
Rusia y Ucrania chocan sus almas
Diplomacia
Cuatro años después de la segunda invasión de Ucrania, la guerra ya no puede entenderse en términos políticos, militares y económicos. Es una lucha existencial en la que el valor de la dignidad supera al de la vida misma.
Nos fijamos en la historia y el territorio, en las cifras de muertos y drones lanzados; hablamos de errores geoestratégicos y del pulso de la democracia con el totalitarismo; sancionamos al agresor y financiamos al defensor, conscientes de que el futuro de nuestra sociedad depende de su victoria.
En la guerra, sin embargo, nada es tan lógico, empezando porque no hay futuro, solo presente. La política puede ocuparse del mañana, pero la violencia se centra en el instante, cuando todo se acelera sin que entendamos muy bien cómo.
Entonces, ¿qué es más importante para determinar el curso de los acontecimientos en Ucrania, el interés de los políticos y la mediación de los diplomáticos, la superioridad de la economía y de los sistemas militares o la capacidad de resistencia de los combatientes y las familias que los arropan? ¿Cuál es la fuerza que decidirá quién vence y quién se humilla? ¿La política, la economía, las armas o los hombres y mujeres que las manejan?
Quien lucha por su vida no se siente víctima y no puede ser humillado
Yo creo que la voluntad de resistir es tanto o más importante que la efectividad de las armas y la resiliencia económica. Lo demostraron los británicos durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Recuerdan las palabras de Churchill al pueblo británico en junio de 1940? “Nunca nos rendiremos”. Entre septiembre de aquel año y mayo de 1941, y alentada por las palabras del primer ministro, Londres resistió bajo los bombardeos incesantes de la aviación alemana. El Reino Unido lideraba en solitario la defensa de las democracias liberales frente al nazismo porque ni siquiera las atrocidades cometidas contra los judíos habían sido motivo suficiente para que Estados Unidos entrara en guerra y, de hecho, no lo hizo hasta diciembre de 1941, cuando Japón atacó a su flota en Pearl Harbor.

Resistir desde la inferioridad, cuando todo parece perdido y la presión para que capitules se hace insoportable solo es posible si libras un combate existencial y yo creo que esta es la situación en la que ahora se encuentran los ucranianos. Putin dice que no existen y, por lo tanto, su lucha no es para contener a Rusia o defender a Europa, sino para seguir siendo lo que saben que son. Vista así, la guerra no es solo colonial y territorial, sino también metafísica y espiritual.
La religión inspira y consuela a los soldados en el frente, les convence de que el alma es inmortal. Superan la rutina, muchas veces tediosa que impone la guerra, con las fantasías del ciberespacio, pero luego, cuando un proyectil cae cerca de su posición, hablan de que la vida no es tan importante como la dignidad, de que es preferible luchar y perder que perder sin luchar. Quien lucha por su vida no se siente víctima y no puede ser humillado.
Que el bien supremo sea la dignidad y no la vida supone alejarse del confort y aceptar el sufrimiento. El cobarde se acomoda y también se aburre. Una vida sin el estímulo de lo imposible no es una vida completa.
Estas son las variables humanas que manejan los soldados y que suelen escapar a los cálculos estratégicos de los jefes políticos. La irracionalidad de poner tu vida al servicio de una causa que, aún siendo existencial, puede que ni siquiera entiendas, es lo que hace de Ucrania una guerra de resistencia, adaptación y desgaste.
Rusia mantiene una ventaja estratégica, pero no está claro que el tiempo corra a su favor
Ucrania intenta minimizar las pérdidas humanas y territoriales, mientras trata de maximizar las bajas rusas. Uno y otro ejército se afanan por diezmar las infraestructuras energéticas. Rusia intenta que los ucranianos se mueran de frío en este invierno que es el peor de los últimos 30 años y los ucranianos, que los rusos no puedan exportar tanto petróleo. Confían en que el coste de la guerra sea insostenible para el Kremlin, sobre todo ahora que en el campo de batalla parece difícil alcanzar los objetivos políticos que se ha marcado. La ventaja estratégica sigue siendo suya, pero no está nada claro que el tiempo corra a su favor. El avance militar es demasiado lento y la economía flaquea. Rusia destina el 40% del gasto público a la guerra y ahora sufre más bajas de las que suple con nuevos reclutas.
Los drones determinan la superioridad en la zona de combate y mantienen la intensidad de la ofensiva. El año pasado Rusia lanzó 53.000 de largo alcance, cinco veces más que en el 2024.
Los drones, pese a todo, no han cambiado la esencia de la guerra. Aún se necesitan soldados, armas, munición y dinero, la voluntad, por encima de todo, de seguir luchando. La motivación de Putin es muy clara porque una derrota hundiría su legado. La de Ucrania aún es más clara. La guerra surgió de una revolución popular a favor de Europa que solo puede culminar con la victoria. Ambos, rusos y ucranianos, confían en que el bien surgirá de la barbarie y apuestan su alma a que así será.
La literatura, el arte y la música han descrito el alma rusa, ese concepto filosófico y emocional que exalta la comunidad, la resistencia frente a la adversidad y el misticismo como fuga de un mundo injusto. El alma ucraniana es más festiva y menos nostálgica, pero esencialmente similar. Y es en este choque de almas gemelas que rusos y ucranianos pierden toda opción de victoria y también de derrota. Para salir del limbo que los condena a una resistencia permanente deberían destruir sus almas y confiar la inmortalidad a un espíritu nuevo. Se trata de un milagro hoy imposible pero que, tal vez, algún día no muy lejano, Europa podrá realizar.
