Política

España ante un cambio de agujas: catastrofismo o reformas más visibles

El momento político

El país se balancea entre deseos de cambio y el temor a una fase de sabor autoritario

Imagen de la estación de alta velocidad ferroviaria de Santa Justa, el pasado martes, día en que se reanudó el servicio tras el accidente de Adamuz

Imagen de la estación de alta velocidad ferroviaria de Santa Justa, el pasado martes, día en que se reanudó el servicio tras el accidente de Adamuz

José Manuel Vidal / EFE

Casi un año después del gran apagón eléctrico, el sistema ferroviario está en crisis y el director adjunto operativo de la Policia Nacional se ha visto obligado a dimitir por una grave denuncia de violación de una subordinada. El país vuelve a estar muy perplejo.

No hay semana sin inclemencia atmosférica, sin meteoro inquietante; no hay quincena sin escándalo. Todos los partidos políticos tienen hoy focos de tensión en su interior. También Vox, que circula por la vida pública con los cristales tintados. Hay fatiga de los materiales.

El accidente de Adamuz obliga a revisar los estándares de seguridad en la red de alta velocidad más extensa de Europa, y lo que viene ocurriendo en los trenes de la región metropolitana de Barcelona clama al cielo. Si dentro de un año no hay mejoras visibles, el federalismo reformista de Salvador Illa entrará en crisis y el PSC lo puede pagar caro en las elecciones municipales. La responsabilidad del ministro de Transportes y de las cúpulas directivas de Adif y Renfe es altísima en estos momentos. La legislatura se juega en las estaciones de ferrocarril de la provincia de Barcelona, y ese destino no se corrige con un simpático cameo del presidente del Gobierno en el programa Polònia de TV3.

Casi un año después del gran apagón se despliega ahora una fuerte presión empresarial por la extensión de la red eléctrica. La gran batalla de futuro en las economías desarrolladas será la red eléctrica. Postes y más postes. ¡Desregulación! Es la consigna que llega desde Alemania por boca del canciller Friedrich Merz . Desregulación en todas direcciones.

Red eléctrica en discusión. Servicio ferroviario en alerta. Hace tres meses, el ministro Óscar Puente anunció un ambicioso plan para reducir el viaje Madrid-Barcelona a dos horas, con la adquisición de trenes más veloces y la instalación de un nuevo modelo de traviesas para evitar la succión del balastro. El trayecto Madrid-Barcelona exige hoy entre tres y cuatro horas, y pensar en un tren a 350 km/h provoca escalofríos.

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Los ingenieros de caminos están inquietos. Algunos recuerdan haber propuesto hace años la vía con placa de hormigón para la alta velocidad, en lugar del tradicional balastro. Otros piden que se revise con urgencia la seguridad de las presas hidráulicas, y otros recuerdan que el mantenimiento de las carreteras también debe ser muy prioritario. La Cambra de Comerç de Barcelona ha propuesto volver a los peajes, o implantar el pago de una viñeta, para financiar el mantenimiento de autovías y autopistas. “España se cae a pedazos”, repite Alberto Núñez Feijóo . “España no funciona”, dijo hace dos semanas Felipe González .

Hay otra manera de verlo. España encabeza el crecimiento económico en la Unión Europea. La macroeconomía no es una panacea, es verdad, pero muchos gobernantes europeos matarían –matarían– por tener los números de España. “Les va bien, les va bien y no quieren cumplir con el 5%”, suele repetir Donald Trump . El nuevo embajador de Estados Unidos en España, Benjamín León , ya está en Madrid y en su carta de presentación ha dicho que viene a hablar del 5%.

El accidente de Adamuz ha sido terrible, pero los 4.000 kilómetros de alta velocidad han cambiado España, fortaleciendo su capital. Madrid DF no habría ganado magnitud sin esa potente red radial, apenas corregida por el corredor mediterráneo. Dentro de unos meses podría mejorar el servicio de Rodalies. Entrarán en servicios nuevos trenes, y las inversiones en curso se debieran notar.

