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Lotería de Navidad, el día de la bestia inmobiliaria

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Los españoles invertiríamos el Gordo en ladrillo. ¿Qué tiene eso de malo para las empresas?

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Los niños de San Ildefonso nos vigilan 

Los niños de San Ildefonso nos vigilan 

EFE

Hola, soy el niño de San Ildefonso que hace veinte años cantó el Gordo que tú ganaste. Vengo a pagarte el alquiler.

De haber mantenido Álex de la Iglesia el estilo de Acción Mutante o El día de la bestia, esta temporada estaría anunciando una sangrienta película sobre un niño de San Ildefonso que, veinte años después de cantar el Gordo de Navidad, llama a la puerta de su casero, premiado en aquel sorteo, para informar de que se dispone a pagar el alquiler. Uno puede imaginar lo que sucedería a continuación: aquella cándida criatura, convertida ahora en armario empotrado, aprovecharía para colarse en el piso acompañado de sus viejos compañeros de hospicio, la patrulla San Ildefonso, y amordazar al casero y organizar un ritual satánico en el salón de su casa con el que forzar una bajada de la mensualidad invocando los salmos de un folleto de Tecnocasa. ¿Por qué en vivienda?, preguntaría uno. ¿No podría haber invertido el dinero en fondos de inversión indexados, en startups, en el Ibex, en bonos del Estado?, clamaría otro. ¿Este es el futuro que nos habéis dejado a los niños de San Ildefonso?, remataría el principal concernido. La patrulla, se sabría después, lleva tiempo sembrando el caos en Madrid, ahora conocida como MadRing, ciudad sin ley. ¿Se lo imaginan? El guion reúne todos los elementos de aquel sórdido subgénero cinematográfico de los años noventa: Navidad, deforme mutación de personajes entrañables y desorden social. La rebelión de los niños de San Ildefonso. El día de la bestia inmobiliaria.

¿A qué viene todo esto? Una encuesta de iAhorro del año pasado entre más de un millar de personas concluía que, aparte de tapar agujeros y amortizar la hipoteca, los agraciados con el Gordo de Navidad dedicarían el importe del premio a invertir en vivienda. Cierto es que, con 400.000 euros, hoy es difícil comprar un piso vistoso en el centro de Barcelona o Madrid. Otro estudio más reciente de la asociación de usuario de banca Asufin mostraba que el 47% de las nuevas hipotecas se firma ahora no para disfrutar de una primera o segunda vivienda, sino para invertir. Todo parece indicar que los españoles mostramos un gran arrojo inversor hacia el ladrillo. Y a tocateja. De tener dinero, no dudaríamos en convertirnos en caseros. Hasta ahí llega nuestro espíritu emprendedor. Que lo sepan los niños de San Ildefonso y todos los jóvenes a quienes las estadísticas condenan al inquilinato.

El problema de acceso a la vivienda ya lo conocemos. Una de las expresiones del momento al hablar de él es la de “cuello de botella”. La escasez eleva los precios, lo que detrae el consumo en otros bienes, reduce las opciones de movilidad, impide absorber población extranjera y se ceba con los jóvenes, cuyas opciones de formar una familia resultan estadísticamente nulas. En esto y con variable grado de intensidad coinciden por ejemplo el Banco de España y el BCE y el repartidor de Amazon y puede que hasta la IA.

Aquí el Consejo Económico y Social (CES) avisa de que la vivienda es un “enorme agujero negro” que se traga la mejora de las rentas. Aquí, Jaume Masdeu habla de la aparente paradoja entre el malestar que genera el problema y su contribución a las grandes cifras macroeconómicas. Aquí Luis de Guindos apunta al fenómeno de la falta de acceso como el más preocupante de la economía española.

La cercanía del sorteo de Navidad y nuestro deseo de invertir en vivienda nos genera dos grandes preguntas.

