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“A veces me apunto en la agenda el tiempo para aburrirme”: los medios digitales ensalzan la ‘soft life’ o una realidad más sosegada

'Soft life'

A través de las plataformas digitales, gran cantidad de usuarios se registran en video por un periodo de sesenta minutos cada semana, retándose a permanecer inmóviles con el fin de verificar si de verdad consiguen pausar su rutina diaria.

Combatiendo la obsolescencia programada: un número creciente de usuarios demanda el derecho a arreglar sus aparatos tecnológicos.

Muchos usuarios de redes sociales se ponen el reto de no hacer nada.

Muchos usuarios de redes sociales se ponen el reto de no hacer nada.

IStockphoto

Carla (25, asistente de producción) no anhela nada fuera de lo común. Después de mucho tiempo empleada, actualmente busca una vida apacible, sin experimentar culpas durante sus ratos libres, logrando restaurar una estación de café para su hogar y manteniendo sus clases de pilates. “No son cosas muy especiales”, comenta. Por fin, no únicamente tiene el deseo de realizarlas, sino que efectivamente las lleva a cabo. No obstante, incluso en dichas situaciones (mientras descansa, observa por el ventanal o comparte un café con sus amistades) surge ocasionalmente un remordimiento silencioso, cual si el sosiego requiriese de algún pretexto.

El remordimiento experimentado por Carla no constituye un fenómeno solitario, ya que manifiesta la exigencia de una sociedad que evalúa la existencia mediante el rendimiento ininterrumpido. María (21) también lo experimenta, forzándose a estar aburrida una hora semanalmente. “A veces incluso lo apunto en la agenda el tiempo para aburrirme, es ridículo” aclara. En las plataformas sociales, diversos individuos se graban en ese intervalo, poniéndose a prueba al no realizar actividad alguna para verificar si de verdad logran pausar su rutina.

Durante el pasado reciente, la reacción ante dicha insatisfacción ha comenzado a manifestarse a través de diversas corrientes. Dentro de las plataformas digitales se le ha otorgado una denominación, un estilo visual y un compromiso: la soft life. Una existencia pausada, con menor carga laboral, enfocada en los goces cotidianos y en la disponibilidad personal. Para gran parte de la juventud representa una respuesta inmediata a periodos de inestabilidad, agotamiento y metas inalcanzables.

Basta con acceder a TikTok e indagar en la noción de “soft life” para comprobar cómo se relata esta existencia pausada y calmada. Se personifica principalmente en mujeres jóvenes que, con una imagen pulcra, reposan en camas de tonos arena, mantienen sus plantas o emplean su tiempo cocinando en espaciosas y magníficas residencias. Ante el caos del día a día, proponen el reposo como una herramienta de autocuidado.

La investigadora Mary Alexandra Blaser enfatiza que este ritmo pausado no supone un escape melancólico ni una oposición a la actualidad. En su estudio sobre la corriente slow puntualiza que “la vida lenta no es un regreso al pasado ni una añoranza por el romanticismo”, sino un modo de gestionar la rutina citadina con plena atención y lucidez. Según Blaser, la lentitud vital es, ante todo, “vivir en el presente de manera más significativa, más sostenible y más placentera”, incluso en medio de una urbe vertiginosa.

A la par del movimiento por un ritmo vital sosegado, se aprecia una variación en la gestión de las tendencias en medios sociales. Siguiendo el Informe de Tendencias en Redes Sociales 2026 de Hootsuite, la pauta no la dicta una rotación veloz de microtendencias fugaces, sino publicaciones que despiertan emociones constantes y espíritu comunitario, entrelazándose con convicciones sólidas como la estabilidad entre el empleo y lo personal o la veracidad frente al bombardeo de mensajes.

El exceso de información ha impulsado a diversas firmas y autores a priorizar la honestidad y las propuestas con valor genuino en lugar de seguir todas las tendencias temporales, lo cual sugiere una transición de lo fugaz a vivencias más sólidas y con impacto individual.

“Creo que esto sucede porque estamos saturados de scrollear, todo el rato viendo otras vidas, otras cosas que querrías hacer… solo las ves, pero no las haces y te parece que eres un fraude. Realmente creo que el camino está en no hacer nada, ni siquiera mirar Internet. Mirar por la ventana, ver como cae la lluvia, tomar café con tus amigas, estar tranquila...”, explica Carla.

La psicóloga Eva Molero sugiere una visión curiosa al entender el tedio como un “espacio en blanco” que admite agitación, ingenio o serenidad, en función de nuestra respuesta ante él. Tal como señala, aburrirse no implica un error, sino una posibilidad de sintonizar con los afectos, contemplar el pensamiento y dar paso a nociones de mayor profundidad.

En cambio, el psicólogo Elliot Cohen plantea que nuestra obsesión con la celeridad, el rendimiento y la eficacia (término que define como la “velocentricidad” de la existencia actual) no solamente debilita nuestro organismo, sino también el intelecto y la facultad de permanecer atentos. Mediante su publicación The Psychology of Slow Living, Cohen asegura que no es suficiente con disminuir las actividades, sino que reducir la velocidad de forma deliberada constituye un modo de recuperar pulsos más naturales y equilibrados.

No es suficiente con reducir la actividad: aminorar la marcha de manera deliberada representa una vía para volver a vincularse con cadencias más naturales y beneficiosas.

Elliott Cohen

psicólogo

Se percibe una forma evidente de bajar el ritmo en la relación de la Generación Z con el trabajo. Para gran parte de la juventud, el empleo ya no compensa el sacrificio del espacio personal, las relaciones sociales o el reposo. “Hoy en día para mí quiero un trabajo que me permita hacer las cosas que me gustan: ver a mis amigos, viajar, ir a conciertos... Veo poco factible encontrar un trabajo en nuestro sector donde el sueldo merezca sacrificar una vida social o un estilo de vida determinado. El trabajo forma parte de mi vida, pero no es mi vida”, comentaba Silvia (profesora, 25).

Resulta verdad que, en el ámbito digital, estos planteamientos próximos a la vida más lenta o a la soft life se perciben conectados con alusiones al detox digital y a una cotidianidad con menor subordinación tecnológica, si bien persiste la amenaza de considerar la existencia de hace 50 años como una época idílica.

Amber Horsburg, especialista en tendencias populares, describe la soft life como un camino sencillo para adentrarse en retóricas conservadoras. “Se ve como una vida cómoda, la estética de la esposa tradicional, el pan casero y la idea de ser liberada del agotamiento corporativo (…) Estas mujeres están representando la vida doméstica de la misma manera que las películas de los años 50 vendían el mismo sueño, un sueño que dejó a esas amas de casa tan infelices que necesitaban tranquilizantes para pasar el día”.

Pese a sus incongruencias, resulta evidente que nos hallamos ante una transformación sociocultural extensa que trasciende lo meramente visual y desafía el ritmo vertiginoso de la existencia contemporánea. En este momento, falta observar de qué manera se proponen estos recientes (o remotos) modos de experimentar nuestra cotidianidad.