
Cantar en valenciano
Diario de València
Desde que Vox decidió pactar con el Partido Popular tras las elecciones del 28M, facilitando la investidura de Carlos Mazón al frente de la Generalitat, algo más que un cambio de mayorías se produjo en la Comunitat Valenciana. Se ha percibido, cada vez con mayor claridad, un giro cultural que tiene consecuencias directas sobre una de las expresiones más vivas y fértiles de los últimos años: la música en valenciano.

Los datos y las decisiones recientes apuntan en la misma dirección. La contratación institucional de grupos o cantautores que utilizan nuestra lengua propia ha caído en picado en muchos ayuntamientos controlados por el PP o con Vox. El último ejemplo: la concejalía de Fiestas del Ayuntamiento de València, en manos de Vox, no ha programado ni un solo grupo en valenciano para las fiestas de julio. No es un despiste. No es casualidad. Es una decisión política.
La música en valenciano no es un fenómeno marginal ni una rareza subvencionada. Es una realidad consolidada, con público, con industria y con proyección exterior. En la última década ha emergido una generación brillante que ha conectado con miles de jóvenes y no tan jóvenes, que ha llenado plazas y festivales y que ha demostrado que se puede hacer música contemporánea, diversa y de calidad en valenciano. Ahí están o han estado La Fúmiga, Zoo o La Gossa Sorda, herederos de una tradición que abanderaron en su día grupos como Obrint Pas.
Los hechos actuales rememoran, con ciertas distinciones, a épocas pasadas en las que también se pretendió aislar culturalmente a quienes hacían música en valenciano”
Lo que hoy estamos viendo recuerda, con matices, a etapas anteriores en las que también se intentó arrinconar culturalmente a quienes cantaban en valenciano. Ocurrió con referentes como Raimon o con formaciones emblemáticas como Al Tall. Entonces, como ahora, no se cuestionaba la calidad artística. Se cuestionaba —y se intentaba silenciar— el mensaje, la identidad, la capacidad de interpelar críticamente a la sociedad.
Ya que resulta necesario expresarlo con claridad: lo que irrita a ciertos grupos no es la composición sonora como tal, sino el hecho de que diversas bandas manifiesten pensamientos que generan malestar. Textos que abordan el recuerdo histórico, las garantías sociales, el idioma y el entorno geográfico. Y dicho desasosiego deriva en el apartamiento de las redes oficiales. No se trata de un criterio estético; constituye una censura de pensamiento. Y si la administración pública opera impulsada por el afán de penalizar o acallar manifestaciones creativas debido a su mensaje, nos hallamos frente a métodos característicos de regímenes autoritarios.
La marginación de la música en valenciano de las programaciones oficiales supone, además, un ataque simbólico a la cooficialidad lingüística. El valenciano no es una concesión ni una excentricidad identitaria; es lengua propia y oficial junto al castellano. Excluirla de los grandes escenarios públicos equivale a enviar un mensaje muy claro sobre el lugar que algunos quieren que ocupe: el de lo secundario, lo prescindible, lo sospechoso.
Resulta paradójico que, mientras desde el nuevo president Pérez Llorca afirma querer potenciar el valenciano y reconstruir puentes con la Acadèmia Valenciana de la Llengua, se toleren —o no se corrijan— decisiones municipales que van en dirección contraria. Si de verdad existe voluntad de fortalecer nuestra lengua y la convivencia lingüística, esa voluntad debe traducirse en políticas culturales activas y coherentes.
La Generalitat tiene margen para actuar. Puede impulsar líneas de apoyo, puede incentivar a los ayuntamientos a programar música en valenciano, puede liderar una estrategia cultural que entienda la lengua como un valor añadido y no como un problema. Y el Partido Popular tiene la responsabilidad de marcar límites y evitar que la agenda cultural quede supeditada a los planteamientos más excluyentes de la derecha extrema o de aquellos que, también, en el PP aman muy poco el valenciano.
La cultura, cuando es auténtica, siempre encuentra caminos. Pero sería deseable que no tuviera que abrirse paso a contracorriente de quienes deberían protegerla. Porque arrinconar la música en valenciano no empobrece solo a quienes la crean o la escuchan: nos empobrece como pueblo.
