Tania Marmolejo, la pintora que retrata la perplejidad femenina
Entrevista
Es una maestra del retrato femenino. Uno donde lo que más destaca son unos ojos que pueden estar húmedos, asombrados o hipnóticos pero siempre son grandes

Tania Marmolejo
Su primer autorretrato lo hizo a los tres años y desde entonces nunca nadie dudó de que sería pintora. “Nadie me permitió dudar, tenía dos abuelas muy creativas, así que a todo el mundo le pareció muy natural que yo fuera artista. Me gustaban la biología y la química, hubiera podido ir por ahí, pero no me lo permitieron”. Aquel autorretrato era “muy realista”, explica Tania Marmolejo.
“Yo sabía que mi pelo no era ni rubio ni marrón y mezclé las dos crayolas para conseguir el tono; el pantalón y las zapatillas tenían todos los detalles, pero dicen que lo más logrado era mi pose. Mucha gente dudaba de que una niña tan pequeña hubiera sido capaz de pintarse a sí misma con tanta precisión”, recuerda Tania Marmolejo (Santo Domingo, 1975), que hoy es, efectivamente, una artista profesional de éxito que exhibe en galerías de Europa y América.

Estudió Diseño Gráfico e Ilustración en Noruega y regresó a la República Dominicana, donde se matriculó en Bellas Artes en la Escuela de Diseño Altos de Chavón, y terminó sus estudios con una beca en la Parsons The New School de Nueva York.
Tania habla tres idiomas con soltura —inglés, español y noruego— y otros dos, sueco y francés, bastante bien. Hija de padre dominicano y madre sueca que mandaba mucho, su vida, como su obra, es un equilibrio perfecto de la energía del Caribe con la racionalidad escandinava. “Yo soy una mezcla, nací y viví en Santo Domingo hasta los 17 años, pero nunca fui totalmente dominicana. Mi madre es una fuerza de la naturaleza, y en casa vivíamos según las costumbres escandinavas: no comíamos arroz, habichuelas y carne como la gente allí, sino pescado, sobre todo salmón, y en Navidades íbamos a tope con los trolls y las figuritas nórdicas. Todos los insultos de mi mamá eran, por supuesto, en sueco”, dice la artista, que se siente muy orgullosa de sus raíces caribeñas. “Me encanta haber crecido en una isla y tener a la mamá escandinava. Esa es mi identidad”.
Me encanta haber crecido en una isla y tener a la mamá escandinava. Esa es mi identidad”
Una de sus obras, una figura femenina con los característicos ojos grandes que han hecho reconocible el trabajo de Marmolejo, figura en la exposición Nuevas miradas: mujeres del pop art español (UMusic Hotel Madrid Teatro Albéniz, hasta el 8 de marzo) que han promovido Magazine y el proyecto artístico Lucha de Gigantes, fundado por el agitador cultural Gabriel Suárez.
¿Es cierto que los ojos de sus cuadros son los suyos?
No siempre me pinto a mí misma, aunque la gente lo crea. Son personajes que nacen de experiencias y sentimientos que sí son míos, pero no siempre soy yo. He hecho personajes asiáticos o de piel más oscura para que más personas se puedan identificar con las situaciones que pinto.
¿De dónde vienen las referencias para pintar esos ojos tan emblemáticos en su obra?
El ojo grande no viene del manga. Trabajé en Nueva York para una productora de dibujos animados, siempre me encargaban los personajes, y los hacía con los ojos grandes porque era lo que se llevaba entonces. Cuando empecé a pintar, a medida que trabajaba para intentar transmitir las emociones los ojos fueron creciendo... Ahora trato de achicarlos un poco. No quiero que sea tan obvio identificar mi obra ni que sea un cliché de mí misma; quiero seguir sorprendiendo.
Ahora trato de achicar los ojos un poco en mis cuadros; no quiero que sea tan obvio identificar mi obra”
¿Cómo trabaja?
Todo el día, soy muy disciplinada. Me despierto a las 7, y a las 8.30, después de desayunar, ya estoy pintando en mi estudio en casa o en otro más grande en Mainstream, justo al lado de Manhattan. Vivo con mi esposo y no tengo hijos, y me encanta poder tener esa vida interior. También me tomo mis descansos mirando revistas. Soy muy visual y hojeo muchos libros de pintores de otros siglos, no contemporáneos, porque no quiero parecerme a nadie. Me encanta el arte barroco y renacentista, siempre vuelvo a eso. También las ilustraciones y los dibujos animados japoneses.
¿Sufre mucho en el proceso creativo?
Pinto muchas cosas que no me gustan, pero sigo hasta que salga algo que me convenza. Digo, como Picasso, que las musas me pillen trabajando. De repente encuentras el camino.
Me rebelé contra los que me pedían una obra más sexy y empecé a hacer caras grandes y ambiguas”
¿En qué momento decidió que su arte iba a ser reivindicativamente femenino?
El mercado me decía, concretamente algunos galeristas, que el arte femenino no vendía y me pedían un arte más masculino. Eso me frustró porque realmente lo que me estaban pidiendo era la mirada masculina. Una obra más sexy. Y lo intenté un tiempo, pero no era lo que quería hacer, así que me rebelé y empecé a hacer caras grandes y ambiguas con expresiones fuertes de frustración. Y esas fueron las obras que me dieron a conocer. Coincidió con el movimiento #MeToo, y muchas mujeres se identificaron con esos cuadros, las emociones que transmitían, incluso algunos hombres decían que eran poderosos.
¿Es difícil resistir a la presión del mercado?
No pienso en el mercado. Trato de hacer un arte honesto conmigo misma, y luego el resto del mundo se adaptará. El arte es un testimonio de cada época: si ves arte de la posguerra, es muy honesto. Vivimos una época de muchos cambios, y hay artistas que pintan la vida doméstica y la normalidad de una pareja gay, lo mismo con las mujeres y el arte afroamericano. Estamos en la realidad.
¿En cuántos hemisferios se mueve?
Vivo en Nueva York, y mi familia, en Vancouver, voy mucho a República Dominicana porque allí está mi galerista; mi esposo es español y su familia vive en Madrid. Viajo constantemente. Hace unos años compré una casa en España y decidí que este iba a ser mi país. Trato de venir lo más que puedo, es aquí donde soy más feliz. K. Vázquez
