Joan Serra, artesano del vitral, 73 años: “Dejé los estudios y me fui a recorrer mundo, eso me enseñó más que cualquier aula”
Longevity
Con más de cuatro décadas de trayectoria, Serra es uno de los pocos vitralistas artesanos activos en Barcelona; ha intervenido en la restauración de edificios emblemáticos como el Palau Güell, la Casa Lleó Morera o la Casa Vicens

Joan Serra, a sus 73 años, sigue trabajando cada día.

Joan Serra (Sabadell, 1952) abre cada mañana L’Art del Vitrall, un pequeño taller en el centro de Sabadell donde el vidrio se corta a mano y el plomo se trabaja como hace siglos. Desde finales de los años setenta, Serra ha desarrollado una trayectoria singular dedicada a la creación y, sobre todo, a la restauración de vidrieras históricas del patrimonio catalán como el Palau Güell, la Casa Lleó Morera, la Casa Vicens y la Capella de Santa Rita en Barcelona, además del Teatre Principal de Terrassa, el Mercat Central y la Casa Arimon de Sabadell.
A sus 73 años, sigue trabajando cada día en un oficio que apenas ha cambiado en más de mil años y que hoy practican muy pocos artesanos. En un mundo que avanza sin pausa y mide el valor en términos de productividad, su historia no habla solo de artesanía, sino de dignidad, propósito y resistencia. De lo que ocurre cuando no hay relevo generacional y un proyecto vital amenaza con extinguirse, pero también de cómo un oficio puede convertirse en refugio, identidad y forma de estar en el mundo. En su taller, el tiempo no corre, se acompasa. Cada vitral exige atención, paciencia y una inteligencia manual que no se puede acelerar ni automatizar. Un testimonio que interpela a quienes temen volverse invisibles cuando el mundo deja de necesitar lo que saben hacer.
Video Joan Serra, vitralista.
Abre cada mañana este taller. ¿Desde cuándo?
Desde 1984. Empecé a trabajar por mi cuenta en 1977, pero sin espacio propio. Con el tiempo entendí que también había que hacerse visible para sobrevivir. Si nadie sabe que existes, tampoco te buscarán cuando te necesiten, así que abrir el taller fue una decisión clave para poder vivir de esto. Significó pasar de trabajar en la sombra a tener un lugar donde la gente pudiera entrar, ver el proceso y entender el oficio. Esa visibilidad no solo trajo encargos, también trajo confianza y reconocimiento.
Usted empezó estudiando Ingeniería. ¿Cómo acabó dedicándose al vitral?
Estudiaba Ingeniería técnica en Terrassa, y durante ese tiempo cayó en mis manos En la carretera, de Jack Kerouac. Ese libro me sacudió por dentro. Dejé los estudios y me fui con la mochila a recorrer mundo: Argelia, Marruecos, Holanda, Italia. Fue una experiencia vital decisiva, me enseñó más que cualquier aula. En Marruecos decidí que quería ser artesano.
Dejé los estudios y me fui con la mochila a recorrer mundo; fue una experiencia vital decisiva, me enseñó más que cualquier aula
¿Qué ocurrió en Marruecos?
Recuerdo estar sentado en un zoco observando a un artesano mayor que trabajaba el metal con una concentración absoluta. Cuando sonó la llamada a la oración, dejó las herramientas, cerró el taller, se fue a rezar y, al volver, retomó el trabajo exactamente donde lo había dejado. Todo fluía: trabajo, fe y descanso. No existía esa fragmentación tan occidental entre la vida y el oficio. Pensé: yo quiero vivir así.
¿Ahí nace la idea de buscar un oficio?
Sí, al regresar a Catalunya busqué un oficio que me permitiera esa misma coherencia vital. Aunque no supe a cuál dedicarme hasta que un arquitecto me habló del vitral. Así fue como encontré mi oficio.
¿En qué consiste exactamente su trabajo?
