Opinión

“No seas borrica”

Pienso en las mujeres que nunca quisieron ser noticia y aun así terminaron ocupando desgraciados titulares por los abusos y violaciones que padecieron. Nuestro sistema judicial reconoce a toda víctima la protección de su intimidad, pero incluso entre las testigos protegidas se filtran sus identidades en esos grupos de WhatsApp que desbocan bilis y ketchup. Pienso en el calvario que debieron sufrir antes de dar el paso y poner una denuncia para hallarle algún tipo de sentido al dolor, ¿o es que existe otra forma de superarlo si no es saliendo al encuentro de la verdad? También imagino lo que otras pensarán en el silencio de sus cuartos: “Déjalo, chica, puedes salir escaldada”. Porque les aguarda el suplicio de tener que detallar –y demostrar– los hechos en medio de un clima crispado, bajo todo tipo de presiones y juicios paralelos. Las consecuencias pueden ser mortales, como demostró Virginia Giuffre quitándose la vida.

José Ángel González, denunciado por agresión sexual 
José Ángel González, denunciado por agresión sexual SERGIO PEREZ / EFE

La relación entre el sexo y el poder siempre ha sido viciosa. Los archivos de Epstein muestran cómo se construye una pirámide de influencia, una compleja tela de araña en la que fue quedando atrapada una ociosa oligarquía, la misma que abraza la amoralidad como antídoto contra el aburrimiento. Regalos lujosos y jacuzzis con vírgenes para tipos que miran por encima del hombro.

Lo que iguala a los delincuentes sexuales de alto copete es la impunidad que les otorga su cuna, su dinero o su cargo. Como los galones prendidos en los uniformes de Andrés Mountbatten o del ex director adjunto de la policía José Ángel González. No me sorprenden sus técnicas disuasorias: “Venga mujer, no seas borrica”, le dijo a la inspectora después de la presunta violación. Borrica. Ese lenguaje manipulador, esa forma paternal y cínica de regañar apelando a la confianza que un día mantuvieron.

La red de Epstein atrapó a una oligarquía o

Cuántas veces una mujer que quiere salir corriendo habrá oído: “No seas tonta, si no ha sido nada, nadie te va a querer como yo”. La frustración. La intolerancia al no. No dejarán que se vaya porque han interiorizado que su cuerpo les pertenece, que son sus dueños. 

Todo eso ocurre en el año 26 del siglo XXI, mientras se trasplantan corazones con la ayuda de robots. Esa grieta medieval tan solo se podrá ir reparando cuando los agresores de mujeres se queden completamente solos, sin Ghislaines a su vera, huérfanos de la complicidad de otros hombres.