
Invisible a los ojos
No puedo negar que el caso Epstein no solo me tiene horrorizada, sino también terriblemente cautivada por cómo puede revelar más que una trilogía de películas de espías. Los documentos publicados el 30 de enero como parte de la entrega correspondiente a la ley de Transparencia de archivos de Epstein, aparte de quitar la máscara a más atrocidades, muestran cómo puede llegar a funcionar el poder cuando nadie quiere mirar demasiado cerca.

Epstein no solo era un hombre rico, sino además un hombre con acceso. Se movía con facilidad entre presidentes, empresarios de alto nivel como él, figuras públicas, académicos… Logró algo mucho más poderoso que su amasada fortuna: capital social. Ese poder invisible que hace que estés protegido bajo esa red que te contiene de casi todo. Por ello, y como se está viendo, investigar a alguien como Epstein representa crear un terremoto reputacional sobre aquellos que se relacionaron con él y ahora aparecen en las famosas listas.
Más allá de Epstein, el caso revela la complicidad
El caso Epstein no solo habla de un monstruo, de un depredador sexual, de un pederasta, de un ser con delirios de grandeza… habla de este mundo lleno de fascinación por el dinero y la exclusividad. De la, me atrevo a decir, ceguera voluntaria de muchos, cuando el abusador pertenece al círculo correcto y, en definitiva, a una sociedad sistematizada en dudar más de las víctimas cuando el acusado tiene cierto poder adquisitivo.
Hay que dejarse una vida o varias para leerse los tres millones de páginas, más de ciento ochenta mil imágenes y dos mil vídeos publicados recientemente. Entre ese océano de páginas y casos, hay uno que revela que en 1996 una mujer llamada Maria Farmer se puso en contacto con el FBI y lo que contaba ya entonces se corrobora ahora como verdad. Por aquel entonces, Farmer contó que Epstein había robado fotos de sus hermanas de 12 y 14 años que ella personalmente había tomado y que creía que Epstein las había vendido. Confesó también que Epstein le pidió que tomara fotos de niñas en piscinas.
Treinta años después de denunciarlo, Farmer ha confesado que finalmente se sentía “reivindicada”. Lo que se ha demostrado es que las élites no necesitan reunirse en salas oscuras para protegerse, funciona invisible a los ojos. Monstruos ha habido siempre, el problema es que el sistema tarde más en frenar a esos monstruos que son influyentes, útiles o prestigiosos.
