Agnès Batlle, periodista, 47 años: “A nuestra generación nos hicieron creer que el futuro estaba en la ciudad. Ahora nuestros hijos intentan salvar el legado de sus abuelos en el campo”
Entrevista
Agnès Batlle recoge en su último libro la historia de diez adolescentes que reivindican la vida payesa y aspiran a convertirse en el relevo generacional de una profesión que tanto ha costado a sus abuelos

Agnès Batlle, periodista

Agnès Batlle (Torroella de Fluvià, 1978), periodista, vio cómo su hijo, Pau Fenés, aprendía a decir “tató” (tractor) antes que “mamá”. Convertido en un adolescente de 17 años, Pau recuerda que su primer contacto con el mundo agrícola no llegó a través de la pantalla de un smartphone ni de los juguetes, sino observando a su abuelo materno, Joan, trabajar en la granja familiar de Sant Tomàs de Fluvià (Gerona). “Con él aprendí que ser payés no es solo un trabajo, sino una forma de vida, una manera de entender el mundo y de relacionarse”, explica el joven a este diario.
La vocación de su hijo por el universo rural llevó a Batlle a escribir su último libro, Arrels rebels (arallibres), en el que relata la historia de diez adolescentes que reivindican la vida payesa y aspiran a convertirse en el relevo generacional de una profesión que tanto ha costado sacar adelante a sus abuelos. Hoy, son ellos quienes están dispuestos a luchar para mantener vivas las granjas familiares.
“Es admirable el trabajo que están haciendo. La mayoría de los relatos sobre adolescentes que nos llegan hablan de ninis, adicciones o problemas asociados a esta franja de edad. Nos faltan historias de adolescentes en positivo”, señala Batlle. Tras el ingreso de su hijo en la escuela agraria y con el nido vacío cada quince días, cuando a Pau le toca realizar sus prácticas, encontró la ocasión ideal para investigar sobre estos jóvenes y dar forma a su libro.
Entre sus páginas, ilustradas por Claudia Puig, se recogen historias como la de Anna Fíguls (18 años), una joven apasionada del huerto, cansada de que le pregunten por qué quiere ser payesa siendo una chica tan guapa; la de Pol Nadal (17 años), que reclama precios justos para la fruta en un pueblo donde solo quedan dos familias dedicadas al campo; o la de Gemma Masramon (21 años), entusiasta de la tecnología, que está implementando un sistema para controlar las vacas de su granja a través del móvil. Desde Guyana Guardian hablamos con Batlle para conocer su historia y los retos a los que se enfrentan los adolescentes que desean vivir del sector agrario.

¿Recuerda el día en que tu hijo le dijo que quería ser payés?
No hubo un día concreto en el que lo dijera explícitamente. Desde muy pequeño había un interés clarísimo y una identificación muy fuerte con ese entorno, algo más que perceptible. Cuando iba al pueblo, estaba con los abuelos y salía al campo o a las granjas, le notaba un cambio muy evidente de carácter y de comportamiento: lo veía más expresivo, más abierto, incluso con una expresión corporal distinta. En cambio, cuando estaba en la ciudad, se empequeñecía: estaba más reservado, más tímido. Como madre, eso lo percibes claramente. Lo que pasa es que piensas que ya se le pasará, que quizá con la adolescencia cambiará de opinión o de intereses y se le irá de la cabeza.
La mayoría de los relatos sobre adolescentes hablan de ninis, adicciones o problemas; nos faltan historias de adolescentes en positivo
Pero la semilla ya estaba plantada…
Exacto. En sexto de primaria, Pau con doce años, llegó el confinamiento y nos confinamos en el campo. Mientras sus amigos del colegio, en el área metropolitana de Barcelona, estaban encerrados en pisos pequeños, él se dedicaba a dar de comer a los animales, iba al huerto y empezó a ayudar al abuelo. Aquel periodo lo empoderó muchísimo. Todo lo que durante la etapa escolar callaba y no se atrevía a decir —porque en un instituto urbano decir que quieres ser payés conlleva mucho estigma—, después del confinamiento cambió. Cuando volvimos a la presencialidad y empezó la ESO, en su primer móvil se puso como foto de perfil de WhatsApp un tractor con el lema No Farmers, No Food.

