Historia contemporánea

El apartheid y la política exterior de EE. UU.: cómo la geopolítica condicionó la defensa de los derechos humanos durante la segregación racial en Sudáfrica

Relaciones bilaterales

El nombramiento de un nuevo y polémico embajador de Estados Unidos en Sudáfrica reabre heridas recientes y recuerda cómo las cicatrices de la segregación racial siguen condicionando las relaciones entre los dos países

Nelson Mandela junto al expresidente estadounidense Bill Clinton, en una celda en la cárcel en donde Mandela pasó 18 de sus 27 años como prisionero político en Robben Island (Sudáfrica)

Nelson Mandela junto al expresidente estadounidense Bill Clinton, en una celda en la cárcel en donde Mandela pasó 18 de sus 27 años como prisionero político en Robben Island (Sudáfrica)

Propias

La política internacional de Donald Trump parece encadenar fricciones. Ahora, la relación con Sudáfrica se suma a su lista de desencuentros. Aunque en este caso, es algo que viene de lejos. Hace apenas un año, en marzo de 2025, el gobierno estadounidense expulsó al embajador sudafricano, Ebrahim Rasul, después de que este hubiera acusado al presidente norteamericano de promover “un ataque contra quienes ostentan el poder al movilizar el supremacismo en su contra”. Dos meses después, la tensión se trasladó a la mismísima Casa Blanca durante un encuentro entre el propio Trump y su homólogo sudafricano, Cyril Ramaphosa, a cuyo gobierno el primero acusó de promover una “persecución racial” contra granjeros blancos.

Hace apenas unos días se ha vuelto a encender la llama de la hostilidad con el nombramiento de un nuevo embajador estadounidense en el país africano. El elegido, Leo Brent Bozell III, calificó en los años ochenta al Congreso Nacional Africano, principal fuerza antiapartheid, como organización terrorista. Años después, en 2013, criticó en sus redes sociales la mitificación mediática que, en su opinión, se hacía de la figura de Nelson Mandela. Hoy llega como diplomático a un país donde la memoria del apartheid continúa siendo una herida abierta.

Su nombramiento no es un gesto menor en una relación bilateral que está cargada de contradicciones en las últimas décadas. La posición estratégica de Sudáfrica en el extremo sur del continente y su abundancia de recursos naturales la han convertido en una pieza codiciada, que Estados Unidos ha mirado con cierta condescendencia, incluso en los años más duros del apartheid.

Todo por el uranio

Para entenderlo, claro, hay que situarse en el contexto histórico. Porque lo cierto es que la instauración del sistema de segregación racial en 1948, por parte de la minoría blanca, apenas generó reacciones de la comunidad internacional. Recién concluida la Segunda Guerra Mundial, y en un tiempo marcado por la lucha de poder entre dos superpotencias antagónicas, el apartheid fue visto, en líneas generales, como un problema menor. Así ocurrió en Estados Unidos, donde las administraciones de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower priorizaron contener la expansión del comunismo. Y en aquel entonces, Sudáfrica podía ser de gran ayuda.

En 1950, el país africano aprobó la Ley de Supresión del Comunismo, lo que dejaba bien claro de qué bloque quería formar parte. Ese mismo año, envió el 2º Escuadrón de la Fuerza Aérea Sudafricana para combatir junto a las fuerzas de la ONU lideradas por Washington en la Guerra de Corea.

Protesta en Durban, en 1950, contra las leyes de segregación racial y la Ley de Supresión del Comunismo
Protesta en Durban, en 1950, contra las leyes de segregación racial y la Ley de Supresión del ComunismoDominio público

Y, por si había alguna duda, a todo lo anterior se sumaba su importancia indirecta para el crecimiento del armamento nuclear norteamericano. En septiembre de 1949 se detectó la primera prueba atómica soviética. Estados Unidos necesitaba con urgencia materias primas para seguir aumentando su arsenal. El uranio era un elemento fundamental y Sudáfrica, uno de sus mayores productores.

No es de extrañar, por lo tanto, que durante las primeras décadas de la guerra fría el gobierno segregacionista sudafricano fuera uno de los principales socios estratégicos de los Estados Unidos en África. Tampoco debemos pasar por alto que “ambos países compartían una historia similar de políticas de corte racista encaminadas a asegurar la preeminencia de los blancos sobre el resto, legitimando ese tratamiento diferencial con teorías racistas científicas”, como señala Jaime Forero Núñez en este artículo en la revista Orden Internacional.

Antisegregacionismo, con la boca pequeña

El romance entre la potencia americana y la africana empezó a dar algún signo de desgaste una década después. Por un lado, por la propia situación de Estados Unidos. A mediados de los años cincuenta, el movimiento por los derechos civiles, liderado por Martin Luther King Jr, comenzó a sacudir la conciencia del país sobre la discriminación racial. Por otro, a causa de un acontecimiento que puso los ojos del mundo en lo que ocurría en Sudáfrica.

