El fenómeno Oliver Laxe y sus paisajes sonoros
El rodaje
Con su melena al viento y su aire místico, el gallego es un director de altura (dos metros mide) al que solo le falta caminar sobre las aguas
Con ‘Sirât’, una película-viaje en todos los sentidos, ya ha hecho historia en los Oscars y espera el veredicto del cine español

El director con la perrita jack russell que ganó la Dog Palm en Cannes

“En el desierto estás obligado a mirar dentro. No te puedes esconder detrás de un árbol o de una roca. Eres tú y tú, tú y tu alma. Miras adentro o miras al cielo, y es lo mismo”, recuerda Oliver Laxe, para el cual el rodaje de Sirât, en pleno Atlas marroquí, queda ya muy lejos. Incluso la casa de sus abuelos, reformada en modo zen, en Vilela, una aldea lucense de unos cincuenta habitantes, ha quedado atrás. Ahí tiene unas vistas impresionantes a frondosos bosques como los de su película Lo que arde, que ya obtuvo los Goya a Mejor actriz revelación (Benedicta Sánchez) y fotografía (Mauro Herce).
“Las montañas de Galicia conforman un paisaje que te acoge, te acuna, te cuida”, suspira Laxe, que no ha parado “desde que Sirât fue premiada en Cannes, en mayo. Apenas he estado tres semanas en casa”. Su paisaje interior es el de la calma total, aunque vive atrapado en la vorágine del éxito: “en el desierto, en cambio, no había espacio para la distracción”, sentencia el que ha hecho de Sergi López un padre, que ha cruzado el Mediterráneo para ir en busca de su hija, desaparecida en una rave de las muchas que se celebran en África. Para encontrarla, seguirá a una caravana de auténticos ravers, interpretados por actores no profesionales, en su pequeño utilitario, con su hijo pequeño y su perrita.

Laxe ha hecho historia en los Oscar con cinco candidaturas que, al final, se han quedado en dos nominaciones a la mejor Película internacional, y al mejor sonido para Laia Casanovas, Amanda Villavieja y Yasmina Praderas –el primer equipo de mujeres nominado en esta categoría en toda la historia de los Oscar–. Hablamos con él poco antes de que se confirmaran las nominaciones, aunque anda más preocupado por las preguntas indiscretas de Broncano, “a ver cómo me escapo”, se ríe.
Un hombre tan espiritual podría sentirse perdido en la espiral del éxito, pero él lo afronta con una sonrisa: “Tengo claro que voy a aprovechar esta oportunidad para ir más lejos y ser más radical. Noto que tengo un capital de libertad muy grande, porque se han confirmado muchas de mis intenciones formales sobre la relación entre cine y terapia… Noto que mi cuerpo ya me pide cosas. Ya tengo imágenes en la cabeza, alguna intención…”
Tengo claro que voy a aprovechar esta oportunidad para ir más lejos y ser más radical”
El Atlas marroquí sigue ocupando un gran espacio en su mente: “Llegué a Tánger a los 24 años con la carrera acabada y una pequeña cámara, porque no me veía trabajando en la industria del cine. Fue mi manera de entrar en el país. Viví diez años allí, ahí rodé tres de mis películas, y el impacto que eso ha tenido en mi evolución ha sido muy fértil”. En Marruecos, Laxe se siente como en casa.
“La gente está menos en la cabeza y más en el corazón. Hay una sencillez, una disponibilidad... Los pueblos civilizados son los que tienen disponibilidad para el otro”.

