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La renovación literaria que viene del Este

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Una narrativa sin los corsés de las modas occidentales y llena de libertad creativa confirma un resurgimiento de alta calidad

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Albert Asensio

Hace ahora casi un siglo, George Simenon comparó Europa con un violín sonando de noche en una calle mojada por la lluvia. Ahora, la imagen que mejor define lo que está ocurriendo en el viejo continente, al menos a nivel narrativo, es la de una racha de crivăț abriendo bruscamente las puertas de una librería. Porque los escritores de las antiguas repúblicas soviéticas están transformando la literatura europea como no se había visto en décadas. 

De hecho, se trata de un fenómeno cultural tan arrollador que incluso han tenido que nacer editoriales (Automática, Delest-e, La Tortuga Búlgara, Báltica…) para abarcar su magnitud. Curiosamente, los grandes grupos editoriales, acaso obsesionados con el mercado latinoamericano, parecen no estar reparando en un hecho que, además de estar dándose en su propio continente, está renovando la narrativa occidental. Al menos a nivel literario, que no comercial.

Han pasado cuatro décadas desde la desconexión moscovita de los países de la Europa oriental y, por tanto, ha transcurrido el tiempo suficiente como para que sus escritores se sientan legitimados para trasladar al papel el sufrimiento que experimentaron no solo durante los años de la hoz y el martillo, sino también durante los de la transición al capitalismo. “Si el realismo mágico sirvió para filtrar la realidad políticamente insoportable a la que estaban sometidos los ciudadanos de ciertos países latinoamericanos —comenta Enrique Redel desde la comandancia de la editorial Impedimenta—, la nueva narrativa del este europeo, a la que podríamos llamar literatura del desencanto, está sirviendo exactamente para lo mismo, pero en nuestro continente”.

Una narrativa visceral y distinta

La literatura del desencanto centraría su temática, pues, en tres aspectos de un mismo proceso histórico: sumisión ante el yugo soviético, desconcierto durante la transición al capitalismo y frustración ante el incumplimiento de las promesas de un mundo mejor. Y todo este proceso se presenta bajo una narrativa tan visceral, tan poco dogmática, tan libre de injerencias editoriales que incluso sorprende.

“Hay que tener en cuenta que estos escritores estuvieron durante mucho tiempo aislados de las corrientes centrales en la literatura occidental —recuerda Marian Ochoa de Uribe, traductora al castellano de autores como Mihail Sebastian, Mircea Eliade y del que sin duda es el gran renovador de las letras europeas contemporáneas: Mircea Cărtărescu—. Eso ha permitido que su narrativa se desarrolle sin los corsés de las modas occidentales y que mantenga un espíritu de libertad creativa poco habitual en nuestro lado del continente”.

Maria Stephanova, escritora rusa exiliada en Berlín, relata en ‘Desaparecer/Desapaèixer’ la sensación de fracaso de los exiliados
Maria Stephanova, escritora rusa exiliada en Berlín, relata en ‘Desaparecer/Desapaèixer’ la sensación de fracaso de los exiliadosAna Jiménez

De ahí que ahora, cuando sus novelas al fin salen al mundo, los lectores descubran una narrativa alejada de los problemas pequeñoburgueses de la Europa occidental, así como de las fórmulas de taller literario tan frecuentes en Estados Unidos. “Es sorprendente que a menudo nos sintamos más próximos a personajes de New Jersey o California, que a los de Croacia, Chequia o Rumanía —dice Àlex Farreras, editor de Delest-e, donde ha publicado novelas tan reveladoras como los Diarios del olvido del bosnio Semezdin Mehmedinović y Pálenka (aguardiente) de Matěj Hořava—. Las literaturas del este brindan al lector otras historias que están muy cerca, aunque nos parece que vienen de lejos. Nos permiten conocer mejor nuestras complejidades y contradicciones, y el lector lo reconoce y aprecia”.

Evidentemente, esta hornada de escritores desciende de aquella otra que, en el último tercio del siglo XX, encabezó la vanguardia europea: Milan Kundera (Chequia), Wisława Szymborska (Polonia), Imre Kertész (Hungría), Danilo Kiš (Serbia), Bohumil Hrabal (Chequia), Péter Nádas (Hungría) —quien, por cierto, regresa a las librerías con Almanaque (Temporal)— y tantos otros nombres que fascinaron a la élite intelectual del momento pero que acabaron silenciados por la mercadotecnia anglosajona.

