Testimonios

Cristina de Carballo, voluntaria: “Los gatos callejeros no se acostumbran a vivir en la calle, aprenden a sobrevivir con miedo”

Testimonios

Cristina dedica su tiempo a rescatar gatos, controlar colonias y concienciar sobre la tenencia responsable en Beasain (Gipuzkoa) 

Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. 

Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. 

Cedida

A Cristina de Carballo le cambió la mirada una tarde cualquiera: dos gatas en casa le enseñaron que un gato no es un adorno independiente, sino un radar de emoción. 

Desde Beasain (Gipuzkoa), y con una esclerosis múltiple que le ha obligado a frenar su doctorado, se ha convertido en una de esas personas que sostienen en silencio lo que muchos solo ven de reojo: colonias controladas, rescates a contrarreloj y pedagogía para que el futuro no repita los mismos abandonos.

¿Cuándo empieza su vínculo real con los animales?

Siempre he sido sensible porque en casa teníamos perros, pero el giro llegó con dos gatas: Rita y Audrey. Empezar a convivir con ellas me obligó a replantearme por completo la idea que tenía de los gatos.

¿Qué descubrió conviviendo con ellas?

Que son muy perceptivas, muy delicadas. Y, sobre todo, que yo estaba equivocada con una cosa muy común: creer que en la calle “se arreglan”.

Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. 
Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. Cedida

¿Cómo se da cuenta de ese error?

Un día ves un gato por la calle y ya no es invisible. Te fijas en lo delgado que está, en la cara de miedo, en que está enfermo… y se te remueve algo por dentro. Ahí entiendes que no se apañan bien, que necesitan ayuda.

¿Y cuál fue su primer impulso?

El de querer llevármelos a todos a casa. Pero luego aprendes: no todos son sociables, no todos pueden vivir en un piso. Hay gatos para los que su hogar, por duro que suene, es la calle. Entonces te implicas en cuidarlos allí, intentando mejorarles la vida.

¿Cómo pasa de la empatía a la acción organizada?

Primero colaboré económicamente con asociaciones. Y en 2020 di el paso a voluntaria. Empecé en Salamanca, con Luna-Gatuna, mientras estudiaba allí.

Usted es doctoranda en la Universidad de Salamanca, ¿verdad?

Sí. Estoy dentro del doctorado de Filología. Hice Filología Románica, luego me especialicé en estudios medievales y renacentistas. Ahora mismo lo tengo en pausa por la esclerosis múltiple.

Cambiar un individuo fértil por uno estéril es la diferencia entre el caos y el tiempo a favor

Cristina de Carballo

Voluntaria 

Vuelve a Beasain y se suma a Laukatu. ¿Qué es Laukatu?

En euskera, “cuatro gatos”. Y es importante especificar: hay distintos Laukatu según el pueblo. Yo estoy en Laukatu Beasain.

¿Cómo define a Laukatu Beasain: asociación, protectora…?

Se suele decir asociación, aunque en la práctica hacemos trabajo de protectora. Pero sí: “asociación” encaja.

¿Qué hace usted en el día a día?

De todo. Ayudo en rescates cuando hace falta una mano. Participo en entrevistas de adopción. Colaboro con publicaciones en redes, mesas informativas, eventos, recogidas de alimentos. Y aprovecho mucho esos espacios para divulgar: el método CER, la tenencia responsable, el daño del abandono.

Explíqueme el CER de forma sencilla.

Capturar, esterilizar y retornar al gato a su lugar de origen. Cambias un animal fértil por uno esterilizado y, con el tiempo, la colonia se reduce. Evitas camadas destinadas a malvivir y malmorir en la calle.

Usted habla de “modelo ético” de gestión de colonias. ¿Qué significa, exactamente?

Que los gatos de la calle existen por irresponsabilidad humana: abandonos, gatos sin esterilizar, gente que deja salir sin control. Antes se intentaba “resolver” sacrificando, y se ha visto que no funciona: vacías un espacio y se rellena enseguida. El enfoque ético es intervenir sin crueldad, con método, y con convivencia: colonias más sanas, menos conflictos, menos ruidos y menos marcaje.

Hay quien dice: “Molestan, huelen, pelean”. ¿Qué responde?

Que precisamente por eso existe el CER. Con la esterilización disminuye el marcaje y el ruido. Y si la alimentación se hace bien, la zona está más limpia. Se trata de que convivan vecinos y gatos.

La convivencia no se impone: se gestiona, se limpia, se explica y se sostiene

Cristina de Carballo

Voluntaria 

¿Tienen relación con el Ayuntamiento?

Sí. La asociación gestiona la cuestión de las colonias. Hay puntos de alimentación autorizados y carnés para alimentadores. Y también hacemos algo clave: explicar buenas prácticas, para que sea una alimentación controlada y adecuada.

Ponga un ejemplo de “buenas prácticas”.

No dar sobras. Usar pienso seco: dura más, no se estropea tan rápido, atrae menos bichos y ayuda a mantener el entorno limpio. Si cuidas la colonia, cuidas también la convivencia.

