Psicología y Salud Mental

El malestar que no parece grave pero lo es, y mucho: ¿por qué cuesta tanto pedir ayuda a tiempo?

Salud mental

Entre el “no pasa nada” y el “no puedo más” existe un espacio poco visible en el que se sigue adelante sin poner nombre a lo que está pasando. Ese sufrimiento normalizado acaba afectando a la salud mental y física

La falta de herramientas en salud mental hace que la tristeza o la ansiedad se integren en el funcionamiento habitual de muchas personas

La falta de herramientas en salud mental hace que la tristeza o la ansiedad se integren en el funcionamiento habitual de muchas personas

spukkato / Terceros

No todos los problemas emocionales se presentan como una crisis evidente ni obligan a parar de inmediato. En muchos casos se van instalando poco a poco y se mezclan con la rutina diaria, sin que haya un momento claro en el que se identifiquen como algo distinto de “lo de siempre”. La vida sigue, las responsabilidades también, y lo que ocurre por dentro queda en un segundo plano. Entre el “no pasa nada” y el “no puedo más” existe un espacio poco visible, en el que se sigue adelante sin terminar de poner nombre a lo que está pasando.

Ese punto intermedio no es solo una percepción individual ni una experiencia aislada. También aparece reflejado en los datos oficiales sobre salud mental de la población española. Según la Encuesta de Salud de España 2023, alrededor del 14,6 % de la población de 15 años y más declaró haber experimentado un cuadro depresivo en las semanas previas a la entrevista, y un 8 % presentó síntomas de depresión severa.

Me decía que tenía que organizarme mejor o ser menos exigente conmigo misma (...) Funcionaba de puertas afuera, pero me sentía desbordada

Camila

(47)

La sensación de agotamiento invade a la mayor parte de las mujeres trabajadoras
La sensación de agotamiento invade a la mayor parte de las mujeres trabajadorasAleksandarNakic / Terceros

Asimismo, una parte significativa de la población adulta mostraba algún grado de sintomatología depresiva, con una prevalencia mayor entre mujeres que entre hombres. Estas cifras reflejan una realidad emocional ampliamente extendida que, en muchos casos, no se identifica de inmediato como un problema de salud mental.

Durante años, Camila, 47 años, convivió con una sensación de cansancio constante que fue incorporando a su vida como algo común. “No estaba hundida ni dejé de ir a trabajar, así que pensaba que no debía quejarme”, comparte. Seguía con su rutina, pero cada vez con menos energía. Dormía mal y se enfadaba con facilidad.

“Me decía que tenía que organizarme mejor o ser menos exigente conmigo misma”, narra. Algunas cosas le ayudaban de forma puntual, pero la dificultad para encontrarse bien volvía. “Funcionaba de puertas afuera, pero por dentro me sentía desbordada”.

Pedir ayuda derivó en una decisión tardía. “Lo hice cuando me di cuenta de que llevaba años viviendo así”. Empezar terapia le permitió poner nombre a lo que le pasaba y entender que no hacía falta tocar fondo para necesitar apoyo.

Aguantar como forma de vida

Muchas mujeres tardan demasiado en acudir a terapia
Muchas mujeres tardan demasiado en acudir a terapiaGeorgeRudy / Terceros

Manuel García Fernández, psicólogo general sanitario, explica por qué parte de la población normaliza la ansiedad o la tristeza durante años y retrasan la búsqueda de apoyo profesional. “La resiliencia se ha entendido como soportar nuestros problemas sin pedir ayuda. A eso se suma el mandato de ser feliz y la tendencia de apartar la vista de lo negativo”, dice. La falta de herramientas en salud mental hace que la tristeza o la ansiedad se integren en el funcionamiento habitual de muchas personas, añade.

Que ese malestar se perciba como “normal” no implica, para el psicólogo, que no resulte preocupante. “Basta con observar el consumo de antidepresivos y ansiolíticos que hay en nuestro país. Incluso la ansiedad en nuestra sociedad puede llegar a valorarse como algo positivo, asociado a la autoexigencia y la productividad”, afirma.

Para este profesional, hay quienes continúan cumpliendo con sus responsabilidades diarias, pero lo hacen arrastrando apatía y agotamiento crónico. “Nos enganchamos en actividades que nos anestesian emocionalmente y requieren poca energía mental, como el móvil o la televisión”, resalta. El problema se agrava, refiere, cuando no se sabe descansar sin culpa. “El cuerpo sufre las consecuencias. Es como si lanzara un aviso: o paras o te paro”, destaca.