¿Le motivó tener claro qué quería estudiar?
Mucho, durante toda la ESO tuvo un objetivo: terminarla con buena nota para poder entrar en la escuela agraria. Ese era su sueño y su motor. En los momentos de bajón se repetía a sí mismo: «Tengo que hacerlo para conseguirlo». Además, la nota de acceso a la especialidad de agropecuaria no era baja, así que eso le sirvió como un incentivo todavía mayor.
Como madre, ¿qué sintió cuando su hijo tuvo claro que quería dedicarse al sector primario?
Como madre, siempre piensas qué quieres para tu hijo o tu hija: un trabajo estable, seguro, cómodo, con futuro y con el que pueda ganarse bien la vida. Y este sector no tiene nada de eso. Al contrario: es inestable, inseguro, nada cómodo, muy duro, con muchísima presión burocrática y, en muchos casos, cuesta incluso salir adelante. Pero todos los jóvenes que quieren dedicarse a este sector lo tienen clarísimo. Su pasión, su convicción —y no solo por ellos mismos, sino por el territorio y por no abandonar ese legado— es tan fuerte que quieren seguir adelante. Y eso, a mí, es una de las cosas que más me enganchó. Porque piensas que, en una franja de edad en la que lo habitual es querer pasarlo bien, divertirse y no complicarse la vida, apostar tan firmemente por un proyecto vital tan complejo como este es un acto de enorme valentía, casi heroico.
Como madre, deseas para tus hijos un trabajo estable, cómodo y seguro, pero este sector es todo lo contrario
Debe de ser emocionante para estos abuelos ver cómo sus nietos vuelven al campo…
Sí, y además cada caso tiene sus raíces. En muchos casos, los padres no se dedican al sector primario. Son hijos de la generación de los años 80, a la que nos hicieron creer que el futuro estaba en la ciudad, en profesiones urbanas. Y ahí se perdió, en muchos casos, una generación entera. Ahora son los nietos quienes, cuando los abuelos están a punto de jubilarse o ya han abandonado, ven que si ellos no continúan, todo ese legado desaparece. En muchos casos están intentando salvarlo in extremis. Esto, para los abuelos, es muy emocionante: ver cómo sus hijos no quisieron seguir ese camino y que, de repente, sean los nietos quienes lo retoman. Es emocionante, sí, pero también genera cierto miedo.

¿Cuáles son los principales retos que tendrán que afrontar estos jóvenes y que ahora mismo amenazan al sector?
El principal reto es la creciente —y todavía incipiente— presión burocrática. En el capítulo dedicado a Marina Brugué, una joven de 18 años, por ejemplo, ella explica que después de pasar horas en la sala de ordeño, todavía tienen que dedicar una o dos horas diarias al despacho, haciendo papeleo. A eso se suman exigencias que muchos consideran abusivas, tanto desde el punto de vista sanitario como ambiental. En el campo, por ejemplo, el precio de las semillas es cada vez más elevado y muchas son importadas, mientras que las semillas autóctonas se van perdiendo.
Otro gran problema es la competencia desleal en el mercado, algo que se ve muy claramente tanto en la fruta como en la carne. Además, hay una gran contradicción ambiental: aquí se imponen normativas muy estrictas, pero no se tiene en cuenta la huella ecológica que supone traer carne o fruta desde la otra punta del mundo. Y a todo esto se suman otros problemas que no son menores, como los prejuicios sociales, especialmente cuando son mujeres jóvenes las que optan por este tipo de vida y de trabajo.
Que los nietos retomen el camino que abandonaron sus hijos es emocionante, pero también genera miedo
En el libro da voz a tres mujeres jóvenes—Anna, Marina y Gemma— que trabajan en el campo. ¿Qué prejuicios se han encontrado por el camino?
Anna me contó que a menudo le dicen cosas como: «¿Qué hace una chica tan guapa como tú queriendo ser payesa?». Ella suele responder con ironía: «¿Si fuera fea trabajaría mejor?» o «¿si fuera más ruda rendiría más?». Son solo algunas de las frases a las que han tenido que enfrentarse. En el caso de Gemma, que estudió agropecuarias en una clase mayoritariamente masculina, sus compañeros le decían que seguro que en la granja se limitaba a hacer trabajo de despacho, que no estaba realmente en el campo y que no hacía nada. Un día, cansada de esos prejuicios, los invitó a su granja y les mostró todo de lo que se encargaba. Aquel gesto los dejó sin palabras. «No volveré a decir nunca más que no haces nada», le acabaron reconociendo. Porque el estigma, señala, empieza muchas veces en las escuelas y en los institutos.

¿Qué podemos hacer todos para evitar que el sector primario se pierda?
Reconocerlo, prestigiarlo y tenerlo en cuenta. Entender que su lucha también es la nuestra. Cuando se manifiestan para reclamar acuerdos más justos no lo hacen solo para preservar su finca o su explotación agrícola o ganadera, sino para que la sociedad en su conjunto pueda acceder a productos más justos y de mayor calidad.
Cada vez que se pierde una familia payesa no solo se abandonan granjas,
se empobrece nuestra cultura colectiva
Eso sí, es importante diferenciar —y aquí hablo a título personal— entre las grandes industrias ganaderas, las macrogranjas, un debate en el que no entro, y las pequeñas explotaciones familiares, de las que hablo siempre. Son estas granjas familiares las que preservan el territorio y contienen mejor la contaminación: se autoabastecen con sus propias tierras y se autorregulan.
Además, está la cuestión del legado. Cada vez que se pierde una familia payesa no solo se abandonan granjas o campos que acabarán convirtiéndose en combustible para los incendios del mañana; se pierde también una cultura, una tradición, una parte de la lengua, vocabulario y saberes ancestrales. En definitiva, se empobrece nuestra cultura colectiva.