Usted dice que su sueño sería que no hubiera gatos en la calle. Suena contradictorio para una voluntaria felina.

No lo es. El ideal es que todos estén en casas, con gente, con chip y esterilización. La calle no es una vida. En casa un gato puede vivir unos 15 años; en la calle, alrededor de 6. Y si es un gato recién abandonado, a veces hablamos de meses: no sabe buscar refugio ni comida, llega tarde a todo.

También asesoran a otros municipios. ¿Cómo se hace eso?

Compartiendo experiencia. Laukatu Beasain nació en 2017, y en estos años hemos aprendido muchísimo. Hay ayuntamientos que quieren empezar y no saben por dónde. Les contamos qué funciona, cómo organizar puntos, cómo aplicar el CER y cómo sostenerlo con el tiempo.

En su casa también hay un gato rescatado. ¿Cómo se llama?

Frank Sinatra.

Usted tiene una debilidad por los nombres de cine.

Las gatas de mis padres son Rita Hayworth y Audrey Hepburn, por homenaje. Y Frank salió así porque apareció por casa de mis padres hecho polvo, muy delgado, asustadizo.

¿Qué le pasaba?

No tenía ni bigotes de lo mal que estaba. Empezamos a darle de comer poco a poco. La idea era: que confíe un poco, y si sufre demasiado… no alargar lo inevitable. Pero se recuperó. Se puso precioso. Y resultó ser un gato siberiano. Cuando mi pareja y yo nos fuimos a vivir juntos, nos lo llevamos.

Ahora sí: cuénteme historias que se le hayan quedado clavadas.

Una es Zary. La encontraron dentro de una bolsa, de esas de rafia, cerrada con un nudo. En mitad de un camino. Gente paseando vio que aquello se movía y, al abrir, había una gatita. Era un abandono pensado para que muriera en horas.

¿Y otras situaciones que se repiten demasiado?

Gatitos en contenedores, vivos, incluso con el cordón umbilical. Sacar eso adelante es durísimo.

Ha mencionado también a Van Gogh.

Eso fue en Salamanca. Nos avisaron tarde: llevaba días rondando un centro comercial. Tenía la cara hinchada y no tenía rabo; el poco rabito estaba amputado de forma traumática y se estaba pudriendo. Y cuando el veterinario le levantó una oreja que estaba pegada por sangre seca… apareció una gusanera, un nido de gusanos. Se le estaban comiendo la cara. Además perdió el riego sanguíneo en la oreja, se secó y se cayó. Era pelirrojo y con una oreja menos, así que… Van Gogh.

Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. 
Cristina de Carballo, voluntaria con felinos. Cedida

¿Qué le deja un caso así?

La sensación de que no podemos permitirlo como sociedad. Si alguien hubiera pedido ayuda antes, no habría llegado a ese límite.

Usted sostiene una idea que muchos repiten: quien maltrata animales acaba maltratando personas.

Creo que sí. Es falta de empatía. Si no la tienes con un ser vivo, es fácil que escales.

¿Cómo ve a los jóvenes?

Como voluntarios falta compromiso, sí: se nota poco espíritu de sacrificio. Pero también veo más sensibilidad. Cada vez más chavales saben lo que es el CER, reconocen la oreja marcada, preguntan, se informan.

Están colaborando con un instituto, ¿no?

Sí, con un grupo de segundo de bachillerato de una localidad vecina. Nos contactaron por una actividad social. Están haciendo vídeos de concienciación, publicaciones para redes y carteles informativos sobre la asociación, el CER y la tenencia responsable. Me parece fundamental sembrar esa semilla.

España: ¿en qué punto estamos respecto a Europa?

Tenemos herramientas para hacerlo bien y no siempre las usamos. La ley de protección animal tiene cosas buenas y otras muy malas. Es terrible que hayan quedado fuera perros de caza y de trabajo, que son los que más protección necesitan.

Se suele hablar de galgos. Usted menciona otros.

Sí: podencos. Y, en el País Vasco, a veces recuerdo una idea incómoda: nuestros “galgos” son los séters. Se habla de lo que se ve; de lo otro, no tanto.

¿Y dónde sí ve un avance claro?

En que la ley protege las colonias y las reconoce. Eso es importantísimo. Luego depende de los ayuntamientos aplicarlo o hacerse los locos, pero al menos hay un marco.

Ha citado Holanda como ejemplo. ¿Por qué?

Porque allí hay listas de espera para adoptar: más gente queriendo adoptar que animales adoptables. Y las condiciones responsables son normales: entrevistas, protecciones en balcones y ventanas… Aquí a veces nos llaman exagerados por pedirlo.

¿Por qué insiste tanto en las protecciones?

Porque los accidentes pasan en segundos. La gente dice “mi gato no se va a tirar”, pero no es que “se tire”: resbala, se asusta, calcula mal. Prevenir es cuidar.

¿Se ve toda la vida en esto?

El voluntariado me ayuda a sentirme útil, a salir de mis problemas. Y la satisfacción de ayudar a un animal lo vale todo.

Cuando ayudas a quienes más lo necesitan, haces de este mundo un lugar un poquito mejor para todos.