Ucrania resiste frente a lo imposible

Cuatro años de guerra en Ucrania

Soldados ucranianos del batallón Alcatraz en el frente del Donbass

Viaje al corazón del Donbass, el territorio ucraniano que más desea el Kremlin

La nieve iguala la planicie y el hielo captura el hedor del combate. No hay pausa. Las sirenas antiaéreas repican su lamento. Nadie se inmuta. Los drones vuelan sin cesar, caen en picado, estallan al chocar contra edificios y vehículos, en campo abierto y calles oscuras, sobre blancos desprotegidos, expuestos a la crueldad del azar. Nadie está a salvo.

El estado mayor ucraniano asegura que las tropas rusas siguen a quince kilómetros del centro de la ciudad, pero la distancia ya no importa. La gente muere por todas partes porque la zona de combate es ahora muy amplia, tanto como el radio de acción de estos robots voladores, un área gris que nadie sabe muy bien en manos de quién está.

Así es el paisaje, la atmósfera, el peso que soporta Kramatorsk, principal ciudad del Donbass aún bajo control de Ucrania, baluarte al que llegamos hace un par de semanas para tomarle el pulso a una guerra que arrancó en el 2014, se intensificó hace cuatro años y no tiene final a la vista.

Ucrania resiste frente a lo imposible Video

Halina Alexandra explica como han sido las explosiones que han destrozado su casa, en un polígono de viviendas de Kramatorsk, la principal ciudad del Donbass bajo control ucraniano 

María Senovilla

¿Por qué lucháis, qué valor tiene esta tierra que tanta sangre exige? Es la doble pregunta que hacemos a los militares y a los civiles que les rodean. Las respuestas convergen en una idea básica, casi primitiva, más allá de la razón práctica: el valor supremo no es la vida sino la dignidad.

El capitán Illia Palamarehuk, 23 años, jefe de una unidad de drones terrestres con cien hombres a su cargo, no se engaña: “Perdemos terreno y es cuestión de tiempo que Rusia ocupe todo el Donabss, pero vamos a luchar hasta la derrota definitiva”. Fundamenta su heroísmo fatalista en la inferioridad numérica de las tropas ucranianas y en la gran mejora de los drones rusos, equipados con cámaras y sensores capaces de captar señales de calor.

¿Cómo se combate a doce grados bajo cero sin emitir calor? “Saliendo muy poco al exterior, dejando que los robots hagan el trabajo”.

El capitán Palamarehuk lucha en Pokrovsk, una ciudad al sur de Kramatorsk, ahora dividida después de dos años de asedio. Tiene la orden de no dar un paso atrás. Ha de mantener la posición y no exponerse. Los robots avanzan unos pocos centenares de metros hasta la línea de combate. Llevan provisiones y municiones. Regresan con heridos.

Cerca de Pokrovsk, en otra posición avanzada, está April Hugget, voluntaria canadiense, paramédico de combate. Llegó al Donbass hace cuatro años, conmovida por el video de un niño que huía del frente. Lloraba mientras caminaba solo con una nota en la mano. Su madre había escrito su nombre y explicado que ella se quedaba atrás cuidando de la abuela, que no podía moverse. “Pensé que debía hacer algo para que ninguna otra madre tuviera que sufrir aquel trauma”, comenta para justificarse.

Hugget se instaló en Sloviansk y empezó a repartir alimentos entre las familias cerca del frente. Perdió a varios compañeros. La ira y la venganza reemplazaron, entonces, al sentimiento humanitario. Se alistó en el ejército, donde lleva 15 meses salvando vidas de compañeros heridos. Los cuerpos destrozados ya no le impresionan. “Les hablo mientras los estabilizo. Quiero que sepan que hago todo lo posible por ellos y que no están solos”.

A la pregunta de por qué arriesga su vida responde con otro desafío a la lógica: “Porque cada uno de nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas y debemos intentarlo aunque creamos que es imposible. No esperemos a que nuestros gobiernos hagan lo que deben hacer porque nunca lo hacen”.