László Krasznahorkai, Nobel en 2025, se ocupó de la radicalización de Europa en su última novela ‘Herscht 07769'
László Krasznahorkai, Nobel en 2025, se ocupó de la radicalización de Europa en su última novela ‘Herscht 07769'Emilia Gutiérrez

Muchos de ellos llegaron a nuestras manos gracias a la labor de editoriales como Acantilado y Tusquets, pero no pudieron ocuparse de todos los escritores del momento, muchos de los cuales llegan ahora a través de una nueva generación de editores. “Si hemos podido rescatar a autores consagrados en sus países, pero desconocidos aquí, ha sido por el altísimo nivel que hay ahora en el terreno de la traducción —asegura Alicia López, responsable de Automática, antes de citar nombres como Meša Selimović (La isla), Daša Drndić (Belladona) y Marek Hlasko (El siguiente en el paraíso), también llamado ‘el James Dean polaco’—. En cierta manera, siento que al fin se ha hecho justicia con estos autores. Justicia tardía, pero justicia a fin de cuentas”.

Con todo, en los últimos años han surgido otros nombres que, si bien no siempre son jóvenes, sí que han tenido un éxito reciente. Son escritores que han seguido la estela de sus padres literarios al centrar parte de su trabajo en el rescate de la memoria en torno al pasado soviético, como es el caso del búlgaro Gueorgui Gospodínov, autor que, tras Las tempestálidas (Fulgencio Pimentel) y El jardinero y la muerte/El jardiner i la mort (Impedimenta/Periscopi), regresa a las librerías con Física de la tristeza/Física de la tristesa (Impedimenta/Periscopi). 

Por su parte, la escritora albanesa Lea Ypi reconstruye en Indignidad/Indignitat (Anagrama/Raig Verd) el pasado de una de sus abuelas; el lituano Ričardas Gavelis trata en Memorias de una vida truncada (La Tortuga Búlgara) la represión soviética y sus consecuencias psicológicas; el polaco Ignacy Karpowicz cuenta en Sońka ( Rayo Verde/Raig Verd) la historia de una anciana que solo tiene una vaca; y la bielorrusa Eva Viežnaviec (seudónimo de Sviatlana Kurs) recorre en ¿Qué buscas, lobo? (Gatopardo) lo mismo que la polaca Urszula Honek en Noche blanca (Lumen): el siglo XX a través de la historia de un pueblecito sin aparente importancia.

Escribir en tiempos de guerra

Evidentemente, quienes más tienen que decir ahora mismo sobre su relación con la antigua Unión Soviética son los ucranianos. De hecho, resulta interesante que, pese a la situación en la que se encuentra el país, sus escritores estén más activos que nunca. “Es admirable la vitalidad de los autores y editoriales ucranianas —dice Valeria Bergalli, editora de Minúscula—. Pese a las bombas, siguen comprando y vendiendo derechos, y publicando libros constantemente”. 

Entre los ucranianos más activos, destaca Andréi Kurkov, que acaba de publicar la novela policíaca de ambientación bolchevique El corazón negro (Alfaguara), pero quizá los que están reflexionando con más profundidad sobre la situación de la ex república sean Serhiy Zhadan, que ambientó Orfanato en la invasión rusa de Donbás, mismo territorio en el que ahora sitúa el pueblo arrasado de Voroshilovgrado (ambas de Galaxia Gutenberg); Eugenia Kononenko, que reconstruye la historia de toda una generación de ucranianos derrotados por las guerras en El último deseo (Altamarea); y Elena Kostioukóvitch, que traza un recorrido histórico, literario y familiar en su ensayo Kiev. Una fortaleza sobre el abismo (Tusquets).

La polaca Olga Tokarczuk, que logró el Nobel en 2018, revisita ‘La montaña mágica’ con una mirada feminista en ‘Tierra de empusas’
La polaca Olga Tokarczuk, que logró el Nobel en 2018, revisita ‘La montaña mágica’ con una mirada feminista en ‘Tierra de empusas’NurPhoto

También dan buena cuenta del miedo que las ansias imperialistas de Putin están despertando tanto en las ex repúblicas soviéticas como en la propia Rusia los escritores que, como Svetlana Alexiévich, Maria Stepánova, Boris Akunin o Mijaíl Shishkin, han tenido que abandonar su país natal por miedo a represalias. 

