Opinión

El club de los inadaptados

Como ya dijo, hace años, Groucho Marx, “nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”, y quien dice club, dice centro, agrupación, partido o sindicato. De pequeña, entré en las noies guies, concretamente en el Agrupament Escolta Bori i Fontestà, del que me echaron después de protestar por haber pasado frío (mucho) en una excursión al Tagamanent. Aun así me quedó grabado el lema de mi promesa en la explanada del monasterio de Montserrat: “Tant com puc, sempre a punt”, que, aunque no lo parezca, he procurado cumplir.

 
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En la adolescencia, no contenta con mi fracaso en la montaña, me apunté al Centre Excursionista de Catalunya, rama esquí, pero lo dejé tras comprobar que la economía familiar no alcanzaba para una equipación de nieve. Luego vino la universidad, donde podías elegir hacerte del PORE (Partido Obrero Revolucionario de España) o del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), más que por ideología, por contagio con el noviete de turno. El primero me pareció un exceso, y en el segundo no me admitieron porque con mi primer sueldo en el desaparecido El Noticiero Universal me compré un bolso caro, de ahí que me quedé para siempre con el mote de Marquesa de Loewe.

Mi historial asociativo es penoso, pero ahora me gusta mirar los carteles del centro cívico de mi pueblo

En la Asociación de la Prensa, ahora Col·legi de Periodistes, duré poco, de manera que nunca recibiré, como otros, mi diploma por 50 años de profesión.

Tampoco he pertenecido a ningún sindicato, y eso que mi padre fue fundador de Comisiones Obreras, una deshonra familiar (la mía) que, con los años, quedó compensada cuando el Alcázar importante vio en qué se había convertido una confederación nacida del sacrificio de tantos militantes y ahora en manos de funcionarios. Lo decía él, que conste, aunque algo de razón tenía.

Y poco más que decir de mi paso por grupos organizados, con sus estatutos y su canesú. Tampoco me siento identificada con la mayoría de los movimientos ciudadanos: a todos les encuentro una contradicción. No firmo manifiestos ni voy a manifestaciones, bastante tuve con las de los años setenta. ¿Soy un ser asocial? Probablemente.

Mi historial asociativo es penoso, pero ahora, encarando ya la tercera, por no decir última, edad, me gusta mirar los carteles del centro cívico de mi pueblo, donde anuncian clases de inglés, de catalán para extranjeros, excursiones, grupos de baile, de lectura y no sé cuántos entretenimientos más para jubilados activos. Me da miedo apuntarme y no tener paciencia... Pero quién sabe.