Han transcurrido dos años pero la herida sigue lejos de cicatrizar. En el Marco Simone de Roma Europa ahondó en ella. No tuvo piedad. Incluso firmó la mayor paliza de la historia de la competición, con el triunfo de Hovland y Aberg sobre Scheffler y Koepka por 9 y 7. En las catorce últimas ediciones ya son 10 triunfos del Viejo Continente, que sigue estrechando las distancias, aún infladas por aquellos primeros años, hace ya casi un siglo, de indiscutible superioridad norteamericana. Pero la Ryder Cup siempre te ofrece una posibilidad de redimirte, y EE.UU. Se aferra a Nueva York para conseguirlo con tanta fuerza como lo haría Thor con su martillo.
El temible recorrido negro de Bethpage, en cuya puerta luce un famoso letrero invitando a los handicaps altos a dar media vuelta, ha sido el escogido por los estadounidenses para intentar “patear el culo” a Europa, confiando en la magia de Nueva York. Tiene fama de ser el público más caliente de todo el país y aunque el golf es un deporte de caballeros, en una Ryder Cup puede pasar de todo. De hecho, en Bethpage se espera el ambiente más hostil para Europa en casi cien años de historia, aunque el capitán Bradley haya pedido respeto para el rival. “Son muy creativos, eso lo puedo asegurar, pero si juegas bien te lo valoran”, subrayaba Jon Rahm, el único español del equipo europeo, y que como en Roma será el primero en salir al campo formando pareja con Hatton en el foursome contra DeChambeau y Thomas (13.10h), ahí es nada.
Donald opta por no tocar lo que funciona y, como en Roma, alinea a Rahm con Hatton en el primer ‘foursome’
La baza de Nueva York es una de las más importantes en la baraja de Keegan Bradley, que finalmente optó por no escogerse a sí mismo para jugar –méritos había hecho– y centrarse en sus labores como capitán. Y, una vez completado el equipo, intentó alcanzar de manera directa el corazón de sus jugadores llevándoselos al tee del 1, donde invitó al hijo de un bombero neoyorquino fallecido mientras intentaba ayudar durante el atentado de las Torres Gemelas de 2001, cuyo discurso arrancó más de una lágrima en los golfistas. “Esto es por los soldados en el extranjero, por el policía que patrulla el Bronx, por los bomberos que se adentran en un edificio en llamas en Flatbush. Por todos los estadounidenses”, recordó.
En el bando europeo las cosas transcurren por otros derroteros. Luke Donald es el primer capitán que repite en sus labores desde que lo hiciera Bernard Gallacher a finales de los 90. Fue una petición suya, quería afrontar el reto everestiano de conquistar territorio americano, algo que Europa sólo ha logrado en cuatro ocasiones (1987, 1995, 2004 y 2012). Y ahí radica la fuente de inspiración de Donald, que en Roma se destapó como uno de los mejores capitanes de la historia, con una capacidad de liderazgo y un manejo grupal sin igual, que esta vez para asaltar suelo enemigo ha decidido volver a mirar hacia atrás. Si en el Marco Simone todo se centró en la figura de Seve Ballesteros, el mayor impulsor que ha tenido jamás la Ryder Cup, esta vez serán esas cuatro victorias en suelo norteamericano –dos de ellas (87 y 95) protagonizadas también por el cántabro– las que deban servir para que sus hombres vayan un paso más allá. De hecho, en el cuartel general europeo en Bethpage, desde los vestuarios a la sala de reuniones, las imágenes de aquellas gestas están por todos los lados acompañadas del lema ‘ Our time. Our place’ (nuestro lugar, nuestro momento).
Es extraño que una Ryder Cup tenga un pronóstico claro y esta vez no es ninguna excepción. Sobran los argumentos para pensar en una victoria de cualquiera de los dos bandos. Estados Unidos, por supuesto, actúa como local y las estadísticas de jugar en casa le dan una ventaja descomunal, aunque por contra Bradley contará con cuatro rookies en su equipo, lo que tradicionalmente es una desventaja. Un panorama opuesto al de Europa, que alineará al equipo más parecido al anterior de toda la historia. De hecho, en Nueva York repetirán once de los doce golfistas que ganaron en Roma, con el único cambio de Rasmus Hojgaard por su gemelo Nicolai, lo que acaba de rizar el rizo.


