Luce el sol en El Tarter, en Grandvalira, benditos 7ºC y benditos los feligreses, que se tuestan en la tribuna.
¡Cuánta maravilla tras los días de frío, viento, nieve y hielo de este febrero!
Los esquiadores amateurs, los más afortunados, trastean con los esquís, se van monte arriba, apuran la mañana del viernes pues en un rato, acaso el sábado, el escenario se desbordará (cómo desaprovechar semejante maravilla, el buen tiempo, la buena nieve...), y entre unos y otros serpentea el circo del esquí alpino, exprime la resaca postolímpica en la coqueta pista de L'Àliga.
Corinne Suter (31), muy discreta hace diez días, en los Juegos de Milano-Cortina (14.ª en el descenso, undécima en el SuperGigante, novena en la combinada por equipos), halla el ritmo y el temple en Andorra.
Suter se lanza a tumba abierta, como si no hubiera un mañana (no hay porqué recordar el accidente de Lindsey Vonn aunque el subconsciente del plumilla no lo puede evitar, hacia aquel momento que se va), y por momentos alcanza los 122,37 km/h. Y el resto solo puede verla desde la distancia.
Al verlas descender, en la tribuna los cronistas nos preguntamos qué hay ahí, en el alma de la especialista.
En el descenso, la prueba reina del esquí alpino -según los sabios, es e equivalente a los 100m en el atletismo-, hay saltos, hay vértigo, hay curvas estupendas y a cada viraje, la incertidumbre. Mientras desciende, el esquiador profesional inhibe la mente, los peligros. No calibra riesgos, calibra velocidades. Tensa los cuádriceps, robustos como jamones, y se deja llevar por la intuición, también por los ejercicios de visualización que ha ejecutado minutos antes de aparecer en escena.
El triunfo de Suter es una reivindicación, el recuerdo de un pasado soberbio, su oro mundial en el descenso del 2021 y su oro olímpico en el descenso de Pekín 2022, su último gran año.
Desde entonces, las lesiones. Cómo no, el mal del esquiador, el mal del deportista en general.
Un clásico.
Una conmoción cerebral en el mismo 2022.
Una lesión de rodilla al año siguiente.
Otra rotura de fibras a finales del 2025, mientras se entrenaba, cuántos contratiempos, la ha dejado muy atrás en la lucha por la general del descenso (en aquellas semanas se perdió dos pruebas), de ahí el valor reivindicativo de este triunfo.
A falta de tres descensos de la Copa del Mundo, el título se juega en otros parámetros. Lindsey Vonn (41) es la líder de la disciplina, con 400 puntos, pero no puede pelearlo más. Bastante ha tenido con salvar la pierna izquierda, aquella que se había destrozado hace quince días en Cortina, durante el célebre descenso olímpico. Ella misma nos lo ha contado en sus redes sociales: el médico fileteó la pierna para drenarla, en un ejercicio de ingeniería quirúrgica que le evitó el desastre.
Cuántos riesgos había asumido Vonn aquel día, en Cortina. Cómo se la había jugado pese a su rotura del cruzado anterior y el menisco, ¿una heroicidad o una temeridad?, y ahora se rehabilita en la habitación del hospital, acaso contemplando por televisión cómo la alemana Emma Aicher, cuarta en este descenso de Andorra, se le echa encima: ahora mismo, Aicher ya se encuentra a 94 puntos de Vonn (y cada victoria se paga a razón de cien puntos).
En Andorra, el plato fuerte se vivirá este sábado: la tigresa Federica Brignone, reina en Italia tras su doble oro olímpico, se asoma al SuperG.

