
* El año que, de Chirbes
Damas y tramas
Valencia está viviendo un periodo invernal con un clima bastante atípico: danas, vientos de gran fuerza, lluvias…. No obstante, la nieve está ausente. El manto blanco no se deja ver en nuestra capital del Mediterráneo desde enero de 1960. Aquella mañana, la urbe amaneció teñida de blanco, con estampas de ensueño que no han vuelto a suceder con tal magnitud, alcanzando grosores importantes. Se registraron nevadas de menor fuerza o duración en ejercicios posteriores (como en 1983 o 2005), pero es preciso viajar más atrás, al invierno de 1956, cuando un Rafael Chirbes de 7 años se siente totalmente maravillado por el paisaje de la ciudad nevada. Así lo relata “que estuvo nevando durante varios días y Valencia parecía una ciudad nórdica”.
Al abrir El año que nevó en Valencia (Anagrama, 2025) se tiene la sensación de que la nieve vuelve a caer, silenciosa, sobre una ciudad que ya no es la misma, ni quizá lo fue nunca del todo. Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna 1945-2015) escribe desde la memoria, pero no desde la nostalgia fácil. Lo hace desde ese territorio nebuloso donde los recuerdos no son imágenes fijas, sino sensaciones: el frío en las manos, la luz extraña sobre las fachadas, el asombro infantil ante algo que no debería estar ahí. La nieve, en su texto, no es solo un fenómeno meteorológico excepcional; es una interrupción, una grieta en la normalidad que permite mirar de otra manera la familia, la ciudad y el tiempo.

Leer hoy este relato breve, revisitado y acompañado por las ilustraciones de Paula Bonet (Vila-real, 1980), tiene algo de experiencia doble. Por un lado, está la voz de Chirbes, contenida, precisa, ya anunciando al escritor que vendría después, atento a las estructuras íntimas y sociales que nos sostienen y cobijan. Por otro, la mirada de Bonet, que no se limita a ilustrar, sino que entra en el texto como quien camina sobre la nieve recién caída: dejando huella, pero sin estropear el silencio y la inmaculada blancura.
En un año como este, en el que la nieve ha sido noticia, fuera de Valencia, en el resto de la península -metáfora y amenaza-, resulta especialmente significativo hojear este libro. No porque haya nevado en Valencia —no lo ha hecho—, sino porque nos recuerda que hay nevadas que ocurren en otro plano: en la memoria, en el cuerpo, en la forma en que miramos lo cotidiano cuando algo lo descoloca.
La nueva versión de este relato ilustrada
Y en ese diálogo, la presencia de Paula Bonet importa. Importa como artista y como mujer ilustradora de primer nivel, conocida y reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras, que ocupa un espacio central en una edición literaria, sin pedir permiso ni quedarse en los márgenes. Sus imágenes no suavizan el texto ni lo adornan: lo tensan, lo expanden, lo vuelven más físico. Impulsan a pasar los dedos por ellas. Hay en sus trazos una fragilidad que no es debilidad, una firmeza que no necesita imponerse. Su intervención no compite con Chirbes; conversa con él desde otro lenguaje, desde otra experiencia del cuerpo y del recuerdo, desde sus trazos y sus propias imágenes.
Bonet redacta el epílogo a la obra, que se entremezcla “como un hojaldre”, en sus propias palabras, con las capas de la memoria de Chirbes, relatando su proceso creativo, su enamoramiento de la obra del autor de Tavernes, y dándonos pinceladas de su propia biografía, en su residencia del colegio de monjas, donde esbozaba los pies de sus compañeras, o su casa de Olba, fijando su mirada en su bisabuela o en su tío Antonio, ambos presentes en las páginas de la obra, al ritmo de los pasodobles que la autora bailaba con su abuelo en las fiestas patronales del pueblo.
La palabra y la gráfica se exigen recíprocamente, conversan, fuerzan a hacer una pausa, a retroceder, a observar nuevamente.
Este libro no se lee con prisa. Se atraviesa. Se contempla y revisa. Texto e imagen se reclaman mutuamente, dialogan, obligan a detenerse, a volver atrás, a mirar dos veces, y nos hace desear ver, palpar, los óleos originales de Bonet. Y quizá ahí radique su fuerza: en recordarnos que la memoria no es lineal, que el pasado no está cerrado y que hay momentos —como aquella nevada improbable— que siguen cayendo sobre nosotros muchos años después.
Tal vez por eso, aunque este año no haya nevado en Valencia, El año que nevó en Valencia es un libro profundamente actual. Porque hay inviernos que no se miden en grados, y hay paisajes que solo existen cuando alguien se atreve a contarlos —o a pintarlos— desde la verdad de lo vivido.
Ficha del libro
El año que nevó en Valencia
Anagrama, 2025
Paula Bonet, Rafael Chirbes