Mención aparte merece la escritora rusa afincada en Barcelona Anna Starobinets, que acaba de publicar la novela de fantasía oscura y ficción histórica El vado de los zorros/El gual de la guilla ( Impedimenta/Mai Mes); Maxim Ósipov, que dibuja un fresco de la sociedad rusa en Después de Eternidad (Libros del Asteroide); Maria Stepánova, que novela la sensación de fracaso de los exiliados en Desaparecer/Desaparèixer (Acantilado/Angle); y su colega Mijaíl Shishkin, cuya novela río El cabello de Venus (Impedimenta) rescata las voces del exilio y reflexiona sobre la guerra.

Orgullo y temas nuevos

Todos estos títulos confirman, gracias a su indiscutible calidad, un resurgimiento de la literatura centroeuropea como solo se conoció décadas atrás. “Pero hoy la expresión del este no tiene en el imaginario colectivo esa imagen tan sombría que podría tener hace veinte años —dice Marco Vidal, editor de La Tortuga Búlgara—. La enorme interacción que hay en la actualidad, tanto en lo tocante al intercambio cultural como a los viajes turísticos, ha hecho que se rompan los prejuicios sobre el este y que el lector tenga ahora ganas de acercarse a la literatura de ese territorio”. Se podría decir que los autores del este han perdido el “complejo de la última estantería”, así llamado por Ochoa de Uribe, es decir, el complejo de ocupar el anaquel más recóndito de cualquier librería, tanto americana como europea.

La literatura europea, pues, está vindicando su calidad frente a la de otros mercados. De ahí que no sea baladí que Mercedes Monmany se haya decidido precisamente ahora a publicar una versión revisada de su ya clásico Por las fronteras de Europa (Galaxia Gutenberg), un ensayo que precisamente nació “como respuesta a la presión que todo el continente americano ejerce sobre nuestra industria cultural”, asegura antes de aclarar: “Mi libro fue un intento consciente de defender unas literaturas escritas en lenguas cada vez más arrinconadas por el mercado global”.

Por otra parte, uno de los datos que valida con más eficacia la reivindicación de lo autóctono que viene de la mano de las literaturas del este lo encontramos en el hecho de que muchos escritores —y, sobre todo, escritoras— están revisitando nuestra tradición para impedir que sea olvidada y, por supuesto, adaptarla al siglo XXI. 

Elena Kostioukóvitch traza un recorrido histórico, literario y familiar en su ensayo ‘Kiev. Una fortaleza sobre el abismo’
Elena Kostioukóvitch traza un recorrido histórico, literario y familiar en su ensayo ‘Kiev. Una fortaleza sobre el abismo’Album / Alamy

Así, igual que la británica Maggie O’Farrell repensó el mito de Shakespeare desde la perspectiva de su esposa en la novela ahora llevada al cine Hamnet ( Libros del Asteroide/L’Altra), Olga Tokarczuk acaba de revisitar, en Tierra de empusas (Anagrama), La montaña mágica desde el punto de vista de las mujeres excluidas del clásico. “Celebro que por fin las escritoras europeas estén alcanzando la presencia que les corresponde —comenta Valeria Bergalli—. Siempre han estado allí, pero los intentos de acallarlas ya no tienen tanto éxito y pueden contribuir a dibujar mundos nuevos”.

Pero, ojo, las mujeres no pueden cantar todavía victoria. Solo hay que recordar el caso de la croata Dubravka Ugresic (La Guineu, Angle; El museo de la rendición incondicional/El museu de la rendició incondicional , Impedimenta/Angle), escritora convertida en nómada después de que sus propios conciudadanos la bautizaran, junto a otras dos periodistas, como “las brujas de Río”, en alusión al rechazo que produjo que, durante unas conferencias en Río de Janeiro, hicieran honor a la muy europea tradición de “ensuciar el nido”, esto es, de criticar nuestro propio país. Que tildaran a estas literaturas de ‘brujas’ dice mucho sobre la situación de las mujeres en una Europa cada día más ubicada en la extrema derecha. Por cierto, sobre la radicalización política del continente también se ha ocupado el último premio Nobel, el húngaro László Krasznahorkai, en su última novela: Herscht 07769 (Acantilado).

