Si escribes un libro con un título tan provocador como La vida cañón –la supuesta Arcadia de los nuevos jubilados– y decides venderlo a golpe de titulares aún más desatados, toca apechugar. A este avispero se entra sabiendo que habrá picaduras. Después, nada de lamentos. Ni generación de cristal ni cuentos: al debate público se llega llorado de casa.
Fotograma de 'Soylent Green' con Charlton Heston,una película distópica que imaginó un método siniestro de descarte de personas. Filmada en 1973 y ambientada en 2022.
Analía Plaza hará un parón en la promoción de su libro. Es comprensible. A nadie le gusta ser el blanco de ataques personales, y menos aún de amenazas o insultos. Pero el incendio que ha provocado merece algo más que silencio. Merece discusión. Tanta como el respeto a su punto de vista, del que discrepo frontalmente por cargar sobre el nuevo jubilado todo el inventario del desastre: vivienda, empleo, pensiones, porvenir.
Los jóvenes están cabreados, y no les faltan razones, pero erran el tiro
Hay generaciones a las que, de repente, conviene señalar. Esta es numerosa, visible y no suele gritar de vuelta. Los boomers. El saco de boxeo de una época incapaz de afrontar problemas complejos sin fabricar culpables rápidos. ¿No llegas a fin de mes? ¿No accedes a un piso? ¿Te pagan una miseria? El veredicto apunta siempre en la misma dirección. Los jóvenes están cabreados, y no les faltan razones, aunque erran el tiro.
El retrato es tan eficaz como falso: acaparador inmobiliario y jubilado con privilegios. Una caricatura repetida hasta que se confunde con la realidad. Muchos empezaron a trabajar antes de los veinte, sobrevivieron a oleadas de paro, crisis encadenadas y una pandemia. Compraron casas a plazos eternos, que algunos aún pagan. Y hoy siguen haciendo de armazón social. Unos tienen que alargar su vida laboral, otros sostienen a hijos adultos, otros cuidan a sus mayores. A veces, todo eso a la vez.
Analía Plaza, autora de 'La vida cañón', de Editorial Planeta.
Se abre paso ahora una corriente de opinión según la cual esta generación estorba. Una versión más sofisticada del “OK boomer” que se popularizó entre los jóvenes a finales de 2019 para mandar a callar. Lo inquietante es que ese mar de fondo arrastra todos los trucos del neoliberalismo de manual, el mismo que enfrenta edades para desmontar el Estado del bienestar pieza a pieza.
El mensaje es nítido y perfectamente compatible con la viralidad de estos tiempos. Vivir mucho sale caro al sistema. Envejecer significa abuso. De pronto, las pensiones no son derechos, sino molestias contables. El edadismo regresa maquillado con gráficos y estadísticas. Se señala a los individuos –o a sus decisiones– para no hablar de problemas estructurales o políticas socioeconómicas fallidas.
Esta batalla intergeneracional recuerda inquietantemente a una película de los setenta, una distopía ambientada en Nueva York en 2022 y que anticipó el futuro: Soylent Green (1973). Cuando los recursos escasean, los viejos siempre pierden.
Hay quien sospecha una mano negra detrás del libro de Analía Plaza. Solo ella puede despejar esa duda. Por eso le pido que no se esconda, que dé la cara, que explique si realmente habla en nombre de la frustración de toda una generación, la suya. Para debatir no hace falta pelearnos.

