
La mediana edad
El otro día los vi: sentados en un banco al sol, al “solecito” dicen ellos. Casi todos hombres. Algunos, no todos, se tutean. Usufructúan el respeto de antes. Intercambiando síntomas. Y cada uno aportando sus toses, achaques, recuerdos y atardeceres prostáticos. Son pura memoria. Son la gente mayor que, más o menos como todos nosotros, tarde o temprano, están aprendiendo a despedirse. Son una resignación apagada. Las cenizas del fuego antiguo. Nuestros viejos sentados en un paréntesis.

Seguro que ya huelen diferente, a tiempo, a intemperie. La ropa limpia, de ninguna marca. Con el corte anónimo de tienda de barrio en colores pardos y confusos, tampoco en eso ninguna estridencia. Son las figuras de un paisaje de la periferia, de un distrito modesto. Probablemente los destinatarios de más sinónimos acumulados: anciano, abuelo, vejestorio, veterano, maduro, longevo, ciudadanos de la tercera edad, séniors… y todo un larguísimo lenguaje del envejecimiento; ahora lo llaman edadismo. Eufemismos amables, unos más que otros, casi todos resultado del marketing, la incitación al consumo y el mercado que ve en ellos una potencial bolsa de clientes con sus necesidades específicas. Bancos en estado de alerta. Se mercadea con la vejez.
Estamos entre los países europeos con más proporción de octogenarios; deberíamos aprovechar la circunstancia
Es reconfortante: se trata de gente que se cuenta cosas y que, prescindiendo de pantallas y dictaduras tecnológicas, tiene una historia y la necesidad, o el albedrío, de contarla. Viéndolos y sobre todo escuchándolos, lamentamos como la sociedad se ha empobrecido tanto, también, porque ha muerto el diálogo en la vida diaria. Conocen la tristeza y las ausencias, los fracasos y las pérdidas, la precariedad y la supervivencia, todo tan necesario para luego valorar la alegría. Y adormilar la conciencia y sobrevolar el más terrible de los sentimientos: el de tener la esperanza muerta. Sí, ellos son un milagro de ternura. Y esperanza. La caricia a su tiempo. Los que nos hicieron posibles. Los que procuraron que no fuésemos solo un malentendido sin patrimonio ni memoria.
Pero como todo el mundo sabe: hoy “la mediana de edad” merece otro cálculo. La sociedad occidental envejece. Estamos entre los países europeos con más proporción de octogenarios. Y deberíamos aprovechar la circunstancia, su sabiduría, su experiencia y una forma de ser analógica, pausada, alejada de las actuales urgencias. Es, pues, justo y necesario que las vidas de nuestros ancianos no se sientan encriptadas –ellos no lo están–, en lo suyo son útiles y no unos paseantes en medio de un relato. Según se mire: no nos los merecemos. Allí están: en un banco que es un paréntesis.