Nikola, un jubilado de 67 años, pesca en el río Kazenyi Torets en Slovianks, ciudad que sufre intentos bombardeos desde hace semanas

Nikola, un jubilado de 67 años, pesca en el río Kazenyi Torets en Slovianks, ciudad que sufre intentos bombardeos desde hace semanas 

María Senovilla

El activismo civil de Hugget coincide con el que, días después, vi en la comunidad de Sant’Egidio, en Kyiv. Iván Kukurudziak, uno de los voluntarios, recordaba que “la idea fundamental de mi infancia era que no podías cambiar nada y que, por lo tanto, era mejor no hacer nada porque nada era importante.” Ahora, su vida ha adquirido un sentido y, su compañera, Vita Zinevich, lo confirma: “Ayudar a quien está peor que nosotros es un estímulo para seguir adelante, parece que tu vida está menos destruida, que no estás tan perdida, que la guerra, incluso, puede que no se pierda”.

Hace cuatro años, la gente de Kramatorsk era más optimista. Habían derrotado a los rusos en el 2014 y congelado el frente lejos de la ciudad. Hoy, en lugar de luchar por la victoria, se lucha para no perder. No perder la vida, no perder el camino y no perder el territorio.

Es fácil perderse en el Donbass, sobre todo, si te arrastras herido y de noche hacia la retaguardia, como hizo Kiril a principios de mes con metralla en la cabeza y en una pierna. Horas de marcha pegado a las líneas de abedules, cruzando tierras de cultivo, evitando drones y confiando en que el azar le salvara de pisar una mina. Lo encontré en Druzhkivka, en la zona gris próxima a las líneas enemigas. Tiene 22 años, es huérfano y había vivido durante meses en un sótano de Konstiatynivka con dos compañeros. Un ataque ruso mató a sus amigos y entonces él se puso en marcha. “Iba perdido pero no quería morir”.

La vida, reducida al instinto más primario de la supervivencia, es más vida. Svetlana, 37 años, madre de un adolescente de 17, lo tiene muy claro. Huyó del Donbass al principio de la guerra, pero hace un año dejó a su hijo en Lviv y regresó a Kramatorks. ¿Por qué? “Porque esta es mi ciudad y aquí la vida es más real.” Vivió lejos del frente, primero en el oeste de Ucrania y después en Italia. “Sí, era más seguro –admite-, pero también más vacío, sin alma. Allí la gente lo planifica todo a varias semanas vista. Aquí vivimos al momento. Todo es más intenso y real cuando no sabes si habrá un mañana”.

Carpe diem es la filosofía de Svetlana y de la gran mayoría de las 190.000 personas que aún viven en el Donbass bajo control de Ucrania. Entre ellas, hay 12.000 niños a los que apenas se les ve.

Un vecino de Kramatorsk, entre los destrozos que ha causado uno de los muchos ataques rusos contra la población civil

Un vecino de Kramatorsk, entre los destrozos que ha causado uno de los muchos ataques rusos contra la población civil 

Maria Senovilla

Svetlana no quería ser camarera en un restaurante o cajera en un supermercado, negocios que van bien gracias a que la tropa que descansa. Así que montó un negocio y hoy vende repuestos a los vehículos militares. La mayoría son 4x4 que las unidades adquieren a través de donativos.

La guerra se libra, en gran medida, con medios privados. Los familiares de los soldados envían paquetes y hacen colectas para comprar lo que más necesiten: calcetines, calzoncillos, camisetas térmicas, neumáticos de invierno, inhibidores de drones, tabaco, café, leche, teléfonos móviles, una terminal de Starlink, lo que sea. “Se nos va el sueldo en comida, ropa y el alquiler”, explica el capitán Palamarehuk. La tropa busca apartamentos para no pasar tanto tiempo en el cuartel y los alquileres se han triplicado.

La guerra es la actividad humana que mejor demuestra la relación despiadada entre oferta y la demanda. La consecuencia es el reniego de Palamarehuk contra los que “nos sacan el dinero” y “no hacen nada útil por el país”.

Esta es una queja muy común que se agrava con la prolongación de la guerra. Palamarehuk se alistó por patriotismo. Tenía 19 años. Hugget por venganza. Tenía 33. Ahora, sin embargo, los reclutas son jóvenes que recién han cumplido 25 años y están obligados a servir. Los que tienen dinero pueden intentar sobornar a un médico o un funcionario para que los declare inútiles. Así, que en el frente encuentras a más pobres que ricos.

