Cultura
David Uclés

David Uclés

Escritor

Tu boca tiene la sal; mi cuerpo, el azúcar

Opinión

Si usted, lector o lectora, cree que esta vida tiene sentido y que nos meten en una caja bajo tierra cuando se nos rompe el cuerpo por una razón divina que va más allá de nuestro entendimiento, sáltese esta columna.

Si considera que esta existencia bien pudiera ser una broma de mal gusto, déjeme preguntarle algo: ¿se angustiaría si, segundos antes de fallecer, en lugar de venirle a la mente un bello recuerdo de su infancia o el dulce eco de la voz de una madre le viniera el estribillo de una canción del Disco estrella del año 2000? Mi mejor amiga, budista y afanosamente espiritual, lleva años preparándose para la muerte, pese a haber cumplido apenas 40 años. De todas las preguntas que le planteé en nuestra larga amistad, esta es la que menos gracia le hizo; ahora teme morirse con unos versos pegadizos de Paulina Rubio en la cabeza y no con la mente en blanco después de atravesar no sé cuántos ciclos mentales sagrados. Leticia, por creer, cree hasta en la reencarnación. Yo entiendo que, naciendo en la India, uno tenga una mayor predisposición a pensar que va a tomar la forma de un animalillo en la siguiente vida, pero Leticia nació en Cuenca. En Belmonte, más concretamente. Realismo mágico.

Templo budista en Java )
Templo budista en Java )YASUYOSHI CHIBA / AFP

Con el resto de mi cuerpo que hagan lo que quieran: una joya, metacrilato o abono para las higueras del Guadalquivir

En mis años en Alemania, solía ir a meditar a un templo budista. Allí me propusieron varias lecturas para aprender a vivir, y otras para saber cómo morir en paz. Estas últimas insistían en la importancia de que, una vez muriéramos, nadie tocara nuestro cadáver durante tres días. Recuerdo que se lo pedí a mi madre, pero me dijo que me dejara de tonterías, que por encima de su cadáver. Decidí que, si tenía la suerte de saber cuándo iba a morir, me escaparía al olivar y me escondería entre las raíces del olivo más recóndito de Jaén, como una culebra cuando va a mudar la piel. Pero se me pasó la fiebre espiritual y ahora me da igual lo que hagan con mi cuerpo. Los órganos los quiero donar; no me hace falta creer en los vivos para saber que existen y sufren, mientras que los muertos… Y con el resto de mi cuerpo que hagan lo que quieran: una joya, metacrilato o abono para las higueras del Guadalquivir. Me da igual. Hace un par de meses manifesté mi deseo de que me enterraran en una cuneta al azar, para que la tierra me hermanara con los olvidados. Supongo que esto es lo más parecido a un deseo póstumo.

No creo que haya nada después. ¡Es una pena! Ojalá pudiera engañarme a mí mismo. Pero no siempre pensé así. Hasta hace bien poco solía creer que, antes de la vida eterna, me recibirían en un hall lynchiano y me triarían: cielo o infierno. Estaba seguro de la existencia de algo más. Por eso, la vez que estuve más malito en toda mi vida le dije a mi padre que esparciera mis cenizas en un lugar pío, en el monte Pedroso de Compostela, donde yacen unos de los petroglifos más viejos de Galicia. Le anoté las coordenadas, pero al comprobar que las había copiado mal, desistí: me daba miedo pasar la eternidad en un polígono industrial de Santiago de Compostela. Y después me volví agnóstico.

La muerte es cosa de vivos, ¿verdad?

Y, en todo caso, si Dios existe, sabré perdonarlo.

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