La educación tirita de frío y soledad. En un intento desesperado por salvarse, se aferra al frágil andamio de una vocación que empieza a dar señales de fatiga crónica. El docente ha pasado de ser guía a convertirse en náufrago, asfixiado por una burocracia estéril y un abandono que vacía las manos de herramientas, y la voz, de motivos. ¿Es legítimo construir el porvenir sobre el agotamiento sistémico de quienes deben liderarlo?
Estamos condenando al alumnado a un mañana convertido en un trámite administrativo, donde el aprendizaje sea apenas un eco lejano. Estamos hipotecando la curiosidad, la reflexión crítica y el derecho a la enseñanza. ¿Quién encenderá la luz del pensamiento cuando hayamos agotado por completo a quienes la custodian?
Andrea Martínez
Barcelona