Y la Nouvelle Vague creó a la mujer… moderna
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En un universo casi en exclusividad masculino la nueva ola proyectó en la pantalla una serie de rostros, jóvenes actrices que modelaron la figura de la mujer contemporánea. Libres, independientes, seductoras

Jean Seberg, en Nueva York en 1957 tras rodar ‘Bonjour tristesse’
El reciente estreno de la película Nouvelle vague del realizador Richar Linklater ha devuelto al primer plano la ópera prima de Jean-Luc Godard, À bout de souffle ( Al final de la escapada,1959) que serviría de rampa de lanzamiento para la nouvelle vague, aquella nueva ola cinematográfica que rejuveneció el cine y que acabaría por contagiar a otras cinematografías. La actriz Zoey Deutch es la encargada ponerse en la piel de la protagonista de la obra original, Jean Seberg, una jovencísima actriz americana que había debutado a las órdenes de Otto Preminger en la película Santa Juana (1957) y que repetiría con el director con Buenos días, tristeza ( 1958) la adaptación de la novela Bonjour tristesse de Françoise Sagan y su hedonista protagonista, Cécile Sorel, una adolescente que pasea su apatía moral entre los night-clubs de Paris y la Riviera francesa.
La película y la joven actriz norteamericana con su corte de pelo que le confiere un aire andrógino es celebrada por la crítica. Un futuro realizador, François Truffaut le dedica a Seberg toda una declaración de amor: “Cuando está en la pantalla, que es casi todo el tiempo, solo tenemos ojos para ella”. Y añade, “todo es perfecto en ella, y su estilo de sex-appeal es inédito en la pantalla”.
Brigitte Bardot había puesto patas arriba los límites de la censura francesa con la película 'Y Dios creó a la mujer'
El otro crítico y también próximo realizador, Jean-Luc Godard, no tiene dudas: Jean Seberg será la protagonista de su primera película, À bout de souffle la joven americana que vende por los Campos Elíseos el Herald Tribune con sus pantalones Capri y zapatillas bailarinas. Seberg le confiere a la rupturista y obra fundacional de la nouvelle vague su figura iluminada de modernidad. Todas las jóvenes de la década siguiente, los años sesenta, ya tienen una referencia en donde reflejarse.
Unos años antes, otra joven actriz, Brigitte Bardot, había puesto patas arriba los límites de la censura francesa con la película Y Dios creó a la mujer (1956) modelada por su entonces marido Roger Vadim. La naturalidad de Bardot en la pantalla, desnuda o vestida, parece presagiar la libertad de las futuras heroínas de la nouvelle vague, el seísmo que ha socavado los cimientos del académico cine francés de postguerra. La actriz y sex symbol tiene también su momento de gloria en el cine de la nueva ola cuando se encuentra con Jean-Luc Godard, un director intelectual alejado de su estética pero que le ofrece uno de sus papeles más recordados- y celebrados- en la película Le Mèpris (1962).

Para la crónica cinematográfica queda una de las oberturas más intensas de la historia del cine con el trasero de Bardot en cinemascope y la declaración amorosa de Michelle Piccoli. Después de terminado el filme, el productor Joseph E. Levine exige a Godard que inserte más desnudos de la estrella en la película. Godard se inventa en dos días un prólogo, un diálogo amoroso entre Bardot y Michel Piccoli a propósito de las diferentes partes de su cuerpo. Bardot en la pantalla ha pasado del seno pecaminoso de Vadim a la desnudez victoriosa de Godard.
Como Bardot, Jeanne Moreau ya cuenta con un importante bagaje antes de la irrupción de la nouvelle vague. Louis Malle la ha convertido en la nueva Eva cinematográfica ya sea paseando por los Campos Elíseos bajo la música de Miles Davis en Ascensor para el cadalso (1958) o descubriendo el placer sexual en Los amantes (1958) para escándalo de los espíritus más conservadores. Su entronización como actriz icónica de la nouvelle vague le llega con Jules et Jim, un triángulo sentimental cortado por la amistad, el amor y la tragedia. La nueva ola ya puede presumir de una de sus musas oficiales.

