Opinión

No soy Josep, soy un chihuahua

Hay en los medios de comunicación una querencia natural por lo marginal. Un premio de notoriedad que siempre gana quien se sitúa en los márgenes. Fijada la premisa periodística de que lo noticiable es que un hombre muerda a un perro y no al revés, cualquier boutade pasa a merecer atención. Le ha tocado ahora el turno a los therians, adolescentes que dicen identificarse psicológica y espiritualmente con animales y que, a ratos, se comportan como tales, imitando sus movimientos y sonidos. Miau, miau.

El friki jovenzuelo de toda la vida, al que el carnaval se le queda corto, convertido por unos días en epicentro de la actualidad. Da igual que los therians puedan contarse con los dedos de la mano y que para la mayoría de ellos –con excepción de los que padecen una enfermedad mental– su disfraz no sea más que un pasatiempo tan inocente como inofensivo.

 
 Enric Fontcuberta / EFE

Hasta aquí todo obedece a la normalidad. La rareza, por definición minoritaria y marginal, siempre ha provocado curiosidad, cuando no fascinación. Nada hay de malo en sacar por televisión a un chico de Barcelona preguntándole los motivos que le impelen a salir a la calle caracterizado como un lobo gris y pasar la tarde aullando. Por supuesto que hay que tolerar, como él y sus compañeros de juego exigen, su inocente hobby. ¡Faltaría más! A menos que el joven lobo se tome demasiado en serio y decida mordernos porque está hambriento. Otra cosa es la pretensión de inflar artificialmente el debate sobre algo eminentemente lúdico, hasta convertirlo en una discusión sobre los límites de la identidad y el derecho de alguien a ser tratado como un oso hormiguero si es su elección. Es este un error, casi siempre voluntario, de los que explicamos lo observado. Añadir trascendencia social para que la historia tenga más interés.

Es un falso debate. Porque los therian asumen el carácter eminentemente lúdico y recreativo de su afición. Conocen los límites de su juego y a ninguno se le ocurre miccionar en una caja de arena cuando llega a casa o pedir ladrando que le den de comer en un cuenco depositado en el suelo.

Son cuatro gatos, pero hay que inflar la historia para poder filosofar de esta absurdidad

Hablar de los therian como lo que no son, y que ni ellos mismos pretenden, conlleva un riesgo que ya se ha hecho evidente en algunos foros. Pues, situando la supuesta identidad animal del sujeto therian como algo de lo que convendría iniciar una discusión política y social (no juega a ser un perro, cree ser un perro y tiene derecho a ser tratado como tal), se abre de par en par la puerta para ridiculizar cuestiones mucho más serias. Asuntos de los que sí venimos ocupándonos como sociedad desde hace tiempo. En este sentido, la banalidad revestida de seriedad con la que se trata a veces el fenómeno therian debería preocupar, sobre todo, a las personas trans y a los defensores de las teorías de autodeterminación de género.

¡Empezamos decidiendo que queríamos ser mujeres u hombres, con independencia del marcaje biológico de cada uno, y ahora ya queremos ser patos o cocodrilos! ¡Pronto querremos ser un frigorífico! Con independencia del posicionamiento de cada uno respecto a los enconados debates de género, ya se advierte la diferencia entre lo que merece una aproximación seria y respetuosa y lo que no es más que un pasatiempo, como salir al parque con una cola de perro enganchada en el trasero para menearla durante un rato.

De la frivolidad con la que es tratado el fenómeno therian se deriva otra consideración más general. La insistencia en devaluar la naturaleza humana para equipararla a la del resto de los animales. Como si diera lo mismo ser una persona que un caballo o un conejo. No faltará nunca un “especialista” validando tal insensatez: el therian, como alguien que escoge ser algo mejor y más auténtico que un hombre, un animal. La naturaleza humana, descrita, por pasiva, como algo de lo que merece la pena escapar para ser más auténtico y bueno. Mejor vaca que persona.

Nada de esto está en la cabeza de los therian, que bastante tienen con el acné propio de la edad. Somos los mayores quienes, sin el mínimo sentido de la proporcionalidad, inflamos una historia como esta hasta convertir un simple hobby en un manual de filosofía trascendente. Y ahora, si me permiten, les dejo. Que a ratos no soy Josep sino un chihuahua. Y ahora justo me sacan a pasear un ratito.