
Un asturiano ya es dueño del
Hablar de las operaciones de Víctor Madera en los llocs de Menorca admite pocas tibiezas. La isla murmura, discute, se divide. El empresario (Oviedo, 1961) lleva años comprando fincas agrarias –y también casas señoriales– como quien suma piezas a una colección privada. Las reconvierte en agroturismos de lujo. Según la prensa insular, Madera tiene ya nueve llocs , con salida directa al mar y suficiente edificabilidad. Unas 1.300 hectáreas de suelo rústico en total. Es decir que el 1,86% del mapa insular le pertenece.

Algunos menorquines celebran la llegada de ese capital cual maná. Víctor Madera, una especie de míster Marshall pero con DNI asturiano. Otros detectan algo menos folclórico: la consolidación de un modelo que exprime el territorio hasta dejarlo irreconocible. No todo lo que da beneficios mejora la vida de quienes viven allí. Tampoco toda inversión trae prosperidad compartida. Fijémonos en el impacto del pujante capital francés en el mercado inmobiliario insular: precios tensionados y un acceso a la vivienda cada vez más difícil, casi privativo.
Las compras de Madera generan controversia sobre el modelo turístico y el futuro de la isla
Además Menorca no vive del aire. Tiene contados recursos. Agua escasa, carreteras estrechas, vertederos al límite, playas saturadas, acuíferos exhaustos. En verano, la isla respira con dificultad. Y aun así, se reclama otra vuelta de tuerca. Tras la covid, el turismo abandonó los años buenos y abrazó la excepcionalidad permanente. Convertir en norma la anomalía de unas cifras disparadas roza la temeridad. El decrecimiento, palabra incómoda, suena para muchos habitantes de la más oriental de las Baleares a simple instinto de conservación. O frenamos o la gallina de los huevos de oro acabará desplumada.
El campo tampoco queda indemne. Donde pastaban vacas se dibujan piscinas (animales como elementos decorativos y captadores de fondos europeos). Donde se levantaba pared seca aparece paisajismo de catálogo. Donde trabajaba un payés hay jardineros. La reconversión en hotel rural no se limita a adecentar fachadas, sino que modifica caminos, perfora suelos, introduce especies exóticas... Domestica un paisaje que durante siglos siguió otro compás. Se diluye la toponimia, se arrinconan oficios, la finca productiva muta en escenario. Todo impecable. Todo rentable. ¿Acaso también necesario?

Un buen amigo de Es Mercadal me cuenta que hace unas semanas salió a exposición pública el estudio de impacto ambiental para transformar Son Rubí en hotel rural. La lectura inquieta. Hay retroceso de la actividad agrícola y ganadera, presión añadida sobre acuíferos frágiles, posibles efectos en fincas vecinas. “Cuesta reconocer ahí la Menorca Reserva de la Biosfera prometida hace tres décadas”, explica con desánimo.
Cuando el valor de la tierra o de una finca se mide en línea de costa y edificabilidad, el territorio deja de vivirse y empieza a cotizar. Ahí está el verdadero debate.
¿Quién es Víctor Madera?
Madera no es habitual de la prensa y no quiere serlo. De hecho, resulta muy huidizo y suele declinar hablar con los medios de comunicación. Médico de formación, cambió su trayectoria a empresario, promotor e inversor después de que, en 2016, cerrara la venta de los hospitales del grupo Quirónsalud al grupo alemán Fresenius por 5.760 millones de euros, una de las mayores operaciones que ha vivido la sanidad privada en España. En 2023 puso en marcha la marca Vestige Collection como marca de algunas de sus muchas inversiones inmobiliarias en toda España y fuera, siendo su mujer, María Obdulia Fernández, la directora ejecutiva de Estudio de Arquitectura e Interiorismo. La prensa local le apoda el “archiduque de Menorca”, por Luis Salvador de Austria de Habsburgo-Lorena (1847-1915), el primo de la emperatriz Sissi, quien también adquirió extensas propiedades en la Serra de la Tramontana de Mallorca a finales del siglo XIX.

