Gadgets

Apps de citas: todos los datos que entregamos en San Valentín (y el resto del año) sin darnos cuenta cuando buscamos un 'match'

San Valentín

Las apps de citas no 'resuelven' la soledad: simplemente la gestionan, la mantienen en un punto óptimo para que sigas volviendo a usarlas

¿Da vergüenza mostrar la pareja en redes sociales? La Gen Z responde

Las apps de citas, como casi todos los servicios móviles, acumulan nuestros datos y hábitos de uso.

Las apps de citas, como casi todos los servicios móviles, acumulan nuestros datos y hábitos de uso.

Getty Images/iStockphoto

Cuando buscamos un match, no solo ofrecemos una foto o una frase ingeniosa: entregamos pequeñas partes de nosotros que cedemos sin darnos cuenta. Y es que el corazón no es lo único que nos pueden robar cuando usamos una app de citas. El amor, el hambre, la soledad o el deseo son sentimientos muy poderosos y precisamente por eso son las palancas precisas que pueden llevarnos a tomar decisiones, como poco, cuestionables. 

Llegamos a casa muertos de hambre, abrimos la nevera y solo encontramos un apio que parece haber visto cosas. Podríamos bajar al súper, pero nuestro cerebro, en modo “batería al 5%”, decide que es mejor una hamburguesa a domicilio. Un clic y listo. Pues bien, la soledad hace exactamente lo mismo, nos deja sin energía para pensar y nos empuja a abrir una app de citas buscando un chute rápido de atención. Cuando el hambre aprieta, la racionalidad salta por la ventana.

No es casualidad que la gente abra apps de citas como Tinder, Grinder, Bumble cuando está tirada en el sofá, después de un día largo, o cuando la autoestima no está en su mejor momento. Las plataformas saben que no entramos porque estemos buscando el amor verdadero. Entramos porque estamos en un momento vulnerable. Y esa vulnerabilidad es un recurso valioso: cuanto más solos, aburridos o en el mood estemos, más tiempo pasaremos deslizando. Y cuanto más deslizamos, más datos generamos. Y cuanto más datos generamos, más dinero hacen ellos. Nuestra emoción es su materia prima. Y es una fuente renovable.

Las apps de citas no resuelven la soledad: la gestionan. La mantienen en un punto óptimo para que sigas volviendo. No porque quieran impedir que encuentres pareja sino porque, como explica la psicóloga Elena Jáuregui Merino (Alera Psicología), “están optimizadas para mantener la interacción y el tiempo de uso”. Igual que una app de comida no quiere que aprendas a cocinar, estas plataformas necesitan que sigas entrando.

Cuanto más deslizamos, más datos generamos, y cuanto más datos generamos, más dinero hacen ellos

Para lograrlo, utilizan mecanismos psicológicos muy estudiados. Jáuregui lo resume así: “La urgencia, la recompensa inmediata o la presión por no perder una oportunidad pueden reducir momentáneamente el nivel de análisis”. Cada match inesperado, cada notificación, cada “alguien te ha dado like” funciona como un pequeño refuerzo intermitente que te hace sentir visto, apreciado, deseado. Y si además estás inseguro, es más fácil que acabes pagando por un modo prémium para saber quién te ha deslizado a la derecha.

Quien se vea reconocido o reconocida por esta descripción debe saber que no es débil por ello. Estas apps están diseñadas así porque así funcionamos como animales sociales. En los años 50, el psicólogo Harry Harlow realizó uno de los experimentos más famosos —y más perturbadores— de la historia de la psicología. Separó a crías de mono de sus madres y les ofreció dos “figuras maternales”: una de malla metálica, fría y dura, que daba alimento, y otra de felpa suave, cálida y reconfortante, que no ofrecía comida. La mayoría de los monitos pasaba el tiempo abrazada a la madre de peluche y solo se acercaba a la metálica para alimentarse.

Entramos en las apps de citas cuando estamos en un momento vulnerable.
Entramos en las apps de citas cuando estamos en un momento vulnerable.Getty Images

El experimento no demuestra que el afecto sea “más fuerte que la supervivencia”, pero sí —como recuerda Jáuregui— que “el contacto y la seguridad emocional son necesidades primarias”. Los humanos no somos tan distintos. Cuando nos sentimos solos, inseguros o desconectados, buscamos calor emocional con la misma urgencia con la que buscamos comida cuando tenemos hambre. Como señala Jáuregui, “la soledad activa sistemas emocionales que nos orientan hacia la búsqueda de vínculo y conexión”. Y cuando esa necesidad se activa, nuestra capacidad de juicio se reduce. Igual que el mono hambriento prefería el abrazo al alimento, nosotros preferimos la ilusión de compañía a la prudencia.

Detrás de cada match hay algo más que química digital: hay un sistema que observa todo lo que haces. No solo registra tu edad o tus fotos, sino cómo te comportas cuando nadie te ve. Sabe a qué hora entras, cuánto tardas en responder, qué tipo de perfiles te detienen el dedo y cuáles pasas sin mirar. Con esos pequeños gestos construye un retrato emocional mucho más preciso que el que tú mismo podrías describir.