La primera. ¿Invertir en el ladrillo tras ganar el Gordo de Navidad contribuye a agravar el problema? A priori debería funcionar como potente incentivo para que otros emprendiesen otro tipo de inversión, esta vez más productiva: la construcción de nuevas viviendas. Sin embargo, no parece que los tiros vayan por ahí, a la vista de que las señales económicas para iniciar esta labor ya se cumplen de sobra. Las principales dificultades están en realidad relacionadas con la falta de suelo, de mano de obra y de complicidad administrativa. Labor más difícil que minar un bitcoin. Súmese a eso que cada nueva unidad sacada al mercado a precio libre no hace sino poner en competición a los compradores de su primera vivienda con los inversores. Adivinen quiénes tienen las de ganar. Todo parece indicar que este tipo de inversión resulta incluso perniciosa en la medida en que añade presión a la demanda, lo que contribuye a elevar los precios y agrava el problema de acceso. Por usar una metáfora de Mariano Guindal, es como el enterrado bocabajo: cuanto más cava, más daño se hace.

Salvador Illa, president de la Generalitat 
Salvador Illa, president de la Generalitat David Zorrakino

Illa, el gran experimento contra la especulación. Mientras en esta ciudad automatizada llamada Madrid la suerte queda en manos de la providencia y de los niños de San Ildefonso, Catalunya emerge como gran laboratorio de políticas públicas. Todos observan con detenimiento los resultados, unos con esperanza, otros con interés y otros con escándalo. La iniciativa del momento consiste ahora en la limitación de la compra especulativa. Hay un grupo de trabajo analizando cómo aplicarla. La idea no es nueva en Europa porque por ejemplo en los Países Bajos ya obligan a residir durante al menos cuatro años en la vivienda adquirida. ¿Es legal? A falta de conocer la fórmula elegida, aquí Maite Gutiérrez plantea la pregunta y describe las posiciones a uno y otro lado.

La segunda pregunta. ¿No es un problema que los españoles invirtamos tanto en vivienda y tan poco en las empresas? El ladrillo detrae recursos que harían bien en destinarse a la iniciativa empresarial, ejerce de sumidero por el que se cuelan, empujados por fuerzas gravitacionales, ingentes capitales. Las inversiones, sea dicho, también compiten entre sí, dado que los recursos son escasos. Y la que se dedica a la compra de un inmueble no acaba redundando sobre la economía real, sobre esa otra economía de veras productiva, pese a alimentar el trampantojo de que los españoles somos ahora, según las estimaciones del Banco de España, un 8% más ricos que el año pasado gracias a la revalorización de los inmuebles donde vivimos.

No solo de financiación bancaria viven las empresas. Todo esto tiene que ver con el debate existencial sobre la necesidad de que la UE recupere competitividad frente a Estados Unidos y China. Las autoridades europeas y españolas, la CNMV y el operador bursátil BME llevan tiempo buscando fórmulas para ampliar el acceso a los capitales de las empresas españolas para darles más tamaño, competitividad y capacidad de innovación. Se trata de lograr un mercado lo suficientemente profundo para que las compañías dispongan de una amplia variedad de fuentes de financiación. Eso pasa por animarlas a cotizar en bolsa, por abrirles los mercados de bonos o por ponerlas en contacto con inversores especializados. En algunos países occidentales, esta tramoya se sostiene con los recursos de pensionistas y particulares. Solo en Estados Unidos, Barclays calcula que sus ciudadanos tienen unos 45 billones de dólares (sí, billones, los trillions en inglés) en acciones. No nos extrañe que una gestora como Blackrock sea el mayor inversor del Ibex. Aquí en cambio los billones los metemos en la vivienda. Esto no va solo de niños de San Ildefonso, sino también del futuro de las empresas.

