Opinión
Josep M. Colomer

Josep M. Colomer

Politólogo y economista

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TRANSATLÁNTICO

El concepto de entropía de la física­ puede ayudar a entender las relaciones internacionales y la geopolítica conflictiva. No
no se alarmen: trataremos la política de hoy. La noción esencial de la entropía indica que el aislamiento externo se vincula al desorden interno. Es decir, una nación o un imperio solitario probablemente carezca de una agenda nítida de prioridades domésticas, posea pocos pactos políticos consensuados hacia fines comunes y viva una aceleración de su ocaso. Por el contrario: una potencia global o mundial muy respetada y con triunfos geopolíticos suele aprovechar pactos internos con el ejecutivo y un sentimiento de cohesión nacional.

La España imperial representó un caso típico: tras despojarse de su dominio en múltiples continentes a lo largo del siglo XIX, se hundió en una etapa de clausura exterior, no participó en ninguna de las dos guerras mundiales y permaneció excluida de los organismos internacionales y multilaterales; en paralelo, experimentó una extensa sucesión de perjudiciales levantamientos sociales domésticos, guerras civiles y dictaduras.

El presidente español, Pedro Sánchez, en una reciente cumbre en Dubai&nbsp;<br>
El presidente español, Pedro Sánchez, en una reciente cumbre en Dubai 
La Moncloa / ACN

La crisis de la Unión Soviética no se ha analizado mucho con este enfoque, pero también puede ayudar a comprender su dinámica. Durante varias décadas, en la URSS rigió la doctrina de la “soberanía limitada” de los países socialistas, como la bautizó el gerifalte Brézhnev tras invadir Checoslovaquia, la cual implicaba una política exterior intervencionista. Esta política fue reemplazada por la desvinculación de la URSS de sus satélites durante el periodo de la perestroika de Gorbachov con la denominada doctrina Sinatra, en honor a la canción My way del vocalista Frank Sinatra, ya que permitía a los estados miembros del Pacto de Varsovia actuar “a su manera”. Este giro introspectivo condujo a la independencia y la democratización de Europa Oriental, así como al desorden interno y la disolución de la Unión Soviética.

Dentro de Estados Unidos, el enfrentamiento con la Unión Soviética y el éxito final propiciaron acuerdos entre partidos y una sólida cohesión del país. Por el contrario, diversos reveses bélicos estadounidenses en el transcurso del siglo XXI han desencadenado un impulso hacia el hermetismo externo y un dudoso aislacionismo, que surge vinculado a una desunión doméstica.

El hecho de que la expansión internacional y el contacto foráneo benefician la estabilidad doméstica constituye una enseñanza que la Unión Europea busca comenzar a asimilar. No obstante, el camino resulta complejo. Por un periodo extenso, el enfoque primordial en la unificación progresiva de las naciones respecto a intercambios comerciales, divisas, desplazamientos y estancias sin obstáculos internos provocó que se descuidara la política exterior de la UE propiamente dicha. La tendencia presente hacia la protección externa colisiona con el inventario de asuntos domésticos inacabados relativos a la creación de un mercado único de capitales, la unión bancaria, el lanzamiento de deuda pública común y la normativa a nivel continental sobre inmigración. Las iniciativas para fortalecer una Europa con “múltiples velocidades” podrían anticipar mayores exits (después del Brexit) y un incremento en la desorientación internacional.

Sin resolver sus retos propios, España tendrá una influencia internacional

En general, cuantas más nuevas interacciones entre los socios internos se están desarrollando en un imperio, más difícil es construir, en paralelo y al mismo tiempo, beneficiosas relaciones internacionales y, aún más, transoceánicas.

Simultáneamente, el énfasis en la cohesión doméstica de una agrupación y su alejamiento del entorno internacional fomenta vínculos y alianzas entre distintas potencias, debilita la interconexión global y reactiva las zonas estratégicas sujetas a la rivalidad, lo cual constituye, en definitiva, el panorama actual del planeta.

La situación presente en España padece igualmente de esta encrucijada. De pronto, resulta forzoso admitir que el entorno económico de España muestra gran fragilidad ante el descenso de nacimientos y la madurez demográfica, la escasez habitacional, la debilidad de las redes de transporte, la carencia de cuentas estatales, y depende de elementos foráneos no integrados totalmente como el flujo migratorio y el sector turístico. Después de una década y media de retroceso y parálisis productiva, el repunte inicial de los pasados tres ejercicios enfrenta un porvenir incierto.

En esta situación con desafíos internos sin respuesta clara, los tanteos de reforzar la presencia internacional de España solo pueden obtener resultados modestos. Presentar las extraordinarias y malgastadas ayudas económicas de la Unión Europea como un éxito de España da casi vergüenza. La disidencia con el compromiso de los demás miembros de la OTAN de aumentar el gasto en defensa y seguridad tampoco debería ser mostrada como un éxito de influencia internacional, sino al revés. De hecho, es solo una gesticulación de uso interno, porque el objetivo de gastar el 5% del PIB se sitúa dentro de diez años, cuando ya ningún líder actual en los países de la OTAN estará gobernando.

Cuando un país, un imperio o una alianza tiene que concentrarse en su construcción interna y las relaciones entre sus miembros y se aísla de las relaciones exteriores, entra en una entropía nociva: la cantidad de energía disponible disminuye, y la energía interna se dispersa. Algunas sociedades se contraen, se retraen y se encierran en sí mismas; declinan y pueden estallar y colapsar en pozos sin fondo. Mientras tanto, otras sociedades se abren al exterior y generan una alta y creativa energía colectiva.