
Estado, ¿sheriff o arquitecto?
Me parece que ya se lo he comentado en alguna ocasión: mis amigos son mis patrias íntimas, mi tesoro. Me hacen sentir querida, me hacen reír y me hacen pensar; pocas cosas más similares a la felicidad. Aunque también les confieso que últimamente nuestras conversaciones sobre el estado del mundo son más bien sombrías. Me dan datos y argumentos para relatar como, en el mundo occidental, se está disolviendo el pacto social y su gemelo civil, el pacto democrático. Y la exasperación es compartida: ¿Cómo volvemos a ser creíbles prometiendo progreso? ¿Cómo convencemos a nuestros hijos de que el esfuerzo individual encontrará en la democracia una respuesta colectiva? Complicado. Y añadiría, imposible si seguimos atrapados en una conversación a la defensiva donde la promesa es solo sobre cómo frenar retrocesos, en lugar de cómo ofrecer futuro.
Creo sinceramente que, tras veinte años marcados por crisis concatenadas (financiera, sanitaria, geopolítica), el progresismo debe acometer una revisión honesta y profunda de sus postulados si no quiere caer en la tentación de refugiarse en la identidad, la nostalgia o la trinchera moral. Limitarse a administrar lo existente es del todo insuficiente.

La vivienda es el caso más paradigmático. Si usted es una persona joven que ha crecido con Ayuso o Colau, lo entenderá. El salario bruto anual medio en Catalunya entre el 2014 y el 2023 subió un 25,3%, mientras que el IPC lo hizo un 20%. Si se incluye el precio de la vivienda en el índice, vemos que el coste de la vida incrementó en un 26,8%, fulminando cualquier ganancia. Los precios del alquiler han crecido un 74% esta última década en todo el país.
¿Qué sabemos? Que la oferta de vivienda protegida representa una fracción marginal del total (prometan lo que prometan nuestros políticos en esta carrera de números vergonzosa) y que el turismo y la inversión han reconfigurado el mercado de forma estructural. ¿Qué hacemos? Regular. Y luego regular un poco más. A brocha gorda (todavía no he entendido si meter los ahorros en un piso es especular y hacerlo en bolsa no). Mientras, mostramos la peor cara del debate político español. La vivienda se ha convertido en una trinchera: unos la usan para atacar al mercado en abstracto, otros para atacar al Estado en abstracto. Y en ambos extremos anida la misma tentación: la de tener razón en lugar de tener soluciones.
La vivienda es hoy trinchera: unos la usan para atacar al mercado en abstracto, otros al Estado en abstracto
La crisis del acceso a la vivienda exige algo más incómodo que elegir bando: reconocer que regular sin construir, o construir sin regular, son medias soluciones porque ninguna de las dos políticas, sola, está a la altura del problema. La experiencia internacional muestra que los mercados de vivienda más estables combinan protección a inquilinos con construcción sostenida. Redistribuir sin producir tensiona el sistema. Producir sin redistribuir erosiona la cohesión social.
El economista Noah Smith aporta una idea que puede resultar contraintuitiva: la igualdad sostenible requiere abundancia. Cuando lo que escasea es la oferta –de vivienda, de energía, de capacidad productiva–, las políticas meramente de demanda no eliminan la raíz del problema.
El progresismo necesita reconciliarse con una política de oferta y para ello necesitamos al sector privado. No con la desregulación indiscriminada, sino con la voluntad de producir más bienes públicos y privados allí donde hoy hay escasez. Aceleremos licencias, revisemos normativas urbanísticas, densifiquemos con calidad, movilicemos suelo público. No como rendición ante el mercado, sino como estrategia de emancipación. Smith insiste en algo que el progresismo europeo haría bien en recordar: la prosperidad no es un subproducto automático de la buena voluntad regulatoria, sino el resultado de inversión, innovación y acumulación de capacidades.
Sospecho que en Smith y su oda por la promiscuidad ideológica, la complejidad y su obsesión por las políticas de oferta está la articulación de un progresismo que abra algún horizonte. Combinemos ética redistributiva con ambición productiva. No se trata de abandonar valores, sino de dotarlos de músculo económico. Hablar de fábricas, de energía, vivienda, talento. Volver a una política que construye. La disyuntiva no es más Estado y menos mercado sino mejor mercado y mejor Estado. Un Estado que no se conforme en ser sheriff, sino que sea arquitecto de oportunidades.
