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Luis Quevedo, divulgador científico, 44 años: “Después de veinte años escuchando que estamos a punto de curar el cáncer, la gente se cansa y desconecta”

Comunicación

Luis Quevedo reflexiona sobre cómo contamos la ciencia, el ruido informativo y por qué la confianza pública se ha convertido en el gran reto del conocimiento

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Luis Quevedo, divulgador científico, 44 años: “Después de veinte años escuchando que estamos a punto de curar el cáncer, la gente se cansa y desconecta”

Luis Quevedo, divulgador científico, 44 años: “Después de veinte años escuchando que estamos a punto de curar el cáncer, la gente se cansa y desconecta”

Durante años, para muchas personas, la ciencia empezó con una bata blanca, una explicación difícil de seguir y la sensación de que aquello no iba con ellas. Una manera de comunicar rígida y poco humana que terminó por levantar una barrera entre la ciencia y el público.

Luis Quevedo, divulgador científico y comunicador con una larga trayectoria en televisión, radio y pódcast, lleva más de dos décadas intentando desmontar esa barrera. En su experiencia, el rigor (imprescindible para que la ciencia funcione) se ha presentador demasiadas veces como frialdad, dogma o distancia. Por eso, Quevedo defiende una comunicación científica que mantenga la precisión y, al mismo tiempo, recupere algo esencial: la curiosidad, el placer de entender y la conexión humana con el conocimiento.

Distancia

“Confundimos el rigor científico con el rigor mortis”

El problema, según explica el biotecnólogo, no nace únicamente en los medios ni puede achacarse solo al sistema educativo. Es algo más profundo y cultural. “Durante demasiado tiempo hemos asociado el rigor científico con el rigor mortis: con algo rígido, frío, muerto”, afirma. Una asociación que se construye a partir de malas experiencias acumuladas (clases incomprensibles, charlas en las que uno se siente perdido o incluso intimidado por no saber lo suficiente).

Ese aprendizaje emocional deja huella. “Después de una serie de malas experiencias, muchos acabamos condicionados casi como el perro de Pávlov: vemos una bata blanca y, en lugar de curiosidad, sentimos inquietud”, señala. El resultado no es rechazo activo, es más bien distancia. Es decir, la sensación de que la ciencia pertenece a otros, a una élite inaccesible.

“Confundimos el rigor científico con el rigor mortis”
“Confundimos el rigor científico con el rigor mortis”

La mejor ciencia es provisional, creativa y hasta juguetona

Luis Quevedo, divulgador científico

Sin embargo, insiste, esa imagen poco tiene que ver con cómo funciona realmente la ciencia. “El rigor es imprescindible en los métodos, pero la buena ciencia huye del rigor mortis. No es fija ni dogmática; es provisional, creativa, juguetona”. Para Quevedo, uno de los grandes retos actuales pasa por mostrar ese lado humano sin deslegitimar el conocimiento. “La mejor ciencia es apasionante, incluso divertida. Y eso solo se consigue comunicándola mucho mejor”.

Ruido

“Los bulos no han ganado porque sean mejores, sino porque el ecosistema los premia”

Si ese distanciamiento se fraguó durante años, hoy se amplifica en un ecosistema informativo radicalmente distinto. La ciencia se comunica más que nunca, pero lo hace en un entorno donde la atención es escasa y otras lógicas (más rápidas, más emocionales) suelen imponerse. “El problema actual ya no es la falta de divulgación científica, es la sobreabundancia”, advierte Quevedo. En medio de ese exceso, distinguir lo riguroso de lo superficial se ha convertido en un reto cotidiano.

Los bulos y la pseudociencia no son nuevos, recuerda. “Desde el siglo XIX, la desinformación ha sido una herramienta eficaz para captar atención y generar dinero”. La diferencia hoy está en el ecosistema: “Los medios sociales aceleran, amplifican y premian algorítmicamente los contenidos más llamativos, no necesariamente los más cuidados”.

“Los bulos no han ganado porque sean mejores, sino porque el ecosistema los premia”
“Los bulos no han ganado porque sean mejores, sino porque el ecosistema los premia”.

Ante ese escenario, Quevedo huye de la idea de una competición directa. “La ciencia no tiene que competir en el sentido clásico. Tiene que ser competente”. Eso implica aceptar que no existe una única forma de contarla y que hacen falta múltiples puertas de entrada. “Alguien puede empezar con un TikTok simpático y acabar, semanas después, leyendo un ensayo o perdiéndole el miedo a la bata blanca”. Para él, ese recorrido también es divulgación.

Hype

“Vender soluciones milagro acaba erosionando la confianza ciudadana”

En medio de ese ruido, hay un error que se repite y que, según Quevedo, tiene consecuencias profundas: el hype. “Existe una tendencia persistente a vender constantemente grandes soluciones”, explica. Cada descubrimiento se presenta como revolucionario, cada avance como definitivo. El problema es que esa inflación de promesas acaba pasando factura.

“Después de veinte años escuchando que estamos a punto de curar el cáncer o erradicar grandes enfermedades, mucha gente se cansa y desconecta”, señala. Más que generar entusiasmo, el exceso de expectativas erosiona la confianza. A eso se suma, en ocasiones, una falta de familiaridad con cómo funciona realmente la ciencia, especialmente en el ámbito biomédico, donde la incertidumbre forma parte del proceso.

La solución, insiste, no pasa por pedir a todos los científicos que se conviertan en divulgadores profesionales. “La palabra exigir me parece excesiva”. Lo que sí considera imprescindible es entender la comunicación como una aliada. “Que estén disponibles para quienes quieren comunicar ciencia con rigor”. Y hacerlo, además, con voces diversas, conscientes de que mejorar el relato también mejora la relación entre ciencia y ciudadanía.

Para Luis Quevedo, comunicar ciencia es cuidar el vínculo entre el conocimiento y la sociedad que lo sostiene. Y eso implica construir confianza, legitimidad y presencia pública en un escenario marcado por el ruido, la desinformación y las expectativas infladas. “Sin confianza pública no puede haber ciencia pública”, resume. Volver a explicar la ciencia con rigor, honestidad y humanidad no garantiza certezas inmediatas, pero sí algo más valioso y duradero: una ciudadanía mejor preparada para entender, decidir y relacionarse con el mundo que la rodea.