El Barça pasa de la ansiedad a la felicidad a lomos de un gran Lamine Yamal

Barcelona, 4 - Copenhague, 1

Los blaugrana logran el primer objetivo europeo tras remontar el tempranero gol danés con una fenomenal segunda parte en el Camp Nou 

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Un inspirado Lamine Yamal se marcha de dos defensas del Copenhague 

Andreu Esteban / Propias

La primera premisa de la ecuación del Barça era ganar y ese resultado tardó en verse una hora en el marcador del Spotify Camp Nou. Le costó a los blaugrana hacer los deberes pero pasaron de la angustia de no saber si responderían bien al examen a la felicidad de conseguir sellar el primer gran objetivo europeo.

Al equipo de Flick, tan inexperto y jovial, lleno de canteranos, le traicionaron los nervios y las ganas de salida. Pero hay partidos que se juegan más con el corazón que con la cabeza y ese territorio salvaje y disparatado es propiedad de Lamine Yamal, futbolista con toque de chamán. El 10 del Barça hechizó al Estadi, se cargó el equipo a sus espaldas y no paró hasta que remontó el gol tempranero del Copenhague.

Pocos equipos tan pasionales como este Barça cuando entra en trance. Lo exhibió la temporada pasada y lo sigue demostrando en cuanto le exigen en esta campaña. Le pellizcó el Copenhague y encontró una reaccionó de equipo fogoso, que entró en la segunda mitad con la única voluntad de hacerle la vida imposible a su rival, de quitarle las ganas de perder tiempo y de darle la vuelta a la situación. Fue un acoso y derribo constante y total que culminó con cuatro tantos, todos de delanteros.

Flick pidió que no se estuviera pendiente de otros campos y que se pusieran los cinco sentidos en el Copenhague pero los que parecieron jugar con el transistor en el oído (o con el auricular airpod) fueron sus futbolistas. Demasiado ansioso, el Barcelona se saboteó a si mismo de inicio.

Dicen que la soberbia es el pecado capital más grave de los siete. El Barça pecó de prepotencia al entrar al campo pensando más en golear que en ganar al equipo danés, algo imperdonable en la Champions, sobre todo porque el rival aún buscaba apurar sus opciones de clasificarse para la siguiente ronda.

El deseo de goles sobreexcitó al conjunto blaugrana, que se dejó la calma y la pausa en el vestuario. Se pasó de revoluciones en una noche que tendía a lo irracional. Para más inri, el Barça se vio prontísimo por debajo en el marcador, lo que le aceleró todavía más las pulsaciones y la angustia.

La pérdida de Koundé, que intentó un pase muy forzado a Eric Garcia, ayer mediocentro, fue una invitación al Copenhague para correr. El joven Dadason se plantó ante Joan Garcia y le batió por abajo para adelantar a los visitantes.

Ese gol hizo daño psicológico al Barça, que no se esperaba verse en esa tesitura. También dos paradas casi seguidas del portero Kotarski, que dejó sin gol a Lewandowski y Eric Garcia. La ocasión del polaco era clara y meridiana pero el nueve no acertó como sí que hizo el islandés de 17 años del Copenhague.

No empatar pronto hizo mella en el ánimo de los barcelonistas, que no pararon de tomar decisiones precipitadas y empezaron a pelear con el reloj. También el árbitro les sacó de sus casillas. Descentrados de las protestas hasta vieron cómo el larguero repelía un chupinazo de Eric Garcia, esta vez de mediocentro.

En el descanso, el Barça, que empezaba noveno la jornada, no solo no estaba entre los ocho primeros sino que era decimotercero. Pero el paso por el vestuario sirvió para tocar las teclas necesarias, más allá de la entrada de Bernal por un mareado Eric.

En 100 segundos, Kotarski tuvo que intervenir tres veces a disparos de Lamine, Bernal y Raphinha. El Barça se había enchufado, subido a las cabalgadas del 10 del equipo. Olmo abrió la poblada defensa rival con un pase a la espalda para la carrera de Lamine Yamal, que fue generoso para regalarle el gol a Lewandowski, que no falló a placer.

El Barça había hecho lo más difícil. A partir de entonces todo le salió de cara. Incluso un rebote que envenenó un chut de Lamine convierténdolo en una parábola que se colaba por encima del portero.

La remontada era un hecho pero había que buscar más botín, por si acaso. Raphinha se estrenó en la Champions de penalti, que le cedió el propio Lamine, y Rashford devolvió al Camp Nou la alegría de cantar de nuevo un gol de falta. Los nervios del inicio desembocaron en un frenesí final gracias al póquer de goles.

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