Soldados del batallón Alcatraz, formado por exconvictos, el viernes, en algún lugar del frente del Donbass

Soldados del batallón Alcatraz, formado por exconvictos, el viernes, en algún lugar del frente del Donbass 

María Senovilla

Hugget trabaja en un batallón de infantería que se llama Alcatraz porque está formado por 400 jóvenes, exconvictos todos, a los que la guerra ofrece una segunda oportunidad. Si no han cometido delitos de sangre ni sexuales y aceptan alistarse, la justicia conmuta sus penas y borra sus antecedentes.

Hugget los quiere como hermanos y ellos la respetan porque arriesga su vida para que ellos sobrevivan. Si caen heridos, les corta la hemorragia, les inyecta morfina y les habla, sobre todo les habla para que mantengan la calma. “Quiero que sepan que no están solos, que somos familia, que no los dejaremos morir”.

A los caídos se les entierra como héroes. No importa cómo hayan muerto. Han dado su vida por Ucrania y es suficiente para que una bandera hondee sobre su tumba, un túmulo de tierra cubierto con flores de plástico.

A las afueras de Kramatorsk hay un nuevo cementerio militar con cientos de sepulturas y espacio para que haya miles más. Junto a la cruz y la bandera, una fotografía nos revela la identidad del héroe, glorificado con el arma y el uniforme. La edad media de los caídos no llega a los 30 años.

Nuevo cementerio militar a las afueras de Kramatorsk, con cientos de tumbas y espacio para miles más

Nuevo cementerio militar a las afueras de Kramatorsk, con cientos de tumbas y espacio para miles más 

María Senovilla

El capitán Palamarehuk ha perdido a dos hombres el último año. Han sido dos muertes evitables, estúpidas. Uno por hacerse una selfie en camiseta junto a una batería antiaérea en plena acción. La fuerza expansiva de los proyectiles lo destrozó por dentro. El otro murió por pisar una mina al salirse de la formación mientras avanzaban hacia las líneas enemigas. “Tuve que llamar a sus familias y decirles que debían estar muy orgullosos de sus hijos porque habían muerto como unos valientes”.

Las guerras producen muertos que viven durante generaciones. No hay cifras oficiales, pero sí estimaciones fiables que indican que muy pronto, en primavera, Rusia y Ucrania sumarán dos millones de bajas, jóvenes y no tan jóvenes que han muerto, resultado heridos o desaparecidos.

Los heridos son físicos pero, sobre todo, mentales. Estrés postraumático que el capitán Bogdan trata con pastillas. No hay espacio ni tiempo para terapia. “La tensión y el miedo provocan mucha angustia, un tremendo agotamiento físico y emocional”.

Las rotaciones en la primera línea del frente son muy largas. La mínima es de diez días. Hay unidades solo pueden rotar cada mes. Otras, cada dos. El descanso es complicado y, cuando por fin llega, se comparte con los mismos hermanos de trinchera. Las pantallas de los móviles ofrecen las fantasías eróticas y las hazañas bélicas que distraen y consuelan. Los bares no sirven alcohol. Hay que traerlo de extranjis. La ley seca es muy estricta, pero la jerarquía militar sabe como tolerar las válvulas de escape.

El vodka eleva tanto como las oraciones. Rezan los civiles y los militares. Apenas hay ateos. Ninguno en el batallón Alcatraz. “Besan las cruces de cuelgan de sus cuellos y las que llevan tatuadas en los brazos”, explica April Hugget.

“Dios y la Virgen me protegen, los siento dentro de mi”, me dice Natasha, charcutera en el mercado central de Kramatorsk. “Nos bombardearon la semana pasada. Ahora la cubierta tiene goteras”. Dentro hace casi tanto frío como afuera, muchos grados bajo cero. Natasha me ofrece queso y un embutido de carne de caballo.

La guerra es muy dura para la gente mayor. Natasha es mayor. No quiere decirme cuántos años tiene. “Muchos, muchos”, es todo lo que precisa. Ayuda a otras personas mayores. Les lleva comida, productos de higiene. “Lo más complicado es conseguirles pañales. Los necesitan. Muchos viven sin baño y sin agua”.