El 21 de marzo de 1960, la policía abrió fuego contra manifestantes que protestaban contra las leyes discriminatorias en la localidad sudafricana de Sharpeville, acabando con la vida de 69 personas. La masacre provocó la primera reacción sustancial de la comunidad internacional contra el régimen racista. La ONU condenó oficialmente lo sucedido y obtuvo el respaldo de Washington. El apartheid dejó de ser una cuestión periférica para convertirse en un símbolo global de injusticia.

Sharpeville puso también la segregación racial en el punto de mira de los movimientos sociales, que lo percibieron como una extensión de su lucha particular en Estados Unidos. Cuando John F. Kennedy llegó a la presidencia, la presión sobre su gobierno creció significativamente. En paralelo a la progresiva retirada de leyes discriminatorias contra la población afroamericana en Estados Unidos, el gobierno empezó a lanzar mensajes más o menos directos que buscaban promover reformas en Sudáfrica. Entre ellos, su adhesión al embargo voluntario de venta de armas al país africano que había establecido la ONU.

Sin embargo, ni Kennedy ni su sucesor, Lyndon B. Johnson, estuvieron dispuestos a sacrificar intereses estratégicos en plena guerra fría. Denunciaron los excesos, sí, pero también evitaron sanciones de calado. La contradicción pasaba por defender los derechos civiles en casa mientras se mantenían lazos con un régimen que los negaba sistemáticamente.

“Los blancos están para quedarse”

Esta discordancia desapareció casi por completo cuando el republicano Richard Nixon llegó al Despacho Oval en 1969. Bajo la inspiración de su secretario de estado, Henry Kissinger, tomó fuerza una premisa pragmática: “los blancos están ahí para quedarse”. Era necesario seguir negociando con ellos. En opinión del nuevo gobierno, un aislamiento total del régimen sería muy perjudicial para Estados Unidos.

Henry Kissinger con Richard Nixon en una imagen de la década de los 70
Henry Kissinger con Richard Nixon en una imagen de la década de los 70Bettmann Archive/Getty Images

Para Nixon y su sucesor, Gerald Ford, lo principal fue contener cualquier influencia soviética. Esa visión dio origen a una estrategia conocida como Tar Baby Option, expresión que hace referencia a algo pegajoso de lo que es difícil despegarse. Oficialmente se mantuvo el embargo de armas. Sin embargo, en la práctica se flexibilizó, al tiempo que se intensificaron las relaciones de la elite blanca sudafricana con diplomáticos y empresarios estadounidenses.

Fue este un mandato con multitudinarias protestas ciudadanas y, más allá de Vietnam, Sudáfrica agitó el avispero de las reivindicaciones. Los universitarios comenzaron a señalar a algunas grandes empresas del país, que mantenían sus inversiones en Sudáfrica. El apartheid contribuyó a polarizar todavía más a la sociedad norteamericana.

Cuestión de imagen

Con la llegada de Jimmy Carter, la Casa Blanca adoptó por primera vez un apoyo explícito al movimiento antiapartheid. En 1976, un año antes de acceder a la presidencia, la matanza de Soweto, donde fuerzas sudafricanas abrieron fuego contra un grupo de estudiantes y profesores, acrecentó la presión internacional contra el régimen.

Al alcanzar el poder, Carter recogió el guante, convirtiéndose en el primer presidente en exigir abiertamente el fin del apartheid y abriendo por primera vez vías de comunicación directa con algunos de los principales líderes negros de la oposición.

Pero el péndulo volvió a oscilar con la victoria electoral de Ronald Reagan en 1981. El antiguo actor y su equipo estaban convencidos de que era necesario volver al pragmatismo. Recomendaban moderar las políticas segregacionistas, pero en ningún caso implicaba una exigencia. La doctrina Reagan se basó en conseguir la victoria frente al comunismo y si para ello había que mantener una relación cordial con el gobierno segregacionista, el fin justificaba cualquier medio.

Ni las continuas informaciones sobre los abusos del gobierno de Sudáfrica ni el crecimiento de las protestas en la calle consiguieron que diera su brazo a torcer. Pero, paradójicamente, fue el propio Congreso estadounidense quien lo lograría cuando, en 1986, aprobó la Comprehensive Anti-Apartheid Act, que aplicaba duras sanciones al país africano. Reagan vetó el proyecto de ley. Sin embargo, la Cámara de Representantes anuló el veto presidencial con el apoyo de 81 miembros del partido republicano. Fue una dura derrota para el régimen sudafricano… y para el propio Reagan.

Ronald Reagan, en el Despacho Oval
Ronald Reagan, en el Despacho OvalAFP

La suma de esta ley a la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder a la URSS dio el golpe de gracia a un sistema que llevaba años herido de muerte a causa de las presiones de la comunidad internacional y de la nueva situación geopolítica mundial. El 11 de febrero de 1990, el principal líder del movimiento antiapartheid, Nelson Mandela, fue liberado tras 27 años de prisión. Cuatro años después se produjeron las primeras elecciones totalmente democráticas en el país. El 27 de abril de 1994, Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica. También en un símbolo global de la lucha contra la discriminación racial. Un símbolo que sigue estando muy vivo a día de hoy.