Opinión

Alguien tiene que dejar de insultar…

El general Miguel Cabanellas Ferrer (1872-1938) participó, al mando de la V División Orgánica con sede en Zaragoza, en el golpe de Estado de 1936. Los sublevados habían previsto que el mando recayese en un Directorio Militar presidido por el general Sanjurjo, pero su muerte dio paso a una Junta de Defensa Nacional, que hizo presidente a Cabanellas, el general de división más antiguo de los sublevados. Su presidencia fue simbólica. Y el 21 de septiembre de 1936, en Salamanca, la Junta estableció un mando único. Se votó y fue elegido el general Franco con la oposición de Cabanellas, que se abstuvo y dijo luego a sus compañeros: “No saben lo que han hecho, porque no le conocen como yo, que lo tuve a mis órdenes en el ejército de África... Si le dan España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie lo sustituya en la guerra o después de ella, hasta su muerte”.

  Núñez Feijóo  
  Núñez Feijóo  JJ Guillén / Efe

En las semanas posteriores al 18 de julio, Cabanellas quedó fuertemente impactado por la magnitud de la represión en la zona bajo su mando, lo que le hizo decir una frase que ha devenido célebre: “En este país, alguien tiene que dejar de fusilar alguna vez”. Refleja el impacto profundo que produjo en su ánimo el horror desencadenado. Cabanellas era un viejo militar africanista y masón, que había conspirado a favor de la República y fue diputado del Partido Republicano Radical. Su hijo Guillermo, que intervino en la sublevación republicana de Jaca, el 12 de diciembre de 1930, se expatrió con su familia en mayo de 1937.

Si hoy traigo a colación este episodio, como ya he hecho otras veces, es porque añado a la citada frase del general Cabanellas esta reflexión propia: en España, por fin hemos dejado de fusilar; a ver si ahora damos un paso más y somos también capaces de dejar de insultar. Y si lo repito hoy, es porque confieso que hace ya tiempo que no puedo soportar los espectáculos depresivos, que unos políticos desatados nos ofrecen semana tras semana en el Parlamento y de vez en vez en el Senado. Un espectáculo que alcanza cotas deplorables cuando de una comisión de investigación se trata.

No puedo soportar los espectáculos depresivos de unos políticos desatados

No hago distingos: lo mismo me da que el compareciente ante una de estas tormentosas e inútiles comisiones sea el presidente del Gobierno como que sea el jefe de la oposición. En dos sonados casos, ambos bien recientes, tanto el presidente Sánchez como Núñez Feijóo han sido sometidos a la arrogancia, la agresividad, la jactancia y la insolvencia de unos diputados que los han atacado con desplante.

Estos nuevos inquisidores se han aprovechado de una posición de ventaja momentánea y mal usada, hilvanando unas intervenciones éticamente reprobables, intelectualmente romas y políticamente sectarias. Han sobreactuado con desgarro. Quizá se pregunten por qué no completo esta denuncia con los nombres de los más destacados. No hace falta: ustedes los identifican igual que yo. Y ellos también lo saben. Están ufanos de su quehacer.

¿Qué salida tiene esta ciénaga? Sólo una: algún político tiene que dejar de insultar alguna vez. Uno cualquiera, a babor o a estribor. Lo mismo da. El que tenga más coraje moral, el corazón más generoso, el talante más templado y la lengua más limpia. Que nos ahorre, por piedad, la vergüenza de compartir espacio y tiempo con quienes nada aportan al acervo común, porque –y este es el fondo de la cuestión– jamás han pensado, ni piensan, ni pensarán en el interés general. Sólo defienden lo suyo con ansia acuciante.

Alguien tiene que dejar de responder a los insultos, las descalificaciones, las burlas y las marginaciones con otros insultos. Aunque el agravio duela y la injusticia ­subleve, al verse maltratado por quien carece de la predisposición precisa para entablar un debate limpio, con un adversario al que se respeta pese a discrepar de él. Sin muros y sin cordones sanitarios. Alguien tiene que comenzar. Lo necesitamos. Es ya una cuestión de ser o no ser. Si seguimos como hasta ahora un tiempo más, desaparecerá hasta el último vestigio de aquella autoridad moral sin la que los políticos no son nadie.