Aunque muchas escenas de Sirât se rodaron en la sierra de Teruel por cuestiones prácticas, en la película cobra especial relevancia la región de Drâa-Tafilalet: “Tagountsa, que es donde filmamos la carretera de la montaña, es un lugar que te recuerda que no somos nada. No hay casi vegetación, ni tierra, pero cuando encuentras algún árbol ves que las raíces son super fuertes. Que el paisaje sea tan duro, hace que la vegetación que está ahí sea tan sólida, tan enraizada. Es un paisaje radicalmente trascendental. Es un espejo para el alma. Te pone en tu lugar, te hace sentir pequeño, y sereno en esa pequeñez. Por ahí rodé también mi segunda película, Mimosas. El Alto Atlas y el Anti-Atlas son montañas donde ves la creación del planeta. Son paisajes que están muy erosionados, con todas esas capas de sedimentación que te remiten al principio de los tiempos. Ahí se da un efecto potente en el ser: te das cuenta de que no eres nada. Te das cuenta que vas a morir, y que el planeta permanecerá indiferente. Esas sensaciones son muy sanas, y creo que es a lo que invita mi cine en general”.
Creemos que hemos evolucionado, que tenemos más consciencia, más educación sexual, pero es todo lo contrario”
“En el desierto sientes que si tomas una mala decisión, puedes morir. Eso hace que tu nivel de concentración y de conexión a algo más puro y esencial sea muy profundo”, reflexiona Laxe, que se identifica con el sufismo: “Me parece una forma de islam popular que difiere del que se emite por los canales wahabís y salafis del Golfo Pérsico, que son más radicales, como un código penal sin amor. El sufismo, en cambio, aunque obviamente también tiene reglas y disciplina, pone el amor en el centro”. No es extraño que Laxe también haya aparecido ejerciendo de gurú del amor tántrico en una película como Aro Berria, de la debutante Irati Gorostidi, que restituye en la pantalla la comuna Arco Iris en la España de los años setenta.
Para Laxe, “creemos que hemos evolucionado, que tenemos más consciencia, más educación sexual, pero es todo lo contrario. Tenemos universidades, tenemos televisión, tenemos internet, pero en la modernidad no hay una sabiduría de la sexualidad, que sí está en tradiciones como el taoísmo, el hinduismo o el islam. Es una pena. Creo que hay que reespitualizar la salud y la salud sexual. De lo contrario, va a ser muy difícil que verdaderamente seamos personas emancipadas y autor realizadas”.

La música, primordial en Sirât, con esa atronadora banda sonora tecno de Kangding Ray que, gracias al meticuloso trabajo de sonido, te hace sentir como parte de una rave, también puede ser una forma de liberación. “No he estado en tantas raves como piensa la gente, pero sí en las suficientes para saber que son un espacio terapéutico si se hace bien. Es un espacio ritual donde uno conecta con su fortaleza y con su fragilidad, con sus heridas”.
Sirât se puede ver como un viaje místico y musical, aunque por encima de todo no deja de ser una película de aventuras, que evoca tanto a David Lean como a Mad Max. Laxe recuerda que sus padres eran “obreros, en casa no había cultura. Pero había televisión, y daban buenas pelis. Puede que haya algo de eso ahí. Sirât igual es una medicina amarga, como casi todas las medicinas, pero hemos querido poner miel al borde del vaso”.
My favourite things
Un libro para leer en el avión ¡Mártir!, de Kaveh Akbar. Es un iraní-americano que habla de su época, de su desarraigo. Es una escritura que tiene lo mejor de la escritura americana, así como muy pop, muy fresca, muy divertida. Y al mismo tiempo tiene la profundidad persa. Esos 5.000 años de excelencia de los persas. Somos unos bárbaros al lado de los iraníes.
Un disco para los AirPods El que más escucho últimamente es Tripping con Nils Frahm. Viaje, viaje. Se le llama psicodelia, pero simplemente es espíritu. Es la sensibilidad humana, que se liga a lo trascendente con facilidad, cantando, haciendo deporte, bailando, no sé, rezando.
Otro país donde le gustaría filmar Mi siguiente película va a filmarse en parte en el Amazonas. Es la casa de todos, el Amazonas. Herzog, si me preguntas, es un cineasta que me parece que va al límite y yo me veo un poco ahí también.
El secreto de su pelo El secreto es que en el fondo no tengo secreto, porque utilizo el champú de los hoteles. Pero mi pelo es la raíz gallega y ahí comemos bien. La vaca es de donde pace, no de donde nace.