La CNMV está motivada con la canalización de los ahorros hacia la inversión productiva. En un reciente discurso, su presidente, Carlos San Basilio, aseguraba que los hogares españoles destinan un porcentaje limitado a la inversión. Y cuando lo hacen, el 69% corresponde a activos inmobiliarios. “Aún existe mucho margen para movilizar recursos y que los hogares diversifiquen sus carteras”, decía San Basilio. Una de las claves, añadía, está en mejorar la cultura financiera, en mostrar a los ciudadanos que hay vida más allá del ladrillo.

Carlos San Basilio, presidente de la CNMV 
Carlos San Basilio, presidente de la CNMV Carlos Luján

Una buena idea para que alguien invierta el Gordo en empresas es rebajar la fiscalidad. Carlos Cuerpo se reunió en junio con sus homólogos de Francia y Alemania para estudiar medidas de este tipo. No ha habido muchas más noticias por ahora. Entre las propuestas que más gustan tanto a la CNMV como al Gobierno figura la conocida como cuenta sueca, que permite a los particulares gestionar con facilidad una cartera de inversiones en empresas con una tributación equivalente a la menor entre todos los productos de inversión. Según cálculos de BME, el operador de la bolsa española, hay cerca de cuatro millones de suecos que disponen de esta modalidad, más de la mitad de la población adulta, lo que está permitiendo a muchas empresas del país salir a bolsa y financiarse con recursos nacionales. Esta cuenta, conocida como ISK, ha contribuido a que unas 500 empresas empiecen a cotizar y a que el país experimente un resurgimiento empresarial. Hay un primer tramo exento de tributación y un impuesto inferior al de las plusvalías. Europa ha recomendado esta fórmula.

También se trata de sacar el dinero de debajo de los colchones. Ahora que la inversión pública dejará de tirar del PIB, hay interés por animar la inversión privada y poner a trabajar los ahorros de los españoles en zanjas distintas a la inmobiliaria. Con la pandemia se generó una enorme bolsa que ha permitido una amortización acelerada de hipotecas en los últimos años y que, pese a la escasa rentabilidad de los depósitos, no acaba de movilizarse, ya sea a través de fondos de inversión o inversiones más directas en empresas. El Banco de España calcula que los particulares tienen 916.401 millones de euros en las cuentas corrientes, desprovistos de rentabilidad, y 157.026 millones en depósitos. Siguen siendo cifras cercanas a los máximos históricos.

Mientras, las salidas a bolsa de empresas no acaban de despegar. Son un buen termómetro para eso que llaman el capitalismo popular. Al fin y al cabo, eso que llaman el parqué --¿por qué no tarima flotante?-- sigue siendo el lugar más directo para que los particulares inviertan parte del dinero del Gordo en empresas. Como comenta aquí Piergiorgio Sandri, el número de salidas a bolsa es este año en Europa el más bajo desde el 2012. Algo que resulta contradictorio, cuando los índices bursátiles se encuentran en máximos históricos. Antes que cotizar, las empresas prefieren endeudarse o recurrir al capital riesgo para financiarse. A los unicornios tampoco le entusiasma esta aventura. Parte de la culpa la tiene la fuerte fragmentación del mercado, en el que solo lucen pocas cotizadas.

En España, solo dos empresas se han atrevido a dar el salto a cotizar este año. Son Hotelbeds, ahora llamada HBX, y el grupo de juego Cirsa, en el que el fondo de Blackstone ha vendido una porción del capital, comprado hace unos años al empresario Manuel Lao. ¿Cómo les va? Pues HBX, el bróker de las camas de hotel, ha perdido un 45% de su valor desde su estreno en febrero. Cirsa, de la que habla aquí Blanca Gispert, cae un 6% desde julio. Con estos precedentes y a pesar de los máximos del Ibex, es de imaginar que otras aspirantes que a comienzos de año estaban en la rampa de salida, como Tendam, Restaurant Brands Iberia o Volotea, se lo piensen dos veces.