Todo empieza con el diseño del vitral, que se desarrolla a tamaño real sobre papel o cartón. A partir de ahí se cortan las piezas de vidrio una a una, siguiendo el patrón con una precisión milimétrica. Luego, si hace falta, se pintan al fuego, con grisallas y esmaltes que se fijan en el horno, para dar matices, sombras o detalles. Después viene el emplomado, cada pieza se encaja en un perfil de plomo que actúa como estructura. Se sueldan los puntos de unión, se masilla todo para impermeabilizar y dar rigidez, y finalmente se refuerzan los paneles con varillas de hierro.
Es un proceso largo …
Sí lo es, largo, manual y muy preciso. Lo sorprendente es que se hace exactamente igual desde hace más de mil años. La técnica no ha cambiado prácticamente nada. Lo único que ha variado es que ahora tenemos electricidad en lugar de un brasero, pero el gesto, la lógica del oficio, sigue siendo la misma.

¿Desde cuándo existe este oficio?
Nace con el paso del románico al gótico, cuando el hombre decide que la luz debe entrar en el templo de otra manera. Para eso se inventa una nueva arquitectura: muros más altos, menos macizos, grandes ventanales. Y ahí aparece el vitral, no solo como solución técnica, sino como lenguaje espiritual. El vitral es luz, símbolo y emoción.
Gran parte de su trabajo hoy es la restauración. ¿Qué dificultades tiene?
La principal dificultad es la burocracia. Antes te encargaban una restauración porque confiaban en tu criterio y en tu experiencia. Sabían quién eras, conocían tu trabajo. Hoy puedes pasarte semanas haciendo presupuestos, memorias técnicas, informes previos y justificaciones que no garantizan nada ni mejoran el resultado. Eso acaba ahogando a muchos talleres históricos. No es que la normativa de patrimonio no sea necesaria, pero hay un exceso de desconfianza institucional que penaliza precisamente a quienes llevan décadas haciendo bien su trabajo. Al final, muchos talleres pequeños renuncian a ciertos encargos porque el esfuerzo burocrático no compensa.
Muchos talleres pequeños renuncian a ciertos encargos porque el esfuerzo burocrático no compensa
¿Y aun así, sigue habiendo trabajo?
Sí, pero hay que saber elegir. Con los años aprendes a seleccionar los encargos que aceptas y a detectar cuáles van a acabar siendo un calvario administrativo. El mejor cliente suele ser el particular: confía en ti, te paga directamente, valora el resultado y te da las gracias.
¿El vitral resiste mejor al paso del tiempo que otros oficios artesanales?
Sí, porque no se puede industrializar fácilmente. Una máquina podría hacerlo, sí, pero saldría mucho más caro. Cada vitral es único, hecho a medida, con formas irregulares, colores específicos, vidrios que ya no se fabrican... Eso nos convierte en necesarios. En muchos otros oficios la máquina hace cincuenta piezas mientras el artesano hace una, y ahí la batalla está perdida. Pero en el vitral, la mano sigue siendo más eficiente, más precisa y más barata que cualquier automatización.
Tiene tres hijos, pero ninguno continuará el taller.
Han pasado todos por aquí y conocen el oficio desde dentro, pero cada uno ha seguido su camino. Y me parece normal. No se puede forzar una vocación. Lo importante es que hemos sacado adelante una familia de cinco personas con este oficio durante décadas, y eso ya es mucho. Hubiera sido bonito que alguien continuara, sí, pero no lo vivo como un fracaso. Cada generación tiene que encontrar su propio sentido.
¿Le gustaría que alguien aprendiera de usted y continuara el taller?
Hace años que enseño en escuelas de artes y oficios. La divulgación, de hecho, forma parte de mi oficio. Por aquí han pasado centenares de personas a lo largo de los años. Si alguien quiere recoger el testigo del taller, bienvenido sea, pero no es una obsesión. El conocimiento ya está circulando.
El vitral no se puede industrializar fácilmente, la mano sigue siendo más eficiente, más precisa y más barata que cualquier automatización
¿Qué le daría más pena: cerrar el taller o que se pierda el oficio?
Un taller se cierra y se abre otro. Los talleres son lugares, y los lugares son reemplazables. Lo importante es que el oficio se conserve, que el conocimiento siga vivo, que haya alguien capaz de restaurar un vitral o de crear uno nuevo cuando haga falta. Y se conservará, aunque sea con menos gente. De eso estoy convencido.
