Maravillados, los mitómanos se relamen en las blancas tribunas de Tesero, a 1.000 m de altitud. Tres fondistas noruegos se golpean entre sí, se devoran, durante el prodigioso epílogo del deporte noruego, voraz exhibición de un país de apenas 5,6 millones de habitantes.
Hemos entrado en los dos últimos kilómetros del maratón de esquí de fondo, 50 km con salida masiva, y ahí va Johannes Klaebo (29), el invencible, torturando a sus compañeros, también sus rivales, a Martin Nyenget y Emil Iversen.
Cuando la pendiente se inclina, la parroquia se relame: presencia la gran escena, Klaebo devora a sus rivales
Nyenget fuerza el ritmo, acelera y rompe el tridente noruego. Pretende hacerle daño a Klaebo, pero solo le cosquillea. Llegados a la última pendiente, Klaebo, prodigio de técnica forjada por su abuelo, el hombre que le había regalado unos esquís a sus dos años, un fondista tan afilado como imponente, 70 kilos y un VO2max resguardado en una caja fuerte como un secreto de Estado, proyecta su marca de aguas.
¿Cuántas veces hemos contemplado esta escena en estos días?
Y sin embargo, no nos cansamos de degustar el momento.
Klaebo bracea, furioso y perfecto, se marcha cuesta arriba, acelera hasta los 20 km/h (como si corriera un km en 3m00s en una pendiente del 18% y sobre esquís) y destroza a Nyenget.
Alea jacta est.
Klaebo se lo queda todo.
El resto, los restos.
Y los mitómanos, felices.
Así cierra Klaebo este romance blanco. Seis oros en seis pruebas, todas las que ha disputado, le proyectan hasta los once títulos olímpicos, muchos más que nadie en la historia del olimpismo de invierno, ya solo por detrás del inalcanzable Michael Phelps (23).
Y las hemerotecas repiten su historia, cantinela de estos días deliciosos que se acaban, los poderes de esta escuela noruega que no presiona a sus criaturas, sino que las permite disfrutar del deporte: en Noruega, no se comparten los resultados de los menores de trece años, no se comparten ni en vivo ni online. Los niños noruegos tampoco reciben premios, ni copas. Todos los críos prueban todas las disciplinas (Klaebo pudo ser futbolista), y ninguno de ellos paga una corona noruega por ello.
El programa, con sus derivadas, bendice a Klaebo, líder de una generación de estrellas noruegas que incluye a los Ingebrigtsen, Warholm, Carlsen, Håland y Odegaard, Ruud, el golfista Hovland o Blummenfeldt (sí conocemos el VO2max de este: 101,1 ml/kg/min, el mayor registrado nunca en un laboratorio).

