Ehabitual referirse a la política del presente como un espectáculo futbolarizado. Parte de la afirmación de la nostálgica premisa de que el gobernante, los parlamentos y los partidos fueron un día algo parecido a un parnaso de la mesura habitado por gente seria y solemne. Un sitio en el que las cosas se hacían con la cabeza y no con los pies. En cambio, ahora, dicen quienes así razonan, los debates parlamentarios, las tertulias políticas y los discursos de los líderes institucionales no son más que puro hooliganismo exportado de la cultura futbolística. Algo hay de cierto en ello. Aunque la verdad es que siempre se han cocido habas similares en los hemiciclos. Hay en la cancioncilla de una hipotética edad de oro de la política algo que no es más que un fado de añoranza sin más verdad en la letra que la humana tendencia a embellecer el pasado.
Todo camino puede recorrerse en una dirección y la contraria. Del fútbol a la política, pero también de la política al fútbol, que es donde queremos llegar. Porque si damos por buena una parte de la afirmación que dice que la política ha adquirido tics balompédicos en su ejercicio, también deberemos aceptar que en justo pago el futbol se ha politizado. No en el sentido ideológico del término, que a veces también, sino en aquello más áspero y menos romántico. Esto es, entender las elecciones en un club de fútbol como una simple batalla por el poder que da acceso a un botín muy suculento. Las elecciones en Can Barça son un buen ejemplo. La campaña, pensada principalmente para exponer en buena lid proyectos de gestión exitosa del club sin renunciar a sus valores fundacionales, es ya en toda su extensión una burda copia de unos comicios, pongamos por caso, a Cortes. En esta ocasión, hasta tenemos una querella en la Audiencia Nacional contra el candidato a la reelección. Una denuncia que, aunque no pueda atribuirse formalmente más que al socio que la ha presentado, no cabe duda de que obedece al interés de lastimar los intereses electorales de Joan Laporta. Feo, por el momento y por la trazabilidad. El Barça es un club de fútbol, pero es sobre todo una máquina de fabricar y mover dinero en un entorno casi opaco. No hay más limite al hipotético abuso en la gestión, dada la inexistencia de mecanismos eficaces de rendición y exigencia de cuentas, que la propia moralidad de cada contendiente.
El Barça es sobre todo una máquina de fabricar y mover dinero en un entorno casi opaco
Es un centro de poder que imanta hacia sí caracteres de lo más diverso, pero siempre desde el convencimiento que presidirlo es, por así decirlo, un buen negocio.
De todas las promesas que se escucharán hasta las elecciones, la más urgente y necesaria es la de incorporar mecanismos de rendición de cuentas similares a los de las compañías cotizadas. Obligaciones de información y transparencia exigentes y obligatorias. Solo así podrá ponerse fin al mercado cada vez más insoportable del rumor, el chisme, la habladuría y los dimes y diretes tan propios de la política y cerciorarse de que el club está bien, regular o mal gestionado. Cualquier otra cosa no es más que el pienso propio de cualquier campaña. No alcanza a política, se queda en politiquería.