A sus 73 años sigue trabajando. ¿Qué le da el trabajo que no le daría jubilarse?
Sentido, estructura y propósito. Si mañana tuviera 24 horas libres cada día, me daría bastante pereza levantarme por la mañana. ¿Para qué? Ahora ya las lleno con algo que me gusta, que me exige atención, que me mantiene activo mental y físicamente. El taller me obliga a salir de casa, a pensar, a resolver problemas, a estar en contacto con la gente. Y lo más importante: nadie me ha mandado nunca. No vengo por obligación. Siempre he hecho lo que he querido, y eso es un privilegio enorme. Jubilarme sería renunciar a eso. ¿Para hacer qué? ¿Ver la televisión? No lo veo.

¿Ha cambiado su manera de trabajar con la edad?
Sí, claro. Ya no me subo a andamios ni hago desmontajes pesados. Eso lo delego. El cuerpo tiene sus límites y hay que respetarlos. Pero la restauración, el trabajo fino sobre la mesa, el diálogo con la pieza, eso sí que lo sigo haciendo. Y ahí es donde la experiencia cuenta de verdad. La vidriera te dice lo que necesita cuando la tienes delante, pero hay que saber escucharla. Sé leer las fracturas, entender cómo se hizo originalmente, qué intervenciones ha sufrido con el tiempo, qué se puede salvar y qué hay que rehacer. Eso no se aprende en un manual, se aprende con décadas de práctica. Y esa parte del oficio, la más sutil, es la que más disfruto ahora.
¿Cree que jubilarse puede hacer envejecer antes?
Sí, si no lo sustituyes por otra actividad con sentido. He visto a muchísimas personas apagarse al jubilarse. Gente que deja de trabajar y al poco tiempo empieza a enfermar, a perder el ánimo, a encerrarse en casa. Pero también he visto jubilados que hacen una labor social impresionante, que se dedican a sus nietos, que viajan, que aprenden cosas nuevas, que siguen activos de otra manera. Lo importante es no quedarse quieto.
He visto a muchísimas personas apagarse al jubilarse, pero también he visto jubilados que hacen una labor social impresionante
¿Qué no entiende el mundo rápido de hoy del trabajo artesanal?
Que hay cosas que no se pueden acelerar y que el tiempo forma parte del resultado. Un vitral no se hace más rápido porque tengas prisa, y si lo intentas, sale mal. Pero este mundo no se pregunta nada, solo avanza empujado por intereses económicos inmediatos y egoístas. Todo tiene que ser rentable, medible y útil y tiene que ser ya. No hay respeto por las cosas bien hechas, ni por los procesos lentos, ni por la vida misma. Vamos demasiado rápido como especie. Nos hemos olvidado de que hay un ritmo natural en las cosas, y que forzarlo tiene consecuencias. El trabajo artesanal te obliga a recordarlo cada día.
¿Echaremos de menos estos oficios si desaparecen?
Echaremos de menos el mundo que los permitía. Durante miles de años el ser humano trabajó con las manos. Eso nos hizo como especie. Y en apenas un siglo hemos mecanizado, automatizado y digitalizado todo. Pero ¿a qué precio?
Si volviera a empezar, ¿se dedicaría a lo mismo?
Probablemente sí. He tenido la suerte de vivir y seguir viviendo de un oficio que es arte, oficio y contemplación al mismo tiempo. Y que tiene aliados fantásticos, como la luz. Un pintor tiene que crear la luz en el cuadro, simularla con pigmentos. Nosotros no: la luz real atraviesa el vitral y despierta la obra. Cada hora del día cambia el vitral, cada estación lo transforma. Es algo vivo, que respira con el sol, con las nubes, con el paso del tiempo. Eso me sigue emocionando después de cuarenta años. Este oficio me ha dado una vida con sentido, y eso es más de lo que muchos pueden decir.
¿Cómo resumiría su trayectoria?
Ser coherente con lo que pienso y con lo que hago, siendo respetuoso conmigo mismo y con los demás. No he hecho fortuna, pero he vivido bien, de un trabajo que me gusta y que tiene sentido. Eso ya es mucho.