Las costuras de España están tensas. El país crece; crece la economía, crece la población, y se forman cuellos de botella. España no es hoy un país en estado vegetativo. The New York Times ha destacado esta semana en portada la apuesta por la inmigración, y el Cercle d’Economia de Barcelona ha dicho que habría que ir frenándola. Las opiniones que surgen de Barcelona están empezando a cambiar de eje, atención al dato.

Cuellos de botella. El acceso a la vivienda es casi imposible que se resuelva en dos años, y ello puede significar la muerte electoral de la izquierda española por un largo periodo de tiempo. La suposición de que habrá una reacción antiautoritaria en las elecciones generales es hoy una mera hipótesis.

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Podríamos llegar a ver una mayoría de 210 diputados del Partido Popular y Vox, cifra suficiente para aprobar reformas ordinarias de la Constitución, a las cuales la izquierda solo podría oponer la convocatoria de referéndum, palanca que necesita el apoyo de 35 diputados. Batallas de opinión pública en las que el poder mediático estaría fuertemente alineado con la derecha. Sin llegar a los 210 diputados, una mayoría parlamentaria PP-Vox podría embridar la Constitución con un corsé de leyes orgánicas. Bastaría con tener el Tribunal Constitucional a favor.

Puesto que la política de vivienda está en manos de las auto­no­mías y se dirime en las grandes ciudades, la palabra la tienen Madrid y Barcelona: dejar hacer o intervenir. Illa ha optado por la intervención, y el presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre , le ha acusado esta semana de practicar una “política filocomunista”. Palabras que remiten a la dureza de los años setenta. Se acabó el tiempo de la amnistía, que ya nadie menciona en el debate político español. Todos ya están dentro, y hay ejes catalanes que se están moviendo.

España se halla ante un cambio de agujas: catastrofismo crónico o reformas más visibles. Demanda irreversible de cambio o relanzamiento del reformismo socialdemócrata en el único gran país de la UE en el que gobierna la izquierda. Las cifras macroeconómicas apoyan al Gobierno, pero el día a día se le ha vuelto en contra.

Núñez Feijóo ha querido hacer más visible la debilidad de Pedro Sánchez con el carrusel electoral de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, y ahora debe pagar peaje a Vox. Están perplejos en Vox: han recibido generosas ofertas de pacto desde Extremadura y desde la calle Génova, por separado. El equipo de Feijóo quiere dejar claro quien manda, y la gente de María Guardiola está muy bien comunicada con el equipo de Isabel Díaz Ayuso . Vox quiere que se aplique el programa pactado en Valencia. Valencia es su consigna: agenda verde a la basura, desregulación, rebajas fiscales, hostilidad ante la inmigración.

Sánchez está desplegando una estrategia aérea, pero le falta infantería. Contra el trumpismo, regulación de las redes sociales, gotas del alcalde neoyorquino Mamdani , gotas de Giuliano da Empoli ( consigliere italiano que ha escrito cosas interesantes sobre la oligarquía tecnológica), una agenda que puede seguir captando votantes de Sumar, pero que no moviliza al Bar Sport. Los resultados en Castilla y León dirán algo al respecto.

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La izquierda de la izquierda ha tenido una semana tremenda. Se lo juegan todo en Andalucía, donde Antonio Maíllo (IU) puede emerger como el nuevo director de orquesta. Ayer ya ejerció esa función en el acto celebrado en el Circulo de Bellas Artes de Madrid.

Y en Barcelona hay significativos cambios de eje. Ya no estamos hablando solo de Aliança Catalana.

Enric Juliana Ricart

Enric Juliana

Adjunto al director

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Colaborador de la dirección de Guyana Guardian. Dirige la oficina de Madrid desde 2004. Con anterioridad, fue enviado en Roma y jefe de Información Local. Su título más reciente: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)