Opinión

Juerga inmobiliaria

Caigo en el agujero negro del mercado del alquiler en Barcelona. Este texto es un trabajo de campo accidental, estoy ayudando a otra persona a encontrar piso. Basta una mañana de búsqueda para confirmar que el mundo de los portales inmobiliarios es una trituradora. Las ofertas de los pisos carísimos más baratos se esfuman ante tus ojos. Hay que tener una gran resistencia psicológica para no perder la cabeza en el laberinto de webs, fotos, zonas, precios, condiciones. Hay mil pisos y ninguno. En unas horas te da igual todo. Te notas borrosa. Ya no tienes personalidad. Ya no importa si es un ático o un bajo interior, amueblado, reformado o demolido. Que hagan de ti lo que quieran. En dos semanas podrías acabar alquilando un caballo.

  
  Getty Images

Concertar una visita es una carrera ciega, compites con un sinfín de almas en pena: “Gracias por el interés, debido a la alta demanda solo concertamos visitas con demostración de solvencia económica. Manda la documentación a este e-mail”. ¿Qué documentación?

No voy a alquilar un piso sin visitarlo físicamente; ni loca; esto es surrealista

Por la tarde he entrado en un proceso autodestructivo, estoy enganchada y discuto por watsap con una tal Trini que dice ser mi agente de soporte. Trini pretende que alquile un piso de su portal, sin ir a verlo. Las treinta veces que le digo que yo quiero visitarlo en persona, ella responde que la visita es virtual. Implacable. Piso viene de pisar, ¿entiendes Trini?, tecleo en un rapto de desesperación. 

Pero Trini ha pasado a llamarse Sía y se repite como un loro. “Entiendo tu preocupación sobre llegar al piso que has alquilado y que no sea lo que esperabas, pero nuestro modelo es 100% online. Todos los pisos son verificados por nuestros homecheckers mediante chequeos físicos que incluyen vídeos en HD, fotos y planos para que puedas explorar y confiar en que el anuncio es fiel a la realidad”. No confío, Sía, no confío en tus homecheckers, ni en ti, ni en tu realidad, ni en mí misma si me apuras. Pero Sía está obcecada, con una amabilidad de hierro. “Te entiendo y quiero ayudarte”.

Mira, Sía, no voy a alquilar un piso sin visitarlo físicamente. Ni loca. Esto es surrealista. Confiesa que tú tampoco existes y eres un robot. “Entiendo tu preocupación, pero soy una persona real y estoy aquí para asistirte”, contesta con gentileza asesina. Que sea humana resulta aún más descorazonador.