A diferencia de Jeanne Moreau o Brigitte Brdot, Anna Karina, una modelo de origen danés que aterriza en Paris a finales de los años cincuenta, no cuenta con ninguna experiencia cinematográfica. El cine y sobre todo el amor se cruza en su vida en la figura de Jean-Luc Godard. Bajo la dirección de su pigmalion y pareja Karina construye el modelo de la mujer independiente y libre. Amante, musa, talismán, Anna Karina revela todo su potencial detrás de ese rostro e imagen de fragilidad en una serie de papeles que Godard le escribe para la pantalla: la prostituta de Vivre sa vie, la militante del FNL argelino de Le petit soldat, unos primeros planos que son toda una declaración de amor, o la deliciosa y seductora protagonista de Pierrot le fou. Una relación artística y sentimental a lo largo de seis años que construye la columna central del cine de la Nouvelle Vague.
Karina, como Moreau y Bardot desarrollará en paralelo una carrera musical apadrinada, entre otros, musicalmente por Serge Gainsbourg, el compositor y cantante y futuro autor del terremoto musical Je t’aime moi non plus.
Las hermanas Catherine Deneuve y Françoise Dorleac colaboran en la proyección de la imagen femenina de la nueva ola
Bautizada artísticamente como Anouk Aimée por el poeta Jacques Prévert-su verdadero nombre es Nicole Françoise Dreyfuss- después de participar en La dolce vita (Federico Fellini, 1959) como la enigmática y aburrida Maddalena y objeto deseo de Marcello Mastroianni, otro nombre se cruza en su carrera: Lola. El director Jacques Demy, compañero de viaje de la nouvelle vague, la transforma en una estilizada bailarina de El Dorado, un cabaret enclavado en la ciudad portuaria de Nantes que acoge a los marineros de paso por la ciudad. El personaje y la película Lola ( 1960) gracias a Demy revela otra cara de la personalidad de Anouk Aimée, esta bailarina y cantante que aguarda el retorno de su gran amor envuelta en un aire de melancolía. Anouk Aimée prolongará ese estado, mezcla de elegancia, ligereza y profunda melancolía ahora bajo la dirección de Claude Lelouch en Un hombre y una mujer ( 1966) con una banda sonora martilleada por la insistente melodía de la película a ritmo de bossa nova que repite daba-daba-da.

Catherine Deneuve y Françoise Dorleac, además de hermanas y actrices, colaboran en la proyección de la imagen femenina que ha ido modelando la nouvelle vague desde À bout de souffle. Deneuve, aunque sus interpretaciones contemplan directores como Roman Polanski (Repulsión, 1965) o Luis Buñuel (Belle de jour, 1967) su proverbial encuentro con Demy y el musical Los paraguas de Cherburgo ( 1963) le da al nuevo cine francés un gran éxito internacional y a ella, un motivo para continuar su carrera cinematográfica. Una interpretación que le abre la puerta al “cine encantado” de Jacques Demy que continuará con Las señoritas de Rochefort (1966) para culminar en un cuento de hadas, Piel de asno (1970). Su hermana Françoise Dorleac hallará su mentor en François Truffaut que revela su talento dramático detrás de ese rostro frágil y romántico en la película La piel suave ( 1963).
Otra película, en las antípodas de la nouvelle vague, El hombre de Río (Philippe de Broca, 1963) la consagra popularmente junto a un intrépido Jean-Pierre Belmondo saltando por la vanguardista arquitectura de Brasilia o la selva amazónica. Un trágico accidente de tráfico en la autopista de Niza solo tres meses después del estreno de Las señoritas de Rochefort, corta su vida y su brillante futuro profesional. En el recuerdo la comedia musical que había reunido a las dos hermanas, Catherine Deneuve y Françoise Dorleac, en una historia llena de felicidad y canciones escritas por Demy y Michel Legrand.

El cine de la nouvelle vague filtrará otros rostros femeninos como la actriz Stéphane Audran formando pareja artística y sentimental con el director Claude Chabrol, Bernardette Lafont (Los primos, 1959) Emmanuele Riva (Hiroshima mon amour, 1959), Delphine Seyrig (El año pasado en Marienbad, 1961 ) Marina Vlady (Dos o tres cosas que yo sé de ella, 1967) o Anne Wiazemsky, joven actriz y futura escritora que documenta en primera persona en el libro Un año ajetreado su encuentro amoroso con Godard y aquel cine que fue celebrado como la nouvelle vague.