
Casa Kremser
El título de este artículo podría ser el nombre de un hostal, pero alude a la reciente publicación del libro Acció de gràcies per una casa (Edicions de 1984), de la narradora Stefanie Kremser, nacida en Düsseldorf (1967), educada en São Paulo en el seno de una familia germanoboliviana y establecida en Barcelona desde hace dos décadas. Kremser, autora de guiones y novelas en alemán, ya tenía toda su narrativa traducida al catalán, pero este es el primer libro que escribe originalmente en catalán.

En la presentación explicó que, cuando se planteó hablar de las casas en las que ha vivido, se dio cuenta de que la mayoría estaban situadas en barrios donde se hablan lenguas románicas. Esa banda sonora y más de veinte años de contacto diario con la lengua catalana han impulsado a Kremser a prescindir del alemán a la hora de expresar, con una sutileza extraordinaria, los detalles de la vida en el interior de sus casas del pasado, del presente y del futuro. Aunque ha vivido, por nomadismo forzoso, en muchos más domicilios, el libro rehúye el inventario que otros autores han explorado. Kremser los funde todos en tres categorías temporales, antes de desembocar en un capítulo final exuberante que nos trasladará los esfuerzos ímprobos de una mujer brasileña nacida en la calle, Severina, por dejar atrás la lacra que hoy llamamos sinhogarismo .
La descripción reflexiva de las cosas que hay en las casas retrata a sus habitantes
Antes de ese esprint final al aire libre, los tres primeros capítulos del libro transcurren bajo techo. La descripción reflexiva de las cosas que hay en las casas tiene la virtud de retratar a sus habitantes. Kremser nos hace entrar en esa audeniana acción de gracias por la puerta de la casa brasileña de su infancia como hija única, regida por una madre que en Alemania había sido una profesional activa y en Brasil se ve abocada a ejercer de ama de casa.
Max Aub, que compartía capas de identidad con Stefanie Kremser, decía que las personas somos de donde hemos estudiado el bachillerato. Aub lo estudió en Valencia, y Kremser, en São Paulo. Después el francoalemán saltó a México, y la germanoboliviana, a Catalunya.
Y es aquí, en la Barcelona gentrificada, donde descubre la amargura de perder el piso cuando los herederos del propietario del inmueble venden el edificio a un fondo que ejercerá presión sobre los vecinos hasta conseguir desahuciarlos. Entonces asistimos compungidos al proceso de desmantelamiento del domicilio de Steffi y de su marido. Las cosas salen de las casas hacia el confinamiento de los trasteros o al vertido urbano.
El libro transmite muy bien la percepción de intimidad violada. Cuando un transeúnte hurga entre las cosas arrojadas al contenedor, la sensación es la de cajones abiertos tras un robo. Al final, una tormenta llamada Severina se llevará todos esos sedimentos río abajo.

