* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Según los últimos datos del INE, el número medio de hijos por mujer en nuestro país es tan solo 1,12. Esto lanza un dato inexorable: ya no tenemos hijos o, dicho de otra manera, quizá ya no deseamos tenerlos.
Y es que un hijo es un compromiso serio, que amenaza con privarnos —o, al menos, postergar— muchos de los placeres individuales que la cultura contemporánea nos presenta como imprescindibles. Nuestro papel en la sociedad ha quedado reducido casi por completo a los roles de productor, vendedor y consumidor, y la existencia humana ha quedado atrapada en la lógica reduccionista del consumo, la complacencia individual y el rendimiento. Desde esta perspectiva, debemos admitirlo: tener hijos no es nada eficiente.
Las implicaciones de todo esto van mucho más allá del intento de garantizar el relevo generacional o, simplemente, asegurar nuestro preciado sistema de pensiones. Tener hijos es también la forma de transmitir la tradición, entendiendo esta como una forma de pertenencia: un acto que inscribe nuestra vida en una historia compartida.
La tradición, lejos de ser una imposición del pasado, es la conversación moral que define quiénes somos. Si esa conversación se interrumpe, la sociedad queda expuesta a la arbitrariedad de cualquier abuso de poder, incapaz de sostener los valores que la hacen humana.
Tener hijos es también la forma de transmitir la tradición, un acto que inscribe nuestra vida en una historia compartida
Mi abuela, madre orgullosa de cinco hijos en la España de los sesenta, hablando sobre planificación familiar, me dijo una vez: “Ten pocos hijos, que tener hijos es muy caro.” Aquel consejo siempre me sorprendió. ¿Cómo podía una mujer que había criado cinco hijos en una época de tanta precariedad anteponer el criterio económico al deseo de paternidad? Con el tiempo comprendí que su afirmación no derivaba de una disociación interior, sino de un cambio más profundo que nos afecta a todos.
Y es que no he utilizado la palabra precariedad de forma arbitraria: deriva del latín precarius, proveniente de prex, precis, que significa “ruego” o “súplica”. Mi abuela, como tantos de nosotros, también fue hija —o víctima— del proceso histórico-cultural de la secularización.
La secularización ha desplazado progresivamente la atención de lo eterno a lo inmediato, de la salvación al bienestar y del sacrificio a la autorrealización. Es ahí donde nace el aburguesamiento psicológico y social, un sustituto del horizonte trascendente que intenta llenar el vacío garantizando un futuro cómodo, estable y previsible.
Ser padre, sin embargo, es volverse a abrir al mundo y desafiar la lógica burguesa de la previsión y el control, participar en algo que desborda la administración de la propia vida. Quizá por eso, en una sociedad aburguesada, tener hijos es uno de los pocos gestos verdaderamente contraculturales que nos quedan.
El hijo, lejos de ser un ejercicio de autoridad moral o una exigencia de perfección, es la escalera hacia un crecimiento humano profundo, siendo nuestras debilidades los peldaños que lo permiten.
Tener hijos no es solo transmitir biológicamente la vida, sino dotarla de una dimensión verdaderamente humana. Educar es un acto de confianza: la afirmación, basada en la esperanza, de que la vida —aun con sus sombras— merece ser recibida.
Tener hijos no es solo transmitir biológicamente la vida, sino dotarla de una dimensión verdaderamente humana
Ser padre no es un acto privado ni una decisión eficiente; es una aventura que transforma al hijo y al adulto, que desafía la comodidad, la autorreferencialidad y la inmediatez de nuestra cultura.
Es una forma de abrirse al misterio de la vida, de aprender de la vulnerabilidad, de participar en la continuidad de la tradición y de descubrir que la existencia se sostiene también en la gratuidad, la misericordia y la bondad que trascienden nuestro propio esfuerzo.
* Luis Guzmán Hayas es psicólogo general sanitario. Ejerce como psicólogo escolar en dos colegios de la Catalunya Central, compaginando esta tarea con la de psicólogo clínico autónomo. Anteriormente, había ejercido como maestro de educación primaria y profesor de secundaria.
¡Participa!
¿Quieres compartir tu mirada?
Los interesados en participar en La Mirada del Lector pueden enviar sus escritos (con o sin material gráfico) al correo de la sección de Participación ([email protected]) adjuntando sus datos.