Los más pobres rebuscan entre la basura congelada. Hay una señora muy mayor que cada mañana, nada más salir el sol, se acerca al contenedor que hay debajo de la casa donde vivo, en el centro de Kramatorsk. También se lleva los envases de plástico para cambiarlos por unas monedas.

La estufa calienta un centro de auxilio de Druzhkivka, una población sometida a la ofensiva incesante de los drones rusos

La estufa calienta un centro de auxilio de Druzhkivka, una población sometida a la ofensiva incesante de los drones rusos 

María Senovilla

Dignidad y patetismo se pasean de la mano por las calles heladas y los campos de batalla. Aquí nada termina, todo se repite. Las unidades militares tienen la orden de no dar un paso atrás frente a un ejército ruso que los supera en hombres y mantiene una ventaja estratégica gracias a los drones y la cantidad de bajas que acepta.

El capitán Palamarehuk los ve venir. Poco queda en él de aquel joven estudiante que dejó la carrera de comunicación audiovisual para ir a la guerra. No sabe qué será de su vida, pero no parece importarle. Cayó herido en el asedio de Bajmut y se recuperó. Su posición en Pokrovsk está ahora muy comprometida después de sufrir un fuerte ataque ruso, pero sus órdenes son resistir y él lo prefiere. “Es mejor luchar hasta la derrota que perder sin luchar”. Está convencido de que el presidente Zelenski no traicionará este compromiso. “No podemos entregar esta tierra que tanto sacrificio nos cuesta”. Asume que su vida sea resistir a toda costa y perder poco a poco. Si tiene suerte podrá ganar tiempo hasta que suceda lo inesperado.

“Esperamos la paz pero no le ponemos fecha”, me confiesa Vita Zinevih, la voluntaria de Sant’Egidio, rodeada de mujeres refugiadas a las que viste y alimenta. “No le ponemos fecha porque es un trauma psicológico cuando no se cumple. Ya no somos los mismos que éramos. ¡La guerra nos ha cambiado tanto! Ahora solo tenemos energía para el día a día”.

April Hugget tiene energía. Nos encontramos en un pequeño café de Kramatorsk. Letras de colores escriben el nombre sobre la fachada. Europa no se entiende sin sus cafés, tampoco aquí, en la frontera donde chocan los ejércitos que decidirán el rumbo de todo el continente.

April podría irse mañana. Aún le queda un año y medio de contrato, pero nadie la detendría si dijera “basta, me vuelvo a casa”, algo que, sin embargo, no hará. “No puedo irme, mentalmente no puedo. Vale la pena vivir y morir por esto”. Tiene la taza de café entre las manos. A fuera estamos a diez bajo cero, pero el café está caliente. Entiendo que llegara en misión humanitaria y que la ira y la venganza la llevarán a alistarse. La fraternidad, tan común en las unidades de combate, da un sentido a su vida. Y, por encima de todo, está el convencimiento de que solo nosotros, los ciudadanos anónimos, podemos cambiar las cosas.

April Hugget tiene ahora 37 años y es madre de tres hijos de siete, once y quince años de edad. A las tres de la madrugada, hora de Kramatorsk, los llama por videoconferencia. Ellos viven en la Columbia Británica con su padre y su abuela. Les envía paquetes con chocolatinas y está acumulando días de permiso para ir a verlos.

“Claro que los echo de menos, pero moralmente no puedo irme de aquí, no mientras haya gente en peligro, sobre todo niños, que podrían ser los míos y los de cualquier madre. No es fácil y no es cuestión de heroísmo sino de compromiso. Y es verdad que estamos jodidos, aquí todos lo estamos, pero, como dice mi capitán, hasta que no lo estemos del todo vamos a vivir como si no lo estuviéramos”.

No entender la guerra es entenderla un poco y no entender a las personas que resisten frente a lo imposible también es entenderlas un poco. Ellas entienden que no hay remedio para las causas de su combate y, aún así, están decididas a cambiarlas. En la pugna entre ellas y el mundo, escogen el mundo, en su caso Ucrania, la tierra negra del Donbass.

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