Tu información se analiza, se empaqueta y, en muchos casos, se comparte con terceros que quieren saber cómo eres, qué te mueve y qué te hace vulnerable

Esa información no se queda en la app. Se analiza, se empaqueta y, en muchos casos, se comparte con terceros que quieren saber cómo eres, qué te mueve y qué te hace vulnerable. Tu vida íntima se convierte en un producto más dentro de un mercado que funciona en silencio y del que apenas oímos hablar.

Lo más irónico es que todo esto ocurre con tu permiso. Aceptas términos y condiciones que no lees porque tienes prisa por entrar, por ver quién te ha dado like, por sentirte un poco menos solo. Y en ese momento, sin darte cuenta, entregas mucho más que tu mejor foto: entregas tu comportamiento, tus impulsos y tus patrones emocionales.

El verdadero problema empieza cuando decides “facilitarte la vida” y vinculas tus redes sociales para registrarte más rápido. Lo que parece comodidad es, en realidad, abrir una puerta enorme a tu intimidad.

Al conectar tus cuentas, la app no solo sabe cómo te comportas dentro de ella, sino también qué haces fuera: qué publicas, a quién sigues, qué te interesa, qué versión de ti intentas mostrar en cada red. Y lo aceptas porque estás en un estado emocional que te vuelve más permisivo. Lo mismo que te hace deslizar hacia la derecha a alguien que no te convence del todo es lo que te hace pulsar “permitir” sin mirar. Como explica Jáuregui, “cuando una persona está activada emocionalmente —por interés romántico, curiosidad o miedo a perder una oportunidad— es más probable que acepte condiciones o vincule redes sociales sin leer con detalle”.

A menudo usamos las apps precipitadamente y damos consentimientos que no nos benefician.
A menudo usamos las apps precipitadamente y damos consentimientos que no nos benefician.IStock / Andrey Popov

En el fondo, las apps no necesitan robarnos nada: tú se lo das. Lo haces porque buscas conexión, porque necesitas sentirte visto, porque eres humano. Y ellas lo saben. Por eso te lo ponen tan fácil. Igual que tenemos señales de tráfico que “limitan nuestra libertad” de ir a 200 km/h por una carretera secundaria, también tenemos leyes que ponen freno a ciertos abusos que pueden cometerse en el mundo digital. No están ahí para fastidiar, sino para evitar que la mezcla de impulsividad humana y poder tecnológico acabe en desastre.

El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) cumple precisamente ese papel. Obliga a las empresas a pedir permiso, a explicar qué hacen con tus datos y a darte la opción de borrarlos. Es un marco que intenta equilibrar la balanza entre tu vulnerabilidad emocional y el apetito comercial de las plataformas. Pero, aun siendo una de las normativas más estrictas del mundo, tiene un límite evidente: no puede protegerte de tus propias decisiones.

Los límites del RGPD

El reglamento puede regular a las empresas, pero no puede regular tus estados de ánimo. No puede impedir que pulses “aceptar” sin leer porque estás aburrido, solo o con ganas de sentirte un poco querido. No puede evitar que vincules tus redes sociales por comodidad o que compartas más de lo que compartirías en cualquier otro contexto. El RGPD es un cinturón de seguridad, no un airbag emocional. Te protege de ciertos impactos, pero no puede evitar que conduzcas con el corazón por delante.

Podemos hablar de algoritmos, de permisos, de leyes y de diseño persuasivo, pero al final todo se reduce a algo mucho más simple: buscamos que alguien nos vea. Esa necesidad es tan humana como respirar, y por eso mismo es tan fácil de explotar. Las apps lo saben, las empresas lo saben y, en el fondo, nosotros también lo sabemos. Aun así, seguimos entrando, deslizando, aceptando, compartiendo. No por ingenuidad, sino por necesidad.

La soledad y los malos momentos nos llevan a usar el móvil sin la debida precaución.
La soledad y los malos momentos nos llevan a usar el móvil sin la debida precaución.IStock / RIDVAN CELIK

Indicaciones para un uso más seguro

Si decides seguir usando apps de citas —y es perfectamente legítimo— puedes cuidarte con gestos muy simples. 

  • No vincules tus redes sociales: abren más puertas de las que necesitas. 
  • Desactiva la ubicación exacta y usa fotos distintas a las de tus perfiles habituales para evitar búsquedas inversas. 
  • No compartas tu número o tu correo demasiado pronto; la prisa nunca ha sido buena consejera. 
  • Revisa los permisos que das a la app y, si puedes, elige plataformas que usen cifrado de extremo a extremo. 
  • Incluso usar un alias o un email secundario puede darte una capa extra de tranquilidad. 

No se trata de desconfiar de todo, sino de no entregar más de lo necesario cuando solo buscas compañía. Puedes encontrar más consejos al respecto en la web del INCIBE.

Quizá el verdadero riesgo no está en lo que las apps saben de nosotros, sino en lo que estamos dispuestos a entregar cuando somos vulnerables. Porque en ese momento, sin darnos cuenta, no solo cedemos datos: cedemos criterio. Ahí es donde conviene recordar que, por muy sofisticado que sea el algoritmo, la decisión final siempre es nuestra. La tecnología puede empujarnos, pero no puede obligarnos. Somos nosotros quienes abrimos la puerta.

Y tal vez protegernos empiece por ahí: por entender que, cuando buscamos un match, también podemos salir a respirar, pisar hierba y hablar con alguien que ya forma parte de nuestra vida. No se trata de renunciar a las apps, sino de recordar que no son la única forma de conectar.