Pedro Ruiz: “Hacía programas deportivos, porque con Franco solo se podía criticar al árbitro”
Entrevista
El showman actúa en Barcelona con el espectáculo 'Mi vida es una anécdota', en L'Eixample Teatre

Pedro Ruiz en Barcelona, donde presenta su espectáculo en L’Eixample Teatre

A sus 78 años, Pedro Ruiz sigue en la brecha. Ahora recala en Barcelona para ofrecer su último espectáculo, Mi vida es una anécdota, en L’Eixample Teatre de Barcelona (5-15/III). Pero con su dilatada carrera, es imposible que solo sea una. Durante cien minutos, el showman recorre sus años de profesión, donde revela su admiración por Facundo Cabral o que Jordi Pujol estaba enamorado platónicamente de Carmen Sevilla. Pasen y vean. Y si son jóvenes y no conocen a algunos de los personajes, no se preocupen: “Lo importante no es a quién le pasó, sino lo que le pasó”, manifiesta.
Con sus libretas
“Cuando me toca esperar, en lugar de mirar el móvil, escribo poemas”
¿Se define como periodista?
Nunca me he sentido periodista. Estudié Derecho, pero no acabé la carrera. En la facultad hacía imitaciones de Franco en el Juicio bufo, con cuatro o cinco mil estudiantes en el hall de la facultad. Pero no era valentía, sencillamente era inconsciencia. Y tampoco acabé Periodismo.
Y se fue a la radio.
Empecé en Radio Juventud de Barcelona, luego Radio Nacional de España y Radio Peninsular, que ha sido mi escuela. Mi padre era un chófer particular y mi madre tenía una tienda de bacalao, por ello estar en el mundo de la información me permitió conocer muchas cosas que de otro modo no hubiera conocido. Esa es la clave.
Sus primeros años estuvieron marcados por la información deportiva.
Inventé Estudio estadio, porque en el deporte había más libertad. Con Franco solo se podía criticar al árbitro. Pero yo no soy presentador, soy prepensador.
Las televisiones públicas
“En todas hay tres componentes: Goebbels, Kafka y Al Capone. Es decir, doctrina, confusión y trinque”
¿Cómo lo define?
Pues alguien que sale a decir lo que antes ha pensado él. Yo hago vida de autor. No quiero tener razón, pero quiero tener derecho a no tener razón. Si me contratan para hacer una película y hay un papel que me gusta, pues lo hago, encantado de la vida, como hice con Berlanga. Pero salir en la tele por salir es inútil, es absurdo. Se hace una imagen de ti que no es la tuya. Luego sales tú y la cagas, pero la cagas con tus ideas.
Va cargado de libretas, con una letra impecable.
Tomo nota de todo y cuando me toca esperar, en lugar de mirar el móvil, escribo poemas. Gasto cien rotuladores al año.
Usted fue muy popular en los años de la transición por su presencia mediática.
En la televisión, y lo digo con mucho conocimiento de causa y sin ánimo de ser ni didáctico ni dramático, tienes que tener o padrinos o socios. Así de corto.
Ahora su vida es el teatro. ¿No echa en falta los platós?
Presento proyectos todos los años, que se sepa. Pero en las televisiones públicas de todo el mundo hay tres componentes que no fallan nunca, que son Goebbels, Kafka y Al Capone: doctrina, confusión y trinque. Si no estás en uno de los tres grupos, eres un sospechoso.
¿Su espectáculo es un resumen de su carrera?
No es un resumen, es un compartir. No es mi último espectáculo, pero sí es un punto de reposo para continuar. Es una colección de anécdotas de mi vida que no son mías solamente, son también del público: “Vean ustedes que a todos nos pasa lo mismo, da lo mismo que seas el rey, que el campeón del mundo de fútbol, que el que ganó el festival de Eurovisión”. Se trata de contar las pequeñeces de los aparentemente grandes, incluidas las mías, y que nos igualan a todos. Es un espectáculo amable, divertido, sorprendente, y lo presento como si fuera el salón de mi casa.
¿Qué le sucedió con Armando Manzanero?
Me encuentro con él en el aeropuerto, camino de México. Mucha gente me pedía autógrafos y empiezo a decirles: “Me estáis pidiendo autógrafos a mí, pero allí está Armando Manzanero”. No fue nadie a él. Entramos en el finger , 30 metros, y al llegar al avión, que venía de Roma cargado de mexicanos, se pusieron en pie todos gritando: “¡Armando!, ¡Armando!, ¡Armando!”. Allí ya no me conocía nadie. La lección de esto es que, en 30 metros puedes parecer mucho y acabar no siendo nada. Y esas lecciones, lejos de deprimirte, han de servirte mucho.


