Opinión

Mutti: la importancia de lo cotidiano

Félix Fernández de Castro es mi amigo. También es uno de los mejores creativos y realizadores publicitarios que conozco. Y el autor de María y yo, un documental imprescindible sobre el gran Miguel Gallardo y su hija.

Félix perdió a su madre demasiado joven (pero uno siempre es demasiado joven para perder a su madre), y hace unos años emprendió su búsqueda. En Mutti (diminutivo de madre en alemán), su primer libro, nos cuenta los descubrimientos y las enseñanzas de ese viaje largo y difícil.

 
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Lo que encontramos en esas páginas son episodios estrictamente personales que, a decir verdad, no deberían importar a casi nadie. Yo, en cuanto amigo antiguo, quizá soy uno de los concernidos por la historia. Y la primera pregunta que me hice al leerlo fue si la madre de Félix había muerto realmente. La segunda es si una madre muere alguna vez.

Primero se cuestionó el deceso de la

Félix, que siempre pensó en palabras, y que desde hace unas décadas aprendió a construir historias con imágenes, sintió la inevitable necesidad de ilustrar una vida escasa y tristemente documentada.

El azar, el talento y el juguetón espíritu irredento de Gallardo le condujeron a las manos sabias de Toni Ricart, Baxter , que iluminó una historia que en ese momento empezó a ser de todos.

Una de las dos únicas fotos que sobrevivieron al proceso de transformación en dibujo de una vida perdida nos muestra a Félix en el regazo de Mutti. Pero es muy obvio que ese niño de la foto ya no es Félix, ni ella es ella. Lo que vemos es el abrazo original, es la imagen más exacta de la inmortalidad que hemos encontrado como civilización –el gran misterio es nacer, no morir, como sostiene con su tranquila vehemencia el maestro Josep Maria Esquirol–.

Quizá sin saberlo, Félix emprende el viaje de vuelta hacia ese abrazo. El libro retrata una biografía que nos conduce a través de las zozobras de un mundo destruido, como todos los mundos habitables, al origen de la existencia.

Mutti es una maravillosa novela, ­porque todo lo que cuenta es verdad.

Hace un año mi madre murió. Besé su cadáver, sostuve su féretro, asistí al sellado del nicho donde reposan sus restos junto a lo que queda de mi padre. Pero a pesar de tanta evidencia, soy incapaz de sentir que no está.

Hay un hecho revelador en el libro que explica bien por qué elegimos la palabra pérdida para hablar de la muerte. Félix siempre tuvo escondido, casi olvidado, en el fondo de un armario el retrato de su madre. Hoy, tras escribir el libro, esa fotografía cuelga en una pared de su casa. La madre de Félix no murió sola en la habitación tristísima de un tristísimo sanatorio, se perdió. Tirando de un hilo que siempre estuvo ahí, Félix la ha encontrado. Leyendo su historia, que a nadie importa, leemos la nuestra. La de todos. Wir haben es geschafft.