La resiliencia se ha entendido como soportar nuestros problemas sin pedir ayuda. A eso se suma el mandato de ser feliz y apartar la vista de lo negativo

Manuel García Fernández

Psicólogo

García detalla por qué pedir ayuda a tiempo modifica el proceso y el pronóstico. Para él, el momento en el que se da ese paso resulta clave. “Influye tanto en la intensidad del trabajo como en la vivencia del paciente, que reduce la sensación de descontrol y puede modificar su autoconcepto”, aclara.

Cuanto más se retrasa ese paso, más complejo se vuelve el proceso. “La persona puede llegar a identificarse con sus síntomas, pasando de ‘tengo depresión’ a ‘soy una persona depresiva’ ”, expone.

Y, cuando el problema se cronifica, asegura, el cuadro puede cambiar y volverse más complejo. “Si llegamos a tiempo, podemos evitar que un duelo se convierta en depresión, un periodo de estrés evolucione hacia un trastorno de ansiedad o que otros problemas se agraven”, determina. Por eso, considera fundamental fomentar la prevención como una herramienta imprescindible en salud mental.

Los efectos del desgaste

El desgaste prolongado puede manifestarse con alteraciones del sueño, cansancio persistente y otros síntomas
El desgaste prolongado puede manifestarse con alteraciones del sueño, cansancio persistente y otros síntomasAmax Photo / Terceros

Esa carga que se arrastra durante años acaba dejando señales muy concretas en la mente y en el cuerpo. María José Ortolà Sastre, psicóloga, describe que el sufrimiento psicológico sostenido deja huella en lo emocional, lo conductual y lo físico. Cuando esa condición se mantiene en el tiempo, comenta, suele aparecer un patrón de “desgaste silencioso” que puede traducirse en señales emocionales y cognitivas, como irritabilidad, impaciencia o llanto fácil, así como aplanamiento emocional, rumiación o sensación de mente saturada.

Prosigue que, además se suman cambios en la conducta, como un aislamiento que a menudo pasa desapercibido (menos planes, menos ganas, más evitación) y una mayor necesidad de “anestesia” a través del móvil, la comida o el alcohol.

En el plano físico, el desgaste prolongado puede manifestarse con alteraciones del sueño, cansancio persistente, tensión muscular, bruxismo, dolores de cabeza, molestias digestivas, opresión torácica, palpitaciones o el conocido como “nudo en la garganta”.

Detectarlo no siempre es sencillo porque, como señala la experta “el cerebro se adapta” y lo que se prolonga en el tiempo acaba normalizándose. En ese camino, indica Ortolà, intervienen varios mecanismos. Por un lado, una adaptación progresiva: no hay un momento concreto en que la persona identifique que está mal, sino que la energía y la motivación se van apagando poco a poco. Por otro, el hecho de seguir funcionando confunde.

Como recalca, muchas personas trabajan, cuidan, rinden y sonríen, e interpretan que, si pueden con todo, el problema no debe ser tan grave, cuando en realidad llevan tiempo forzándose para poder con todo.

También influyen la comparación y la culpa (“hay gente peor”, “no tengo motivos”), que minimizan el dolor y bloquean la búsqueda de ayuda, así como la tendencia a atribuir ese estado a rasgos de carácter.

“Soy nerviosa”, “soy intensa” o “me cuesta descansar”, funcionan a menudo con explicaciones que ocultan síntomas de un sistema nervioso saturado. A eso se incorporan los mecanismos de evitación: “si mirar hacia dentro resulta incómodo o amenazante, el cuerpo aprende a apagar señales o a distraerse”.

Si la situación no se aborda, las consecuencias se acumulan. Advierte que, aumenta la cronificación, baja el umbral de estrés y se resienten los vínculos, con menos paciencia y mayor desconexión emocional. El cuerpo empieza a expresar ese impacto en forma de somatizaciones y consultas médicas repetidas.

Las estrategias de alivio inmediato (comida, alcohol, pantallas, trabajo) pueden convertirse en hábito, y hay quienes acaban llegando al límite en forma de ataques de pánico, burnout o una crisis que obliga a parar de golpe. Con el tiempo, a su vez, se pierde la confianza en uno mismo. “Si algo te está quitando vida por dentro, ya es suficiente motivo”, sintetiza Ortolà.

Con frecuencia, no siempre es la intensidad del malestar lo que indica la necesidad de ayuda, sino el tiempo que pasa sin atenderse. Postergarlo acaba teniendo consecuencias.

Licenciada en pedagogía por la Universidad de Santiago de Compostela, 2006.Redactora de contenidos, y autora de los libros 'Mommy amor en uso', sobre maternidad y embarazo, y 'Mamá…¡Teta!' De lactancia materna