
Por un liderazgo humanista
Nos enfrentamos a un cambio de era. La integración europea, las crecientes desigualdades sociales, la polarización política, los conflictos geopolíticos, el cambio climático, la transición demográfica y la revolución tecnológica configuran un escenario de retos y oportunidades en el nuevo orden internacional que se abre paso.
Eso incide de forma directa en la manera de gestionar nuestras empresas. Condiciona la estrategia, pero también la cadena de suministro, la gestión de talento, la cultura organizativa y otros elementos. Quienes dirigimos organizaciones debemos movernos entre los riesgos y las incertidumbres, sin perder de vista las oportunidades, para anticiparnos a los cambios del mercado sin renunciar a la confianza en nuestras capacidades.
En este contexto, directivos y empresarios debemos tener la responsabilidad de marcar un liderazgo consciente, comprometido y humano. Hoy se espera de los líderes empresariales no solo eficiencia sino ejemplaridad y compromiso social. La legitimidad del liderazgo empresarial se construye cada vez más desde esa utilidad social, desde su capacidad de generar no solo beneficios económicos, sino también bienestar colectivo.
Este papel del empresario y del directivo requiere del apoyo de las políticas públicas. Somos agentes de cambio que arriesgamos, innovamos y creamos empleo digno, pilar del bienestar de las personas.
Para lograrlo, debemos poner a las personas en el centro, porque en un mundo cada vez más automatizado y dominado por algoritmos, no podemos olvidar que lo esencial son las personas. Y para ello se requiere un liderazgo humanista.
El líder emocionalmente inteligente actúa con conciencia, sensibilidad y visión de largo plazo. Liderar no es imponer, sino proponer; no es mandar, sino escuchar, convencer y servir. Liderar en positivo es abrir el corazón, cultivar buenos hábitos y guiar al equipo. El liderazgo no es posición de dominio, sino de servicio.
Se lidera con el ejemplo. El coraje, el inconformismo y la ambición bien entendida deben nacer de nuestro interior. El rigor directivo culmina en decisiones que combinan inteligencia e intuición, realismo e imaginación, serenidad y determinación. Implica conocerse a uno mismo, asumir las limitaciones propias y las del entorno, mantener siempre los pies en el suelo.
Las empresas deben anticiparse al mercado sin perder su sentido social. La planificación estratégica resulta imprescindible, pero solo es eficaz si va acompañada de flexibilidad, rapidez de respuesta y visión integral. Las decisiones empresariales deben estar guiadas por valores humanistas y un compromiso explícito con el propósito social de la organización.
Con nuestra investigación académica aspiramos a contribuir a que nuestros líderes traten a las personas con respeto, generen confianza, construyan y motivan equipos diversos, que piensen en el largo plazo sin dejar de actuar en el corto, que decidan con responsabilidad y rigor, que reconozcan sus errores y que inspiren a sus equipos para anticiparse al mercado.
El futuro de nuestras empresas –y la prosperidad de la sociedad– no lo determinarán únicamente las máquinas, los mercados o las regulaciones. Dependerá de nuestra capacidad humana para pensar y obrar con sentido, con sabiduría, con propósito. En definitiva, de nuestra voluntad de liderar poniendo algo más que estrategia y técnica: poniendo el alma.