
Andrés y los hijos favoritos
A la hora de reservar en un restaurante, no es lo mismo llamarse Baldomero Verdugo Cabezón que Andrew Mountbatten-Windsor aunque para la madre de Baldo no haya color. Ahora veremos si la justicia británica es ciega o burriciega y tiene sus preferencias...
El arresto del exduque de York es una de esas noticias polivalentes que dan cancha a la gente. Tan pronto permite exigir una República, aunque muchas sean bananeras o hayan sido encarnadas por delincuentes –Sarkozy–, como alienta la defensa de la castración química, la lucha de clases o el buen uso recreativo del cipote.

A mí, la detención me ha sabido muy mal por Isabel II, la madre del tal Andrew, a quien de ser español quizás llamaríamos Andresito. ¡Qué disgusto se habría llevado al ver al que todos consideraban su hijo favorito huyendo en un coche con cara de estupefacción y de no haber cenado a la hora!
Pensando, como digo, en Isabel II y todas las madres, me asalta un interrogante que en tanto que padre de un único hijo y exmarido defectuoso no atino a responder: los padres ¿tienen predilectos y coinciden? De ser así, ¿perjudican a los favoritos o a los otros? Para rematar la trinidad del despiste, ¿existen razones racionales para la discriminación o priman minucias como, en este caso, los aires tristones de Carlos III frente al look a mí, Sabino, que los arrollo de Andrés?
Aún recibirá Isabel II –¿tienen predilectos las madres?– por haber malcriado a su Andrés...
A toro pasado, aún resultará que la culpa del desaguisado la tiene la reina Isabel II por consentir en exceso o no haber detectado que Andrés apuntaba maneras y terminaría por meter en apuros a su hermano mayor, ahora que el hombre es monarca, se ha serenado y nadie recuerda ya su matrimonio con la princesa del pueblo.
Las casas reales, privilegio histórico de los grandes estados democráticos de Europa y Japón, tienen un reto complicado en el siglo XXI: la exigencia de desempeñar una función pública ya de por sí rigurosa y al tiempo mantener a raya los defectos inherentes a toda familia, sean los Mountbatten Windsor como los hermanos Verdugo Cabezón, que tan pronto se adoran como se lían a guantazos porque unos defienden la monarquía y otros las patatas bravas.

