
Una floración insoportable
La orquídea de flores granates nos está poniendo contra las cuerdas. Como quien no quiere la cosa se ha convertido en el centro de atención, una especie de fuerza centrípeta que nos absorbe en silencio. Un ejemplo incómodo de vitalidad, con una potencia interior que ya quisiéramos. Sinceramente, no hay nadie en casa –ni quizás en el barrio– capaz de hacer algo parecido a esta floración concentrada, voluptuosa, artística. Tal vez alguna embarazada de por ahí.

La cosa ha sido además inesperada, sorprendente como un buen espectáculo. Porque a esta orquídea la dimos por acabada después del florecimiento del año pasado, que pareció dejarla catatónica. La mantuvimos en un rincón junto a la ventana, regándola de uvas a peras con el culo de algún vaso de agua que quedaba sin beber. Ni le quitamos las flores secas color vino, dejándoselas en la cabeza como hippiesca, para darle un aire interesante en su agonía. No nos enteramos de que los meses pasaban y ella se resistía a agonizar. Porque le hierve la savia.
Tres ramas cruzaban el aire hacia la luz de la ventana con una confianza en sí mismas que nos dejaba sin palabras
Un día, no hace mucho, alguien avistó en una de las dos varas principales un brote verde timidísimo que, poco a poco, muy fino, con una lentitud maníaca, avanzaba perpendicular, seguido de otro igualmente silencioso y luego otro más. Tres ramas delgadísimas cruzaban el aire hacia la luz de la ventana con una confianza en sí mismas que nos dejaba sin palabras. No somos nada. No tardamos en ver las pequeñas gemas redondas que se fueron transformando en unos capullos ovalados que sabe Dios con qué tejemanejes misteriosos, qué confabulaciones herbáceas, fueron dando carne a estas flores aterciopeladas. Este despliegue de pétalos y sépalos rojizos con forma de alas de mariposa, jaspeadas con pinceladitas blancas, rodeando esa boquita carmesí que se abre y te mira como hambrienta, como pidiendo algo que da miedo. Y en medio la pequeña lengua rosada con puntitos amarillos, que por si fuera poco se llama labelo. Y que no sería raro que en cualquier momento empiece a hablar.
No hace falta decir que la orquídea ha sexualizado la habitación. Y que no es fácil sentarse a verla y pensar en tu vida. Hoy, por ejemplo, he estado mirando fijamente el labelo y he huido de casa despavorida, con la certeza de que la orquídea está a punto de decirme algo que no quiero ni imaginar.
