hambre debido a la mayor secreción de leptina y otras hormonas involucradas en el control del apetito que actúan para compensar la hipoxia. Además, en esta situación, el gasto energético basal (es decir, lo que gastamos por el mero hecho de estar vivos al respirar o para mantener la temperatura corporal estable) se incrementa ligeramente cuando viajamos en avión, ocasionando que el cuerpo consuma más energía.
Entonces, ¿en los vuelos largos también perdemos algo de peso? “Es una buena pregunta”, responde Bes-Rastrollo. “Desconozco la existencia de estudios poblacionales basados en personas que suelen viajar en avión”, comienza diciendo. “No obstante, creo que la exposición duraría solo unas horas, con lo que las diferencias en el consumo de comida se deberían más al estrés o al jet lag que a la hipoxia presente en cabina”, continúa explicando. “Tal vez pueda existir una pérdida de peso transitorio debida más a una deshidratación puntual, por el ambiente muy seco del avión, que a la hipoxia leve de la cabina” señala en relación a algunos estudios que indican que en los vuelos largos es posible perder entre 0´5 kg y varios kilos en la báscula, debido a la deshidratación, según una investigación publicada en Nutrients.
En los aviones, los sabores vuelan muy bajo
Según publicó en su día Comer, citando a Charles Spencer, profesor de psicología experimental en la Universidad de Oxford, la baja presión de los aviones influye especialmente en la detección del sabor amargo y afecta significativamente al sentido del olfato, aumentando la dificultad de detectar algunos sabores. De otro lado, la baja humedad del aire reciclado en la cabina, similar a la de un desierto, impacta negativamente en la percepción de los aromas, lo que disminuye la percepción de los sabores. Finalmente, el ruido constante de los motores del avión, que oscila entre 80 y 85 dB, reduce la capacidad de apreciar los sabores dulces y salados (cuando la presión cae en picado, los sabores dulces y salados se reducen entre un 20 y 30%, según explica en un vídeo de Tiktok una azafata de vuelo de Iberia). Las aerolíneas han intentado implementar diversas soluciones para mejorar la experiencia gastronómica a bordo, especialmente en las clases premium, pero muy posiblemente se trata de una causa hasta cierto punto perdida. En resumen, no se trata solamente de la calidad de la comida del avión sino también de que “tu lengua está en modo avión”, según indica otro vídeo de Iberia. Uno de los alimentos menos afectado es el zumo de tomate, según explica Miguel Ángel Lurueña en el libro Del ultramarinos al hipermercado (Destino). Este doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos menciona el caso específico de Lufthansa, cuyos pasajeros consumen ni más ni menos que 1,7 millones de litros de zumo de tomate al año. Un dato que también se repite en otras compañías aéreas.