Por supuesto, además del feminismo y de la ultraderecha, empiezan a abrirse en las narrativas del este temas menos frecuentes en esos territorios, como puedan ser todos los vinculados con temáticas de identidad y diversidad. “La literatura actual es más realista, más crítica, más política —dice Borja Mozo, traductor y especialista en narrativas de la Europa oriental—. Muchos temas que antes eran tabú, como los vinculados al feminismo, a la comunidad LGTBI+ y la precariedad laboral, ahora están emergiendo con una fuerza extraordinaria”. Algunos nombres que se están vindicando a este respecto son los de Octavian Soviany, Adrian Schiop, Cecilia Ştefănescu, Sașei Zare o Dino Pešut, muchos de ellos traducidos entre nosotros por Dos Bigotes o Delest-e.

Y si se está produciendo esta apertura es porque, si en los noventa los autores nos contaron lo que había ocurrido tras telón de acero, y si en los dos mil empezaron a describir el choque con el capitalismo, ahora toca que los más jóvenes nos cuenten esas otras realidades que han permanecido ocultas en sus sociedades. Esta apertura temática está haciendo que las novelas escritas por los autores más jóvenes de los países del este empiecen a parecerse cada vez más a las del resto del mundo. 

Y es que se detecta en la novísima literatura un abandono del marco nacional y una mirada hacia el exterior. A este respecto, son interesantes los trabajos de la búlgara Eminé Sadk y de la rumana Lavinia Braniște, cuyas Caravana para cuervos y Sonia pide la palabra (ambas en Automática), respectivamente, ponen sobre la mesa un gran dilema generacional de primer orden: cómo hablar del comunismo sin haberlo vivido. En cierta manera, lo que nos dicen los nuevos autores del este es que, estando el discurso postsoviético secuestrado por sus abuelos y padres, a ellos les toca dar un giro de guion y mirar por fin hacia afuera.

ENTREVISTA. Sandra Ollo, directora de Acantilado

“En los autores del Este vimos una manera de escribir totalmente diferente”

Hace veinticinco años, Acantilado nos abrió las puertas de la literatura del Este europeo para que descubriéramos a una enorme cantidad de autores. ¿Qué significó aquella irrupción para la literatura española?

Significó para muchos lectores el descubrimiento de una tradición literaria prácticamente desconocida, o al menos muy poco conocida, y sin embargo excepcional, no solo por su altísima calidad artística y profundidad de pensamiento, sino porque en aquellos autores vimos una manera de escribir totalmente diferente, osada, fresca, que rompía límites y preceptos y que resultaba innovadora y a la vez, anclada en una “idea” de la literatura, de lo que debe ser la gran literatura, que resultaba claramente identificable.

Ahora estamos viviendo una nueva oleada de autores de la Europa del Este. Me refiero a nombres como Mircea Cartarescu, Gueorgui Gospodínov, Oiga Tokarczuk, Dubravka Ugresic, Lászlo Krasznahorkai… No son autores jóvenes, pero sí que adquieren la fama ahora o, al menos, llegan ahora con fuerza a nuestras librerías. ¿Qué diferencias notas entre la oleada de principios de siglo y la actual?

Yo creo que no hay una gran diferencia, porque son autores muy muy consagrados en su país de origen y que llevan años dedicados a la literatura, y eso se nota. Creo simplemente que estamos más habituados a leer ese tipo de literatura, exigente pero fascinante, que hace treinta años, y sabemos trazar con más precisión dónde están sus influencias, y en qué ámbito han sido escritos esos libros. Es decir, Centroeuropa ya no es un territorio absolutamente desconocido.

Sandra Ollo
Sandra OlloXavier Cervera

No se puede hablar de literatura del este europeo sin destacar la labor de los traductores. Dicen que ahora hay muchos más traductores que antes y que eso está ampliando la oferta de literaturas europeas. ¿Estás de acuerdo?

Sin duda, hay excelentes traductores y gracias a ellos podemos acercar estos autores a los lectores. Pero, en realidad, lo que sucede es que en los últimos años la profesión de traductor se ha “profesionalizado” mucho y los editores también hemos aprendido por el camino. Ya no se traduce por lengua “interpuesta”, sino directamente de la lengua original (cosa en la que fuimos pioneros hace ya veinticinco años), y esto ha hecho que el editor tenga que esforzarse más en encontrar un buen traductor.

¿Qué autores son ahora mismo los más interesantes de esos territorios?

Desde luego, todos los que publico en Acantilado: María Stepánova, Vladímir Sorokin, László Krasznahorkai, Yuri Andrujovich, Danilo Kiš, Adam Zagajewski y tantos otros. Y de los que se publican en otras casas me encantan Olga Tokarczuk y Mircea Cartarescu.

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