Todas estas angustias en torno al Gordo de Navidad, los impulsos inversores de los ciudadanos y la financiación de las empresas se encuentran algo más alejadas del circuito de las grandes compañías. Son las que se hallan en conexión permanente con los grandes bancos de inversión, los fondos soberanos y las grandes gestoras internacional. Los que pescan en las aguas del capitalismo global. Las que, incluso, pueden financiarse en la propia bolsa con ampliaciones de capital que suscriben sin problemas sus accionistas, como ocurrió con Iberdrola, habría ocurrido con BBVA de comprar el Sabadell y puede ocurrir con Telefónica si se anima a hacer una gran adquisición.

A todo esto, ¿qué rentabilidad da la vivienda? Tanto Idealista como Fotocasa hablan aquí y aquí de porcentajes entre el 6,5% y el 7%. Son juicios de parte a los que cabe añadir tres matizaciones. Uno: las referencias de precios que publicitan estos portales tiene más que ver con el deseo que con la realidad. Se calcula que son de media un 40% superiores a los definitivos. Dos: esta rentabilidad es bruta, no incluye impuestos ni los gastos propios del piso, por mucho que uno los repercuta al inquilino. Hay expertos que la sitúan muy por debajo, en torno al 3%. Tres: las rentas se generan con el trabajo de una persona que podría pasar por dificultades económicas y con la que conviene establecer una relación algo más problemática que la que puede tener uno con una acción de Inditex. Sin embargo, estos factores oscurecen cuando el ganador del Gordo valora el argumento más convincente para invertir en un piso: la vivienda, a diferencia de las empresas, siempre está ahí, salvo meteorito o terremoto.

¿Y cuánto le renta todo lo demás al ganador del Gordo? Frente a la vivienda, este año excepcional el Ibex acumula una rentabilidad del 41% --¿está sobrevalorado?, ¿comenzarán en breve eso que llaman las correcciones?--. Los fondos de inversión también van bien y rinden desde el 35% entre los más expuestos a renta variable hasta cerca del 3% los de renta fija. Las letras del Tesoro a tres meses dan un 1,9%, los bonos del Estado a cinco años un 2,4% y los bonos a diez, un 3,1%. El gran enemigo a batir para cualquier inversión es la inflación, que ahora está en el 3%. Por cierto, tan ingenuo como comprar el número de lotería que tocó el año pasado es pensar que rentabilidades pasadas garantizan rentabilidades futuras.

Nada más. No sabemos sin en Idealista publicitarán algún día el apartamento que aparece en El día de la bestia detrás del antológico letrero de Schweppes, en la madrileña plaza de Callao, si es que realmente hubo allí alguna vez un apartamento. Es de suponer que cueste una millonada. También damos por hecho que pocos niños de San Ildefonso serán capaces en el futuro de vivir por sus propios medios en esas calles policromadas de Tirso de Molina, la Latina o Lavapiés, donde cada vez menos, como diría Sabina, se enrollan las persianas al revés. Estas cándidas manos inocentes lo seguirán siendo mientras no tengan edad para comprender las enormes dificultades de muchos jóvenes por acceder a una vivienda y no morir en el intento de salir del alquiler. ¿Se rebelará alguna vez alguno de ellos en mitad de un sorteo o su inocencia garantizará la estabilidad intergeneracional? Mientras, las calles del centro de Madrid brillan estos días con una envolvente luminosidad de campanillas y villancicos, tan propiciatoria para una escena de terror ideada por Álex de la Iglesia. Esta  inolvidable secuencia en la calle Preciados con incursión incluida en El Corte Inglés capta la esencia del género. Un entorno ideal para un cuento de Navidad inmobiliario. No se olviden de jugar el número de la Lotería de su empresa.

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Presentación del Plan España Auto 2030Chema Moya

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Iñaki De las Heras

Iñaki De las Heras

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Redactor de la sección de Economía y Empresas de Guyana Guardian. Licenciado en Periodismo (UCM) y en Psicología (UNED). Ha trabajado en Europa Press y en Expansión

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