Cultura
Miquel Molina Muntané

Miquel Molina

Director adjunto

La cultura nos avisó, pero ahora ya es tarde

BLUES URBANO

La gala televisada de la Fiesta de la Primavera china ha ofrecido estos días al mundo un espectáculo fascinante. Humanoides fabricados por compañías del país se prodigaron por el escenario ejecutando precisos ejercicios de acrobacia, ballet y adiestramiento militar.

Lo que impresionó fue sin duda la energía, la potencia (eran capaces de saltar varios metros), la marcialidad y la frialdad implacable de estos androides paridos por el Plan Quinquenal de Robótica. Si una función de ballet puede subyugar a través de la pura expresión de la violencia, no hay duda de que el coreógrafo en jefe del evento acertó a demostrarlo.

Como muchas otras manifestaciones culturales, la gala fue una operación de propaganda. En este caso, una excusa para mostrar al mundo y a los propios chinos los avances conseguidos en robótica. Con los Estados Unidos de Donald Trump en retirada geoestratégica y Vladímir Putin empantanado en el Donbás, la China de Xi Jinping da un paso al frente y exhibe su poderío tecnológico, económico y –de forma más indirecta– militar.

Los robots de la Fiesta de la Primavera china han fascinado al mundo por su potencia e infalibilidad

La literatura y el cine llevan años abordando el asunto de los robots distópicos. El Frankenstein de Mary Shelley y la Metrópolis de Fritz Lang abrieron una vía por lo que han transitado todo tipo de criaturas híbridas o artificiales, a menudo con un mensaje de alerta a la humanidad. La película Her , de Spike Jonze, o las novelas Máquinas como yo , de Ian McEwan, y Klara y el sol , de Kazuo Ishiguro, son dignas continuadoras de esa ficción que denuncia los riesgos de ponerse a fabricar modernas versiones de Prometeo.

En cambio, en el Terminator de James Cameron o en los Transformers de Michael Bay / Steven Spielberg prevalece el magnetismo de unas criaturas que acaban seduciendo porque son casi infalibles. ¿Quién no querría a su lado esos monstruos robóticos en caso de conflicto?

Dos humanoides actúan en el festival del Año Nuevo Chino
Dos humanoides actúan en el festival del Año Nuevo ChinoVincent Thian / Ap-LaPresse

El debate sobre los riesgos de cruzar con la robótica y la IA las líneas rojas de la ética militar no tiene a estas alturas demasiado sentido. Llega tarde. Investigaciones solventes, como la de la economista Francesca Bria, al frente de la iniciativa Eurostack, denuncian la infiltración de empresas como Palantir, del tecnooligarca Peter Thiel, en los ejércitos occidentales.

Estas compañías se han erigido en el software base de los ministerios de Defensa, con sistemas que pueden identificar objetivos, atacar y ponerse a salvo sin intervención humana. Son la evidencia brutal de la dudosa ética del algoritmo.

La novela

¿O son peores los humanos robotizados?

Otra novela de muy reciente aparición plantea, de forma inquietante, el asunto del rendimiento de los soldados en los campos de batalla. Se trata de Memento (Edhasa), de Begoña Quesada. La autora de Líneas de fuga o Nacidos después de muertos imagina un futuro en el que es posible manipular la memoria de los combatientes, creando una suerte de soldados robotizados que pueden llegar a resultar más eficaces (en la lógica perversa de la guerra) que los robots con rasgos humanos.

La crueldad extrema de los drones se ha puesto de manifiesto durante la invasión de Ucrania. Una vez superan las defensas y llegan junto a la persona a la que se pretende eliminar, a esta ya no le queda otra opción que asumir la inminencia de la propia muerte. Algunos soldados se ponen a rezar mientras aguardan el momento. 

Similares experiencias se han vivido en Gaza. La periodista y escritora siria Samar Yazbek acaba de publicar un libro tan necesario como escalofriante, Une mémoire de l’anéantissement (Una memoria de la aniquilación, Stock), en el que recoge los testimonios de víctimas de los ataques israelíes. Muy siniestras son las visitas de los drones ( zanana ) a las casas. Tras colarse por la ventana, se pasean, impunemente, entre los miembros de familias aterrorizadas que intentan permanecer inmóviles para que la bestia mecánica no se altere y abra fuego.

Que el debate sobre estas prácticas llegue tarde, cuando ya hay una industria trabajando a destajo para sembrar los campos de batalla de asesinos artificiales, no implica que haya que resignarse. Existen campañas globales, como Stop Killer Robots, que denuncian esta deriva. El tema ha llegado hasta la asamblea de las Naciones Unidas y hay expertos y ONG que tratan de concienciar a la gente del peligro.

Pero lo difícil será contrarrestar la fascinación que provoca en la gente este horror de nueva generación. Es más humano detestar a un soldado embrutecido que a estos maniquíes impolutos que trazan las pirouettes dancísticas con la solvencia del mismo Mikhail Baryshnikov.

Miquel Molina Muntané

Miquel Molina

Director adjunto

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Subdirector de Guyana Guardian. Publica semanalmente una columna de opinión acerca de la cultura y el entorno urbano. Autor de novelas. Su obra más reciente: 'Siete días en la Riviera'