
La izquierda, en busca de un futuro incierto
Con perspectiva
A finales de los años ochenta, cuando Santiago Carrillo ya había dejado de ser el líder del PCE y su sucesor, Gerardo Iglesias, había roto con quien le había aupado hasta el más alto cargo del Partido Comunista, se creó Izquierda Unida, primero coalición electoral y después una federación de partidos. El exdirigente comunista, que había tenido un papel tan relevante en la transición, llegó a decir de esa fórmula, con la que se pretendía dar un impulso a la izquierda más allá del PSOE, que Izquierda Unida era “el PCE vestido de lagarterana”. Con esa expresión pretendía subrayar que aquel invento del que renegaba no era tal, porque seguía siendo, o representando, lo que era el PCE y lo único que variaba era el envoltorio, para hacerlo más amable o aceptable que el comunismo tradicional.
Desde entonces, esa izquierda ha utilizado diferentes fórmulas para superar aquellas etapas. Y casi lo consiguió. En el 2015, Pablo Iglesias supo articular el sentimiento del 15-M y logró 69 diputados e incluso llegó a plantearse, en los meses previos a los comicios, la posibilidad de que se produjera el sorpasso y adelantara al PSOE. El grito para conseguirlo era muy simple: “PSOE, PP, la misma mierda es”. Pero Podemos se quedó por detrás. Los socialistas obtuvieron 90 escaños y, a pesar de perder 20, que la formación morada supo rentabilizar, siguió siendo el principal partido de izquierda.
La izquierda, incluido el PSOE, tiene el reto de proponer en positivo para atraer votantes
Cuatro años después, con las siglas de Unidas Podemos, Pablo Iglesias perdía 12 escaños y los socialistas recuperaban 38, hasta quedarse en 123, y volvía al Gobierno e incorporaba por primera vez a una formación más a la izquierda al Consejo de Ministros, y desde entonces ha tenido representación en los distintos ejecutivos que ha presidido Pedro Sánchez.
Cuarenta años después de la creación de IU, los herederos de aquella izquierda, vestidos de ministros, aunque la vicepresidenta no acudiera, se plantean cómo revitalizar un movimiento que todavía no tiene nombre, pero que se presenta bajo el lema “Un paso al frente”. La gran diferencia entre aquella Izquierda Unida y la actual Sumar o la forma en la que se presente a las próximas elecciones es que forma parte del Gobierno, no como entonces, cuando el PCE contaba tan solo con cuatro diputados. Tras la creación de IU subió hasta los siete. Su discurso no puede ser la crítica al Ejecutivo, que siempre es más fácil.

Hay otra diferencia importante. El partido en torno al cual se articuló el nuevo renacer de ese espacio político, Podemos, aunque disminuido en su representación, ha dado un portazo a la posibilidad de volver a buscar una unidad de acción. Su actual líder, Ione Belarra, ha sido contundente. “Han hecho más cuatro diputadas valientes que cinco ministros de Sumar”, y ahora su discurso viene a decir que “Sumar y PSOE…”. Se ha hablado poco de proyectos en la presentación del nuevo movimiento, como ocurrió en la que hizo Gabriel Rufián de su propuesta para maximizar esfuerzos electorales, con poco éxito, ya que nadie está dispuesto a favorecer a otro en detrimento propio.
La izquierda, incluido el PSOE, tiene un importante reto. Proponer en positivo para atraer a votantes. Hasta ahora, su discurso ha sido el grito de parar a Vox, pero el partido de Abascal sigue imparable, y solo sus luchas internas pueden frenarle, después de la expulsión de Javier Ortega Smith. La presencia de Vox en los gobiernos del PP ya no asusta a un porcentaje cada vez más elevado de españoles, cada vez más jóvenes, que apoyan sin reparos a los ultras. Les ofrecen todo, hasta el cielo, pero comprobarán que es un espejismo, como ha ocurrido con otros populismos, y se irán, pero habrán hecho mucho daño. Hay que ofrecer un proyecto atractivo y realizable porque solo así volverán a creer en la política. Lo demás no servirá de nada, y Vox acabará en el gobierno.
