Opinión

Munich: Crónica de una demolición anunciada

EL RUEDO IBÉRICO

La sexagésima segunda edición de la Conferencia de Seguridad de Munich (MSC) no ha sido, como en décadas precedentes, un ejercicio de retórica diplomática o un intercambio de cortesías trasatlánticas. Ha sido, por el contrario, el acta notarial de una defunción: la del orden liberal internacional tal como lo conocimos desde 1945. Bajo el inquietante lema “Under destruction”, el foro bávaro ha constatado que los cimientos de la arquitectura global, el multilateralismo, el libre comercio y la seguridad colectiva están siendo demolidos, no ya por sus enemigos externos, sino por los propios arquitectos que un día los diseñaron.

Para cualquier observador, lo ocurrido estas jornadas en el hotel Bayerischer Hof es motivo de una profunda alarma intelectual y política. Se está asistiendo a lo que podría denominarse la política de la bola de demolición (wrecking-ball politics). Esto no es un fenómeno meteorológico inevitable, sino el resultado de decisiones políticas deliberadas, que han sustituido la cooperación basada en reglas por un nacionalismo transaccional de corto aliento.

  
  PERICO PASTOR

La gran paradoja de Munich 2026 es el papel de Estados Unidos. Históricamente, Washington fue el garante de la estabilidad global, entendiendo que la prosperidad estadounidense era inseparable de una Europa segura y unos mercados abiertos. Hoy, esa visión ha sido sepultada por un proteccionismo rampante y un aislacionismo que ya no es meramente estratégico, sino ideológico.

La intervención de la delegación de EE.UU. Ha dejado claro que la seguridad ya no es un bien público global, sino una mercancía sujeta a negociación. Este enfoque transaccional, “paguen por su protección o queden a su suerte”, destruye la confianza, que es el capital invisible sobre el cual se asienta cualquier alianza militar. Parece haberse olvidado algo básico: las instituciones reducen los costes de transacción. Por tanto, su demolición aboca a un escenario de anarquía internacional donde solo impera la ley del más fuerte.

Frente a este repliegue estadounidense, la Unión Europea se encuentra en una encrucijada existencial. Los discursos de figuras como Friedrich Merz o Emmanuel Macron han orbitado alrededor del concepto de autonomía estratégica. Sin embargo, conviene ser escépticos. La autonomía no se decreta en conferencias; se construye con capital, inversión y una voluntad política que hoy brilla por su ausencia en el Viejo Continente.

Europa sufre una esclerosis económica derivada de un exceso de regulación y una fiscalidad confiscatoria que asfixia su capacidad de innovación tecnológica. Mientras EE.UU. Y China lideran la carrera de la inteligencia artificial y la defensa espacial, la UE sigue atrapada en el debate sobre cómo financiar su defensa sin recortar un Estado de bienestar que es, a todas luces, financieramente insostenible. En Munich se ha hablado mucho de cañones, pero poco de cómo el estancamiento económico europeo es, en última instancia, la mayor vulnerabilidad para la seguridad del Viejo Continente. Sin crecimiento no hay seguridad y sin restaurar el capitalismo de libre empresa no habrá crecimiento.

El orden liberal es, con sus defectos, la mejor vía para gestionar la convivencia y generar prosperidad

El frente ucraniano ha sobrevolado cada sesión de la conferencia. La Rusia de Putin, convertida en una economía de guerra permanente, ha demostrado una resiliencia que muchos tecnócratas occidentales infravaloraron. La agresión rusa no es solo territorial; es un ataque directo a los valores de la civilización occidental. Y Munich ha puesto de relieve algo obvio: la amenaza no es solo cinética, tanques y misiles, sino híbrida: interferencias en sistemas GPS, ciberataques a infraestructuras críticas y desestabilización de procesos electorales.

El realismo político obliga a reconocer que la disuasión ha fallado. Y ha fallado porque Occidente ha emitido señales de debilidad y división. Como bien señaló Zelenski en su intervención, la ambigüedad es el oxígeno de los tiranos. La falta de un compromiso firme y sostenido con Ucrania no solo pone en peligro a Kyiv, sino que invita a otros actores autocráticos a desafiar el statu quo en otros teatros, como el Indo-Pacífico.

Una de las aportaciones más lúcidas de este año ha sido la inclusión de la seguridad espacial en la agenda central. Aquella no es una frontera lejana, sino una de las espinas dorsales de la economía digital. La vulnerabilidad de las constelaciones de satélites frente a las capacidades antisatélite de potencias autoritarias es un riesgo sistémico. La libertad de navegación, que antes se refería exclusivamente a los mares, debe extenderse ahora al espacio exterior. Si el orden liberal no es capaz de garantizar la seguridad en la órbita terrestre, el comercio y las comunicaciones globales colapsarán.

La Conferencia de Munich 2026 deja un panorama sombrío, pero no carente de lecciones. El orden internacional no es un estado natural de las cosas; es una construcción artificial que requiere una defensa constante. La deriva hacia el proteccionismo, el populismo y el nacionalismo es una invitación al empobrecimiento y al conflicto.

La respuesta no puede ser más intervencionismo estatal o el cierre de fronteras, sino el fortalecimiento de las alianzas entre democracias liberales, la recuperación del dinamismo económico a través de reformas estructurales y la reafirmación de que la libertad –política y económica– es la única base sólida para una paz duradera.

Si Munich ha de servir para algo, que sea para despertar a las capitales europeas de su letargo. El mundo “bajo destrucción” puede ser reconstruido, pero solo si se recupera la convicción de que el orden liberal es, con todos sus defectos, la mejor herramienta que la humanidad ha inventado para gestionar la convivencia y generar prosperidad. Lo demás es el camino a la servidumbre y al caos.